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Del Obispo Primado: Nuestras verdades y la Verdad de Cristo

5/16/2005
[Episcopal News Service]  Aunque en estos días se habla mucho sobre divisiones en la iglesia, me sorprende reconocer que muchas veces se manifestaron fuerzas que tratan de dividirnos, pero en realidad, estas fuerzas han producido el resultado opuesto y nos han obligado a buscar un punto de encuentro más profundo en el cual hemos podido llegar a experimentar que el poder del Espíritu y el amor de Jesucristo, eterno y renovador, nos ha quebrantado en una manera diferente.

Las recientes reuniones de la Cámara de Obispos han producido notables coincidencias que fueron materializadas en la Declaración del Pacto, algo que muchos han considerado que es fruto de la obra del Espíritu entre nosotros. Todos sentimos la gran necesidad de tener un encuentro a un nivel profundo y sincero, y el texto que surgió es mucho más que una serie de palabras. Es una expresión de un sentir profundamente enraizado en un poder que nos trasciende y que nos ha cautivado de un modo que jamás pudiéramos habernos imaginado antes de comenzar la reunión.

Recién regresé de la reunión del Consejo Ejecutivo durante la cual buscamos discernir cuál sería la mejor manera de responder a la solicitud de los Primados sobre nuestra participación en la vida del Consejo Consultivo Anglicano. Cuando salía del centro de conferencias donde habíamos estado reunidos, una persona me dijo que cuando el Consejo había estado trabajando y orando, había sentido la presencia del Espíritu. Le dije que me encontraba totalmente de acuerdo.

Es por medio del Espíritu Santo que la actividad creadora de Dios continúa en este mundo y donde Cristo continúa revelando su verdad. La verdad que Cristo nos ofrece no es simplemente una certidumbre en el ámbito religioso sino que es aquella realidad que encontramos y nos es transmitida de cualquier forma y manera. San Agustín decía que cuando se siente el gusto de lo verdad, allí está Dios. Y Santo Tomás de Aquino dice que "toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo". El Espíritu Santo, aquel que Jesús llama en el Evangelio de Juan "el Espíritu de la Verdad" continúa obrando agrandando y profundizando nuestra visión y ampliando nuestra capacidad de abrazar las muchas formas en las cuales la verdad continúa manifestándose y, al mismo tiempo, desafiándonos. Cada uno de nosotros estructura su vida alrededor de lo que percibimos es la verdad. Pero esta verdad está limitada estrictamente por las muchas fuerzas que nos han formado y el contexto en el cual nos encontramos.

Una de las mayores bendiciones del haber sido bautizado en el Cuerpo del Cristo Resucitado, es que todas nuestras verdades son integradas, reordenadas y remodeladas bajo la dirección de aquel Espíritu Santo quien, poco a poco, va incorporando en nosotros la verdad de Cristo. Nos compenetramos en esta insondable verdad a medida que nuestras percepciones de la verdad son estimuladas y ensanchadas por aquella verdad que se manifiesta en otros miembros del Cuerpo de Cristo. Ya que el Espíritu Santo es soberano y libre, puede trascender todas las limitaciones y puede obrar de diferentes manera dentro de diferentes culturas y diferentes manifestaciones de la religión.

Encuentro muy edificante que en la historia de Pentecostés que aparece en Los Hechos de los Apóstoles, el Espíritu hace que aquellos que estaban presentes pudieran escuchar las buenas nuevas en su propio idioma, cada uno dentro de su propio contexto y cultura. Esta capacidad que tiene el Espíritu para poder hablar en diferentes idiomas es una señal que nuestras diferencias y singularidades deben ser apreciadas y afirmadas. Dios tiene tal sensibilidad hacia esta variedad de formas en las cuales se descubre y se encuentra significado, que todas son captadas en el misterio del propio ser de Dios.

Es la función y ministerio del Espíritu Santo reconciliar las diferencias no tanto al nivel de opinión, sino en aquel nivel que la Escritura llama "el corazón", ese profundo núcleo y centro de la personalidad humana que es el lugar secreto donde ese amor de Dios que ha sido "derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo" reside de la manera más íntima. Me llama poderosamente la atención cuánto de la vida de la iglesia se despliega a un nivel de argumentos en lugar de tratar de discernir la presencia del Espíritu en cada uno de nuestros corazones. Hay miembros del Cuerpo de Cristo con quien estoy en profundo desacuerdo, sin embargo les abrazo como hermano o hermana porque hemos podido encontrarnos al nivel del corazón. Si esto les parece tan extraño, creo que nosotros podríamos encontrar que hay muchas familias donde el afecto mutuo supera grandes diferencias de opiniones.

El continuo aumento de nuestros conocimientos sobre el universo y los misterios de la mente y el cuerpo humano son testimonio de que la verdad continúa exteriorizándose. Todos los años aprendemos nuevas cosas y dejamos de lado cosas que antes hubiéramos considerado indisputables. La propaganda sobre los cigarrillos es un ejemplo, pues recuerdo vívidamente la imagen de un doctor, vestido de blanco y que exaltaba los beneficios que los cigarrillos producían en nuestras gargantas. Han pasado siglos y hemos aprendido que la tierra no es plana, que nuestro planeta no es el centro del sistema solar y que la materia puede convertirse en energía. Y cuán asombrados podrían sentirse los alquimistas ahora que podemos hacer lo que ellos siempre quisieron: trasformar un elemento en otro. Pero ellos no contaban con un ciclotrón. Creo que Jesús tenía en mente este continuo proceso de aprender y desechar cuando dijo "Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar". Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad." ¿No sería posible reconocer que algunos de los desacuerdos que tenemos dentro de la vida de la Iglesia son parte de la insistente obra del Espíritu guiándonos a comprender todo aquello que considerábamos bien conocido en una forma nueva y más completa?