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Sermón - Excmo. Rev. Obispo Frank T. Griswold

3/2/2006
[Episcopal News Service] 

Excmo. Rev. Obispo Frank T. Griswold
Obispo Presidente y Primado de la Iglesia Episcopal
26 de febrero de 2006
Catedral de la Santísima Trinidad
La Habana, Cuba

Gracia y paz a todos ustedes, mis queridos hermanos y hermanas. Quiero agradecer a su obispo, al deán, al clero y al pueblo de la Iglesia Episcopal de Cuba por su magnífica hospitalidad.

La Iglesia Episcopal en los Estados Unidos comparte vínculos muy profundos con La Iglesia Episcopal de Cuba. Estos lazos se remontan a 1871 (mil ochocientos setenta y uno) cuando el Obispo Henry Benjamín Whipple de la Diócesis de Minnesota en los Estados Unidos que se encontraba de viaje rumbo a Haití e hizo una escala en La Habana. A su regreso, el Obispo Whittle persuadió a la Iglesia Episcopal a que enviara sus primeros presbíteros y misioneros a Cuba. Así comenzó una relación que posteriormente resultó en la fundación de la Diócesis Misionera de Cuba como una parte de nuestra iglesia en los Estados Unidos. Esta estrecha relación entre nuestras dos Iglesias ha continuado durante 135 (ciento treinta y cinco) años. Mi Iglesia está comprometida a acompañarles en el testimonio de Jesús que nuestras iglesias comparten.

Esta visita me ha permitido apreciar mucho la fidelidad y el entusiasmo de su Iglesia. También me ha apenado experimentar el sufrimiento causado por la política del gobierno de mi país. La Iglesia Episcopal en los Estados Unidos se opone completamente al bloqueo de Cuba. Durante más de 40 (cuarenta) años, el bloqueo ha logrado muy poco excepto empeorar el sufrimiento del pueblo cubano.  La reconciliación debe comenzar y las puertas deben ser abiertas por el pueblo de fe.

Es en este espíritu que la lectura del Evangelio con la historia de la Transfiguración de Cristo me conmueve y me desafía. Junto con Pedro, Santiago y Juan, Jesús sube al monte para orar. Allí, durante un instante los discípulos vislumbraron la divinidad de Cristo. Pudieron contemplar quien es Jesús en realidad: la palabra encarnada del Dios viviente. Entonces, la voz de Dios se escuchó desde los cielos diciendo: “Este es mi Hijo amado, en él me complazco”. Es una repetición de las palabras escuchadas durante el bautismo de Jesús. (Marcos 9:7) Tal como durante el bautismo de Jesús, durante la Transfiguración todos los presentes pudieron conocer el cariño, el placer y la alegría que Dios siente por su Hijo.

La historia de la Transfiguración nos hace recordar del bautismo de Jesús porque en su bautismo, tal como todos nosotros, nos podemos sentir abrazados por el inmenso amor de Dios. Tal como sucedió con nosotros, el bautismo de Jesús señala el comienzo de una participación activa en la obra de Dios en este mundo. Pero el bautismo no consiste en adoptar una agenda personal. Por el contrario, el bautismo consiste en dejar de lado nuestros propios intereses para que los planes de Dios puedan cumplirse en nosotros por el poder del Espíritu Santo. Al comienzo de su ministerio Jesús dijo: “Mi comida y mi bebida es hacer la voluntad de Aquel que me envió y cumplir su obra”. (Juan 4:34). Entonces, en virtud de nuestro bautismo y del amor de Dios que también ha sido derramado sobre nosotros, juntos hemos sido llamados a dedicarnos a la obra de Dios en este mundo.

Esto se aclara bien durante la Transfiguración de Cristo. Los discípulos, que son testigos del mensaje divino, no tienen permiso para quedarse contemplando atónitos todo lo sucedido. Por el contrario, tienen que descender del monte a continuar cumpliendo la tarea que tienen por delante.

¿Y cuál es la tarea de los bautizados? ¿Cuál es la misión de la Iglesia?

El Catecismo de nuestra Iglesia nos dice que: “La misión de la Iglesia es restaurar a todos los pueblos a la unión con Dios y unos con otros en Cristo.” (LOC, pág. 747)

O, tal como nos dice San Pablo, la misión de la Iglesia es proclamar, en palabra y obra, que “en Cristo Dios estaba reconciliando el mundo a sí mismo y nos ha encargado el ministerio de la reconciliación”. Tal como Jesús, en nuestro bautismo hemos sido reconocidos como hijos amados por Dios y llamados a colaborar con Él en su obra de reconciliación.

Para mí, aquí en Cuba el ministerio de reconciliación tiene particular importancia, pues estoy pudiendo contemplar los efectos devastadores del bloqueo. La política de mi país ha creado inmensas divisiones en Cuba, divisiones que son completamente opuestas al llamado bíblico a la unidad del pueblo de Dios. El embargo ha ayudado a crear tremenda pobreza en este pueblo, a arruinar sus hermosas ciudades y la infraestructura nacional, y a privar a las familias cubanas de la ayuda económica y material que sus familiares en los Estados Unidos desean enviarles. Además, el embargo ha distanciado la relación entre nuestras dos Iglesias. Nuestras diócesis y parroquias están obstaculizadas por el bloqueo para poder apoyar económicamente y materialmente a sus hermanos y hermanas de Cuba y mi Iglesia no ha podido pagar las jubilaciones que justamente se le deben al clero cubano.

