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Tercer domingo de Adviento. (Año B).


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Preparado por el Rvdo. Enrique Cadena

Isaías 61:1-4, 8-11; Salmo 126 o Cántico 3 o 15; 1 Tesalonicenses 5:16-24; Juan 1:6-8; 19-28


“Vino un hombre, enviado por Dios, que se llamaba Juan. Vino para dar testimonio, como testigo de la luz” (Juan 1:6). Este tercer domingo de Adviento se nos presenta como la esperanza de vivir en la luz. El Dios que viene para nosotros y que esperamos alegremente es quien nos trae la Luz.

Todos tenemos la experiencia de encender la luz cuando se ha hecho obscuro, cuando es de noche y ya nuestros ojos no perciben nada, entonces es cuando necesitamos la luz. Si la luz se enciende entonces podemos ver todo lo que nos rodea. En la noche nos perdemos con facilidad, en cambio cuando tenemos luz vemos el camino por donde tenemos que seguir. Así, la noche ha pasado a ser signo de que hemos perdido el camino, y la misma oscuridad nos oprime y es nuestra destrucción. Juan aparece como testigo de la luz, anunciando que el Señor que viene detrás de él, a quien él no es digno de desatar la sandalia, trae la luz. En Adviento esperamos que la luz venga a iluminar nuestras tinieblas con la espera del Señor que se hace uno de nosotros.
Pero ¿cuándo vivimos en tinieblas? Algunas veces es debido al fruto de nuestras mismas acciones y otras al fruto de la injusticia de la que somos víctimas.

En un poblado del sur, muy cerca de la frontera con Estados Unidos, todos recibieron con alegría la llegada de una maquiladora con la que se estarían produciendo prendas de vestir en grandes cantidades. Al principio se dio una gran alegría pues muchos que trabajaban en el campo se encontraban ante la posibilidad de trabajar en esta fábrica y ganar más dinero. Hubo mucho movimiento en el pueblo y mucha gente consiguió trabajo. Pero un maestro de la escuela fue el primero que notó la ausencia de varios de sus estudiantes y muy pronto, platicando con otros maestros, se dio cuenta de la ausencia de muchachas que no estaban asistiendo a las clases. Las habían contratado en la maquiladora y tenían turnos constantes de trabajo como si fueran adultos. Muy pronto la alegría del pueblo empezó a cambiar cuando se descubrió también que todos los desperdicios de la fábrica estaban contaminando las aguas del pueblo ya que no se estaba cumpliendo ninguna regla para cuidar el medio ambiente. Se empezaron a crear lugares de vicio; cantinas y bares invadieron el poblado y la vida sencilla que existía hasta ese momento, se transformó en un ambiente que amenazó la vida de toda familia normal. El índice de crímenes se elevó rápidamente y todo el ambiente social se sintió amenazado al punto de que un alto número de familias abandonó el poblado y trató de hacer su vida en otro lugar.

Fue la voz del maestro la que empezó a convocar a familias para que tomaran conciencia de la situación que estaban enfrentando. Su voz pareció como la de Juan en el Evangelio, “la voz que clama en el desierto invitando a preparar el sendero de nuestro Dios”. El maestro, aún con temor de que se tomaran represalias contra él, se sintió comprometido a ayudar a la gente de esa comunidad. La primera acción fue la de ayudarles a ver la situación en la que habían caído. La gente reconoció esta situación como la obscuridad en la que ya no pueden ver y necesitan la luz. La opresión, el peligro para las familias, el peligro para las jóvenes y el abuso de los niños menores trabajando turnos de adultos era una auténtica noche que había caído sobre el poblado.

En situaciones como esta, la luz es algo que tenemos que anhelar e invitar a nuestros corazones. En la lectura de Isaías se nos habla de esa vocación a ser luz, y este texto actualmente lo aplicamos a lo que fue la vida del Señor entre nosotros, en ese momento el profeta, sin saber nada de Jesús, ya se encontraba anunciando un nuevo camino. “El Espíritu de Dios está sobre mi y me ha ungido, me ha enviado a traer la buena nueva a los oprimidos, a sanar a los corazones heridos, para anunciar a los desterrados su liberación y a los presos su vuelta a la luz” (Isaías 61: 1). El maestro de esta historia es quien se convirtió en el mensajero de “buenas noticias” que al empezar a organizar a la gente les abrió la posibilidad de llevar luz a la oscuridad en que ya se encontraban. Sus acciones parecerían pequeñas ante el tremendo impacto de esta maquiladora, sin embargo, las familias que han logrado restablecer la educación de sus hijos y un mayor cuidado y protección de sus hijas han encontrado la luz que necesitaban.

A todos nosotros en este domingo de Adviento se nos ofrece la invitación de ser testigos de la luz. Así como este maestro logró restablecer la seguridad de muchas familias, nosotros estamos invitados a ser luz, luchando contra todo aquello que trae obscuridad a nuestras propias familias, a nivel personal y comunitario. Ser testigos de la luz siendo “consuelo para los que lloran”. Piensa en un momento en todas las personas alrededor de ti que están pasando por situaciones de injusticia y opresión y que se sienten sin salida, sin una mano amiga, sin la capacidad de ver algo más. Ahí puedes acercarte y ser alguien que escucha y da consuelo. Estamos llamados a ser “el aceite de los días alegres, en lugar de ropa de luto”, nuestra gente ha sufrido tanto que ya no saben alegrarse, han perdido a sus seres queridos ya sea por separaciones físicas entre los países o porque han pasado por muertes injustas. Parece como que nuestra gente lleva el traje de luto constantemente y se han olvidado de la alegría que puede existir en nuestra vida. Ahí es donde estamos llamados a ser instrumentos de alegría y paz para el otro con la confianza de nuestra amistad y cariño. Todos podemos llevar una sonrisa amorosa a esos rostros que se han cansado de llorar y se han vestido de luto. “Ser cantos de felicidad en vez de duelo”.

Cuando el maestro logró organizar a la gente, el camino no fue fácil, sino que tuvo que estar allí apoyando para que la gente misma tomara sus propias decisiones. Cuando tomamos conciencia de nuestra realidad entonces nos damos cuenta de que lo que sigue implica decisiones muy difíciles. Algunas familias que estaban trabajando con este maestro al hacerse concientes de la realidad abandonaron el pueblo. Otros decidieron dejar de trabajar en la maquiladora en las condiciones en las que se encontraban. Otros decidieron regresar a una vida más sencilla para no depender de la maquiladora. El mismo maestro tuvo que estar al lado de estas personas aún arriesgando su propia vida y solo así fue testigo de la luz. El profeta Isaías menciona que a estas personas como el maestro, se les pondrá el sobrenombre de “encinas de justicia” (Isaías 61: 3).

El camino no es fácil pero preparar la venida del Señor en nuestro interior es tomar una decisión de ser testigos de la luz. Y aunque no sean acciones importantes como la del maestro de ese poblado contra la destrucción que trajo esa maquiladora, toda decisión de apoyar al que está oprimido nos hace más humanos, más cercanos los unos a los otros, y nos constituye en mensajeros de la luz en nuestra vida diaria.


— El Rvdo. Enrique Cadena nació en la ciudad de México en 1952. Es episcopal desde 2003 y en la actualidad es vicario de la Iglesia Episcopal de San Pablo en Fénix, Arizona.

 

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