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La Natividad de nuestro Señor Jesucristo. (Año B).

Iaías 62:6-12, Salmo 97; Tito 3:4-7; Lucas 2:1-7, 8-20






Las misas del Día de Navidad no suelen ser muy concurridas. La mayoría de los fieles cristianos –más devotos- participan en la que popularmente se conoce como “Misa del gallo”, -misa de medianoche, o en otras misas del día anterior a la Navidad, como las pastorelas celebradas para los niños.

Hoy muchos se encuentran desvelados o entretenidos abriendo los paquetes de regalos recibidos en este día en algunos países. Es una pena que una de las fechas más importantes del año, los cristianos no demuestre más devoción, pero el ser humano es amigo de costumbres, y será difícil cambiar ésta.

La celebración del nacimiento de Jesús en la liturgia de la Iglesia comenzó en el siglo IV. Antes la celebración primordial siempre fue la Pascua de Resurrección.

En esta fiesta celebramos, pues, la presencia de una manera primordial de Dios en la tierra. El Hijo de Dios viene a liberarnos, no de una esclavitud ajena, sino de nuestra propia esclavitud. Es decir, de la esclavitud de nuestro apego a este mundo terrenal. Viene a decirnos que hay un mundo mucho mejor, un mundo que hemos llamado celestial, un mundo que supera con creces todo lo creado.

Por eso, las lecturas de hoy rezuman alegría. Dice el salmo: “El Señor es Rey, regocíjese la tierra; alégrense la multitud de las islas”. “Alégrense, justos, en el Señor, dando gracias a su santo nombre”. Ante la presencia del Mesías la luz brota para el justo y la alegría para todos los rectos de corazón.

Esa alegría es debida a que ha llegado un Salvador. Así lo proclama el profeta Isaías: “Digan a la ciudad de Sión que ha llegado ya su salvador”. Un salvador que históricamente, en Isaías, podría estar relacionado con la liberación de la cautividad del pueblo de Israel, pero que en el misterio de salvación también se refiere a nosotros, es decir, a todos los humanos.

Así lo entendió san Pablo en la carta a Tito cuando nos recuerda que Dios tuvo compasión de nosotros mostrándonos su bondad y amor enviándonos un Salvador en la persona de Jesucristo.

Y lo hizo, “no porque nosotros hubiéramos hecho nada bueno, sino porque tuvo compasión de nosotros”. Es decir, que cualquier cosa que hiciéramos no sería suficiente para obligar o hacer que Dios nos enviara su hijo. ¿Qué podríamos hacer? Nada. Ha sido la plena liberalidad divina la que tuvo compasión de nosotros y vino a desvelarnos el misterio divino oculto a todos desde el principio de la creación.

¿Qué diremos de la lectura del evangelio? Sabemos que solamente dos evangelistas escribieron algo sobre el nacimiento de Jesús, fueron san Mateo y san Lucas. San Marcos y san Juan no lo creyeron necesario. Los dos evangelios que nos cuentan algo del nacimiento no tratan de hacer historia en el sentido moderno de la palabra. Lo que quieren hacer es dar una perspectiva teológica a la figura histórica que fue Jesús.

No cabe duda de que todos los que conocieron a Jesús quedaron cautivados por su personalidad y por todo lo que hizo y representó. Entonces surgía la pregunta de ¿cómo nació o cómo apareció o de dónde provenía Jesús de Nazaret?

Ante esa pregunta Mateo trata de establecer una genealogía histórica para darle unas raíces ancestrales y Lucas reúne elementos históricos y alegóricos para hacer una reflexión teológica sobre la persona de Jesús. Evidentemente, si la persona de Jesús resultó divina para sus contemporáneos era lógico que en su nacimiento se dieran fenómenos celestiales como la presencia de ángeles. Pero Lucas no se olvidó de exaltar otro aspecto que quedó muy manifiesto durante toda la vida de Jesús, su pobreza humana y su libertad de espíritu.

Así, para Lucas, Jesús nació pobre entre los pobres, en un establo, y acariciado por gente humilde, sus padres y los pastores. Lucas nos ofrece una frase misteriosa; hablando de María dice que “guardaba todo esto en su corazón y se lo tenía muy presente”.

Creo que esa ha de ser la frase más importante para nosotros. ¿Qué actitud hemos de adoptar ante el misterio del nacimiento del Hijo de Dios? Si nos ponemos a pensarlo racionalmente no podremos comprenderlo. ¿Cómo puede el Dios omnipotente, creador de todo el universo, enviar a su Hijo amado a sufrir en este mundo terreno? ¿Cómo puede el Dios omnipotente caber en un cuerpo lleno de debilidades como es el humano? Estas preguntas y otras tantas no tienen respuestas, pero sí se pueden aceptar con la fe, o como hizo María “podemos guardarlo en nuestro corazón y tenerlo muy presente” hasta que cuando lleguemos a la otra vida, el misterio se nos desvele.

Mientras tanto, hemos de seguir el gran ejemplo que nos dio Jesús con toda su vida, con su enseñanza, con su muerte y resurrección.

Y hoy, mantengamos la alegría de haber recibido a este gran Salvador que se nos muestra como niño encantador. Nos ofrece su sonrisa, su cariño, pero, sobre todo, nos tiende sus manos para que le sigamos en todo momento de nuestras vidas.

-- — El Rvdo. Isaías A. Rodríguez pertenece a la Diócesis de Atlanta, es oriundo de España y llegó a este país en 1974.

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