La sobria alegría de la Navidad
Translated by Rev. Thomas Mansella, ATA Certified Spanish Translator
Aunque ahora estamos intercambiando saludos navideños diciendo ¡Feliz Navidad! y los villancicos resuenen diciéndonos "¡Oh santísimo, felicísimo!" la Navidad también nos ofrece algo mucho más importante que la alegría, jovialidad o una diversión pasajera. La Navidad nos orienta a algo más sobrio y perdurable. Porque celebrar la Navidad no se reduce al simple recuerdo de un evento en un pesebre tal como la apacible imagen representada en las tarjetas navideñas. Celebrar la Navidad es abrirnos a lo que está sucediendo dentro de nosotros mismos: en virtud de nuestro bautismo, Jesús continúa naciendo y creciendo hasta su madurez en nosotros. Por lo tanto, nuestra participación en la Encarnación, es un hecho serio y austero que debe manifestarse en nosotros, con paciencia y valor, en medio de las circunstancias, a veces tan dificultosas, de nuestras propias vidas.
Esto no debería sorprendernos. Después de todo, el nacimiento no fue en plácidas circunstancias, sino en una época plena de incertidumbres. La primera Navidad no fue todo lo que María hubiera podido desear. Estaba lejos de sus familiares, despojada del calor humano que hubiera podido haber recibido en Nazaret. Y, sin embargo, ella pudo escuchar el cántico angélico que trasciende la noche. En medio de aquellas circunstancias, un hecho transformó el momento en una situación que generaría un gozo sobrio y perdurable. Con el nacimiento de Jesús la compasión divina, inmensa y sin límites se hizo real, inmediata y concreta en una vida humana.
Por lo tanto, el amor es el corazón de la Encarnación. Por medio del amor insistente y perdurable de Dios, la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Solamente el amor pudo darle a Jesús la capacidad de esperar todas las cosas y soportar todas las cosas, aun el sufrimiento en una Cruz. Y, por medio del amor divino que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, la Encarnación puede continuar manifestándose a todo lo largo de nuestras vidas. Jesús, en nosotros, es la Palabra que se hace carne y sangre. Esta es la raíz y el fundamento de nuestro gozo. Esta es la sobria y perdurable verdad de la Navidad.
Que cuando celebremos nuevamente el nacimiento del Salvador lleguemos a ser portadores de esta verdad navideña y personifiquemos el amor de Dios a un mundo ansioso y dividido. Y, además, demos gracias a Dios porque el Cristo, el Sol de la Justicia, continúe esparciendo las tinieblas y trayendo salud bajo sus alas.
Muy Reverendísimo Obispo Frank T. Griswold
Obispo Presidente y Primado
Iglesia Episcopal de los Estados Unidos de América