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Obispo Primado: Unas palabras a la Iglesia en esta estación de Adviento

12/3/2005
[Episcopal News Service] 

Viernes 2 de diciembre de 2005

Diciembre de 2005

Estimadas hermanas y hermanos:

Durante estos agitados días previos a la Navidad, se nos invita a hacer una pausa, a reflexionar y a prepararnos para recibir nuevamente al que viene entre nosotros como un niño recién nacido. Las lecturas asignadas para la estación de Adviento están relacionadas con esperar y escuchar, con ansias y corazones esperanzados al Príncipe de la Paz. Esta clase de espera y expectativa destaca el agudo contraste con mucho de lo que abunda y nos rodea en este mundo: el temor y la hostilidad. También en esta época, las fuerzas de la naturaleza han conspirado para hacer resaltar nuestra vulnerabilidad y lo transitorio del impacto que hacemos en este mundo. No es una época fácil para vivir.

Recientemente estaba esperando en un aeropuerto, como muchas veces tengo que hacerlo, y me fascinó la discrepancia entre lo que estaba leyendo en el periódico que tenía entre mis manos y lo que estaba escuchando en el televisor que estaba cerca de mí. El tema era el mismo, pero las interpretaciones eran completamente opuestas y las palabras usadas para defender las posiciones eran intensamente polarizantes. ¿Quién tenía la verdad?

En esta estación de Adviento durante la cual estamos encaminándonos a Belén para meditar nuevamente sobre el gran misterio de la Encarnación, he estado reflexionando sobre el hecho que el habla o la palabra son el medio de la revelación divina. "La Palabra se hizo carne y moró entre nosotros". También recuerdo que en hebreo, "dabar" que significa palabra, también puede significar evento o acontecimiento. Las palabras no son tan sólo dichas, se hacen realidad. En el libro de Génesis, Dios inicia la creación hablando y en la Encarnación, Dios pronuncia su amor encarnado en la persona de Jesús. La palabra divina es más que información; es portadora del eterno y generoso amor de Dios como fuerza y poder. Por lo tanto, las palabras pueden tener un valor sacramental y el habla puede ser un acto sagrado.

Sin embargo, notamos y escuchamos alrededor nuestro, cada vez con mayor frecuencia, palabras que son usadas para inflamar, polarizar y aun dividir. Esto no es solo cierto en nuestra vida nacional pero, también en cierta medida, en nuestra Iglesia. Esto no quiere decir que la oposición o la crítica no son bienvenidas o que todas las voces deben estar en armonía pero, sencillamente, porque las palabras son importantes pues la palabra es importante para Dios y, por lo tanto, no deberían ser el medio usado para lograr fines impíos. Las palabras no deben ser fruto de nuestros temores y hostilidades. A veces, las palabras más pías pueden ocultar sentimientos y propósitos impíos. Como Pablo nos lo dice, Satanás aún puede disfrazarse de ángel de luz. El lenguaje que usamos para describir y dirigirnos a aquellos con cuyas opiniones no estamos de acuerdo, puede nutrir o destruir la posibilidad de descubrir a Cristo en medio nuestro, aun más allá del nivel de nuestros desacuerdos. Por lo tanto, las palabras deberían ser usadas para transmitir con toda plenitud una parte del cariño que Dios nos tiene y que rodea a toda la creación.

"Si yo hablara lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor", nos dice San Pablo, "vengo a ser como metal que resuena o címbalo que retiñe". Nuestra palabra podría estar plena de justicia pero si le falta la vivificante fuerza del amor, sin tener en cuenta cuan nobles o verdaderas son estas palabras, tendrán pocas posibilidades de revelar a Cristo. Cuando nos ponemos a la defensiva o nos sentimos amenazados, es necesario recordar que en tales situaciones, tal como nos dice Jesús, "el Espíritu Santo les dirá en todo momento lo que tengan que decir". Por medio de la obra del Espíritu, a veces Cristo vivifica nuestra palabra formando en nosotros palabras que no habíamos pensado decir: palabras de gracia, restauración y amor, que abren un camino que nunca hubiéramos imaginado y que nos llenan de sorpresa. En esos momentos la ira se disipa y es reemplazada por la misericordia, y la sentencia se transforma en compresión. A mí me ha ocurrido esto muchas veces y, me imagino, que a ustedes también. Así es la gracia de Dios.

Al contemplar el derramamiento del generoso amor de Dios mediante el cual la Palabra se hizo carne en Jesús, podríamos dar un paso en contra de la cultura y poner más cuidado en las palabras que decimos y escribimos. Roguemos que nuestras palabras puedan llevar consigo todo aquello que Dios verdaderamente anhela expresar.

Que Jesús, la Palabra hecha carne pronuncie sus palabras de amor en lo más íntimo de nosotros. Y que nuestras palabras sean la palabra de reconciliación que ha vencido a todas las divisiones y brinda esperanza a un mundo tan necesitado.

Muy Reverendísimo Obispo Frank T. Griswold
Obispo Presidente y Primado
Iglesia Episcopal de los Estados Unidos de América

-- Traducido por el Rev. Thomas Mansella, Coordinador de Servicios de Traducción de la Iglesia Episcopal.