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Fiesta de la Virgen de Guadalupe. (Año B).


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Preparado por el Rvdo. Enrique Cadena

Apocalipsis 12:1-2, 5-6, 10-11; Salmo 149; Lucas 1: 46-55


Si estuviéramos en México veríamos que desde principios de este mes están sucediendo muchos acontecimientos, algunos de ellos muy llamativos, y es que por todas las carreteras que van a la ciudad capital nos encontramos cantidad de peregrinaciones que se han iniciado para poder llegar el día 12 de diciembre a la Basílica de Guadalupe. Y esto mismo sucede en ciudades más pequeñas que tienen un santuario dedicado a la Virgen de Guadalupe. El día 12, es un día de fiesta en toda la ciudad y gentes de todos los niveles económicos y de diferentes niveles de educación se reúnen como un solo pueblo a celebrar este acontecimiento guadalupano. ¿Por qué sucede esto? ¿Qué es lo que lo motiva?

La tradición nos cuenta que a solo unos años de la llegada de los conquistadores, el pueblo indígena se vio totalmente subyugado y oprimido. Como en toda conquista hubo muerte y devastación hasta el punto de hacer sentir al indígena la sensación de que lo había perdido todo. “Han destruido nuestros templos, nos han quitado a nuestras mujeres, nuestras flores se han secado, para qué seguir viviendo” dice el profeta Maya Chilam Balam. Se trata de uno de los más grandes genocidios de la historia humana. De los 22 millones de aztecas que había en 1519 cuando Hernán Cortés llegó a México, a inicios de 1600 solo un millón había sobrevivido las condiciones extremas. Sin embargo, hay que reconocer también que mucha gente murió debido a las enfermedades que, sin querer, se importaron.

En este contexto volvemos a escuchar la voz de Dios, el Dios que escucha a su pueblo. En el libro del Éxodo leemos: “He visto la humillación de mi pueblo en Egipto, y he oído sus quejas cuando lo maltrataban sus mayordomos. Me he fijado en sus sufrimientos y he bajado para librarlos…” (Éxodo 3:7).

En medio de la devastación y del sin sentido sucede un acontecimiento que es el principio de la recuperación de la dignidad del indígena y cuando se constituye como pueblo. La tradición nos cuenta que en 1531 sucede un acontecimiento fuera de lo normal. El Dios que viene a visitar a su pueblo lo hace a través del rostro maternal de María de Guadalupe que se aparece a Juan Diego, un indígena convertido al cristianismo y a quien se le ha dado ese nombre. En el relato de las apariciones, la Virgen trata a Juan Diego con el estilo cariñoso y maternal, le pide que lleve el mensaje al obispo de Tlaltelolco con el deseo de que se le construya un templo en ese lugar, el cerro del Tepeyac. Juan Diego tarda en aceptar la misión pues no se siente digno y sabe que no le van a creer. En la narración, la Virgen tiene que convencer a Juan Diego y finalmente le pide que recoja el signo que ella le envía al obispo. Le dice que recoja una cantidad de rosas y que se las lleve al obispo como prueba de su aparición. Juan Diego recoge las flores y las deposita en su tilma, que es como una capa que los indígenas de cierta edad llevaban sobre sus hombros. Juan Diego lleva las flores, y, al desplegarlas delante del obispo, apareció la imagen que se conserva en la Basílica de Guadalupe hasta el presente.

La narración completa de este diálogo entre la Virgen y Juan Diego se llama el “Nican Mopohua” y quedó escrita en lengua Náhuatl por Antonio de Valeriano hacia el 1549.

En la primera lectura de hoy leemos: “Apareció en el cielo una señal grandiosa: una mujer vestida de sol con la luna bajo sus pies y en la cabeza una corona de doce estrellas” (Apocalipsis 12:1). Se nos habla de una señal. Toda señal es para aquellos que han perdido el camino y que necesitan algo para saber a dónde se dirigen. Normalmente los que pueden ser capaces de ver la señal son aquellos que permanecen abiertos y que en la realidad en que viven siguen buscando el signo de su liberación. María de Guadalupe aparece como la señal que viene del cielo, y los que la necesitan reconocer son aquellos que han experimentado la destrucción de su dignidad y tienen la necesidad de restaurarse como pueblo. En el acontecimiento guadalupano, el pueblo indígena reconoce la señal y, en pocos años, tribus que se encontraban divididas y eran enemigas entre si antes de la llegada de los conquistadores, ahora se encuentran unidas y reconstruyendo una esperanza al reunirse en el Tepeyac.

La Virgen pide un templo y podemos reconocer esto como el signo de unidad, el lugar en donde toda tribu que casi ha desaparecido ahora puede empezar a reconstruir su historia como pueblo. Es impresionante el ver que hasta el día de hoy, en ese lugar, gentes de todos los niveles culturales y económicos se dan cita en estas fechas. Ahí se reúnen, con diferentes expresiones de fe, unas teológicamente correctas y sofisticadas, y otras muy sencillas mostrando la fe popular, gentes de todos los lugares mostrando que son un solo pueblo.

El evangelio de hoy nos habla de la alegría de María: “Mi espíritu se alegra en el Dios que me salva, porque quiso mirar la condición humilde de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada” (Lucas 1:46-55). En el acontecimiento guadalupano resalta la condición humilde de la Virgen que se viste con colores indígenas y aparece con el rostro moreno del indígena. Eso es lo que la hace ser aceptada por Juan Diego que la llama “Niña mía”. Nuestro pueblo hasta el presente, se identifica con ella por esa sencillez y deseo de acercarse a la gente del pueblo.

En medio del sufrimiento del pueblo indígena lo que no pudo ser destruido por el conquistador fue el gran corazón del indígena que se entregó reconociendo el amor maternal de la mujer que venía del cielo. “Derribó a los poderosos de sus tronos y puso en su lugar a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada” (Lucas 1:52-53).

Este día tan especial es pues celebrado por nuestro pueblo como uno de los mayores signos de la misericordia de Dios hacia el pobre que lo había perdido todo. Y es nuestro pueblo el que sigue caminando y buscando su destino en este mundo actual en el que con tanta facilidad perdemos nuestra identidad. Las peregrinaciones son el reflejo de ese pueblo que sigue en camino hacia su liberación y se siente unido por el rostro maternal de María de Guadalupe. Dios sigue escuchando la humillación de su pueblo y sigue buscando nuestra liberación.

La gente sencilla se entrega ofreciéndose en expresiones que muchos de nosotros no entendemos, pero es en esa caminata, en el sacrificio de la persona, en la ofrenda humilde de la pobreza humana donde seguimos sintiendo la misericordia de Dios. Es el llanto del peregrino que camina durante varios días solo para poder pasar unos minutos delante de la imagen de Guadalupe y que se rinde ante las palabras de María “Juanito, Juan Dieguito, el más pequeño de mis hijos, no temas, que no ves que aquí estoy yo que soy tu Madre…”

Caminemos con nuestro pueblo peregrino en este día de fiesta y reconozcamos al Dios que nos visita desde lo alto en este rostro maternal de María de Guadalupe.


— El Rvdo. Enrique Cadena nació en la ciudad de México en 1952. Es episcopal desde 2003 y en la actualidad es vicario de la Iglesia Episcopal de San Pablo en Fénix, Arizona.

 

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