Esta división y separación entre nuestros dos pueblos es un escándalo para una iglesia que pretender tener un ministerio de reconciliación en este mundo. Quienes apoyan en mi gobierno al bloqueo, frecuentemente dicen que hasta que Cuba no cambie su política y estructura, el pueblo cubano y estadounidense no puede sentarse a la misma mesa ni explorar oportunidades para la reconstrucción. Esta forma de pensar en la cual la responsabilidad del arrepentimiento, la restauración y la curación de las heridas es responsabilidad de una sola de las partes no es el camino de la reconciliación al que las Escrituras nos dirigen. La reconciliación nos obliga a que trabajemos juntos para restaurar todas las cosas en este mundo para que estén de acuerdo con la justicia y equidad que tan profundamente Dios desea. Nadie puede escaparse de este proceso. 

Por lo tanto, debemos preguntarnos: ¿qué pueden hacer las Iglesias de Cuba y los Estados Unidos para renovar su dedicación al ministerio de la reconciliación? Y, además ¿cómo podemos dar ejemplo a los demás en nuestros propios países?

El primer paso debe ser el arrepentimiento. Debemos reconocer que no hemos vivido de acuerdo con el amor transformador de Dios. Al aproximarse la Cuaresma en el próximo Miércoles de Ceniza debemos examinar las formas en que nuestras acciones son causa de división y sufrimiento. Hemos sido llamados a confesar nuestros pecados delante de un Dios misericordioso. Este proceso requiere que abandonemos nuestros puntos de vista que son estrechos y egoístas. Como el Arzobispo Temple dijo, el arrepentimiento quiere decir dejar de lado nuestro punto de vista y adoptar el punto de vista de Dios.

De este modo, la compasión divina conquistará nuestras vidas y nos mostrará quienes somos en realidad --no como queremos que la gente nos vea-- sino de la misma forma en que Dios nos ve y nos ama.

Para mi país, este arrepentimiento quiere decir que debemos cargar con una gran parte de la responsabilidad del sufrimiento y las penurias que el pueblo cubano ha pasado durante los últimos cuarenta años. Este arrepentimiento debe incluir y, en realidad debe ser liderado por la Iglesia. Nuestra Iglesia en los Estados Unidos debe reconocer que, a pesar que nos hemos opuesto al embargo desde hace mucho tiempo, lo hemos llegado a aceptar como algo que pasa en la vida pero que, sin embargo, impide cumplir la misión que compartimos con la Iglesia Episcopal de Cuba. Temo que yo no he hablado tan enérgicamente contra el embargo como hubiera debido.

Algunos de ustedes han dicho que se han sentido abandonados por su Iglesia Madre y por esto, quiero ofrecer ante ustedes nuestro arrepentimiento y mi ruego por su perdón. Debemos ser creativos para mantener nuestro compañerismo con la Diócesis de Cuba a pesar de las restricciones legales del embargo. Trabajando cooperativamente podremos progresar en nuestro compañerismo.

Para ello, al regresar de mi viaje a Cuba pondré delante de la Iglesia Episcopal en los Estados Unidos cuatro desafíos.

Primero: pediré a todos los miembros de nuestra Iglesia en los Estados Unidos que renueven su dedicación a acompañar el ministerio de la Iglesia de Cuba en todas las formas posibles y, principalmente, orando diariamente.

Segundo: pediré a mi Iglesia, en todos sus niveles, que renueve su dedicación luchar contra el bloqueo.

Tercero: pediré a las diócesis y parroquias de la Iglesia Episcopal de los Estados Unidos que profundicen y aumenten sus relaciones de compañerismo con la Diócesis de Cuba.

Cuarto: pediré a los funcionarios de la Iglesia Episcopal y del Church Pension Group que continúe buscando formas de pagar completamente las jubilaciones que se deben al clero cubano ordenado por la Iglesia de los Estados Unidos.

La Iglesia Episcopal en los Estados Unidos está completamente dedicada a la reconciliación entre nuestras dos naciones porque nosotros somos miembros del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia.  En virtud de nuestro bautismo estamos sujetos a lo que el Arzobispo de Cantorbery Rowan Williams describe como “las solidaridades que no hemos escogido”. Cada uno de nosotros es un miembro indispensable del cuerpo resucitado de Cristo. Cuando un miembro de la familia sufre, todos sufrimos.

La voz de Dios resuena desde el monte de la Transfiguración: “Este es mi Hijo amado, en él me complazco”. La misma voz también nos dice que cada uno de nosotros es un hijo o una hija amada por Dios. Dios envió a su único Hijo entre nosotros para que encarnara esta clase de amor. El abrazo salvador de Dios abarca toda la historia y puede incluir todos los problemas, luchas, divisiones y dificultades que nos desafían y nos afligen.

El amor de Dios puede reducir hasta la gran división causada por el embargo; aun los largos años de separación pueden reducirse por el abrazo de nuestro Dios “en quien Cristo estaba reconciliando al mundo con sí mismo.”

Amén.