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El Pecado del Racismo: Una Convocatoria a un Pacto
Carta Pastoral de la Cámara de Obispos de la Iglesia Episcopal, marzo de 2006

3/23/2006
[Episcopal News Service]  Nosotros, los obispos de la Iglesia Episcopal reconocimos la dolorosa realidad de las consecuencias del racismo en nuestra carta pastoral de 1994 “El Pecado del Racismo”. En aquella carta les decíamos que “la esencia del racismo es el prejuicio unido al poder. Se basa en el pecado del orgullo y el exclusivismo que asume que ‘yo, y todos mis semejantes, somos superiores a otros y por lo tanto nos corresponde tener privilegios especiales’”. Emitimos esta nueva carta pastoral sobre la omnipresente naturaleza de este pecado que continúa contaminando nuestra vida corporativa, en la iglesia y en nuestra cultura. Reconocemos nuestra participación en este pecado y lamentamos el efecto corrosivo que tiene en nuestras vidas. Nos arrepentimos de este pecado e imploramos la gracia y el perdón de Dios.

Cuando Jesús entró en la sinagoga en su primer acto público de ministerio (Lucas 4) leyó al profeta Isaías. La visión proclamada representa el anhelo de Dios, un reino pacífico, una sociedad de justicia y shalom, una ciudad sobre una colina. Esto representa lo que Dios quiere para toda su creación: que los seres humanos vivan con justicia y paz unos con otros, que los pobres sean alimentados, hospedados y vestidos, que los enfermos sean sanados, los cautivos liberados y que todo el orden creado vuelva a tener relaciones justas. Esta visión es nuestra meta y vocación cristiana.

La verdad primordial que sustenta esta visión es que todos somos hechos a la imagen de Dios. Nuestra diversidad nos permite descubrir la totalidad de dicha imagen.  Si determinamos que una clase, raza o sexo es mejor que otro, quebrantamos los deseos y voluntad de Dios. Y cuando nuestros sistemas sociales y culturales exacerban o codifican tal determinación, violentamos aquello que Dios ha creado. El racismo es una afrenta cardinal a los buenos dones de Dios, tanto los de la creación descrita en Génesis como en la realidad de la Encarnación. Jesús vino entre nosotros para terminar con todo lo que nos divide, tal como Pablo lo indica claramente en Gálatas 3:28: "en Cristo… ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer."

Ya sea que la conducta de un individuo o la de una comunidad se opongan a la visión de Dios, hemos prometido responder en formas que sirvan para restaurar el bien: “¿Lucharás por la justicia y la paz entre todos los pueblos, y respetarás la dignidad de todo ser humano? Así lo haré, con el auxilio de Dios.” (LOC p. 225). Dios nos ha creado con pieles de muchos colores, Dios nos creó en miles de tribus e idiomas y nadie puede ser declarado más virtuoso que el otro. No es el color de nuestra piel lo que da testimonio de nuestra virtud: es nuestra conducta.

Las secuelas de los huracanes del 2005 permitieron que el mundo sea testigo de la perfidia del racismo y clasismo institucionalizado en los Estados Unidos. Los pobres y las personas de color a veces fueron atendidos al final (y a veces, ni siquiera fueron atendidos) mientras que los residentes ricos y privilegiados tenían mejores recursos para escapar del peligro inminente de los huracanes y poder comenzar el proceso de reconstrucción. El pecado del racismo nos avergüenza cuando enfrentamos la concreta falta de justicia en la falta de oportunidades para la vivienda, el empleo, la educación o el cuidado de la salud y en la respuesta a la catástrofe.

Esta Cámara de Obispos, se encuentra reunida en Hendersonville, Carolina del Norte este 21 de marzo de 2006 fecha fijada para ser el Día Internacional para la Eliminación de la Discriminación Racial. Como obispos nos comprometemos a descubrir y confesar nuestros propios prejuicios y complicidad en el insidioso pecado del racismo, a enfrentarlo y a hacer enmienda en forma concreta cada vez que esta Cámara se reúne. Rogamos que el poder del Espíritu Santo haga que esta Cámara haga realidad este pacto. Además, invitamos a los miembros de nuestra Iglesia a unirse a nuestro pacto tomando las siguientes medidas personales, corporativas y globales.

Con la ayuda de Dios, nosotros

  • renovaremos nuestro compromiso con la carta pastoral de 1994 “El Pecado del Racismo”; nos responsabilizaremos en exponer, desmantelar y curar las injusticias basadas en el racismo;

  • buscaremos perdón por nuestra falta de caridad y de conciencia al reconocer aquellas situaciones que degradan la imagen de Dios en nuestro prójimo;

  • haremos enmienda por nuestra posición y bienes inmerecidos que son resultado de injusticias actuales o anteriores;

  • afianzaremos a todos los miembros de la familia humana de Dios para que puedan vivir en la plenitud de lo que Dios quiere;

  • animaremos al resto de la iglesia a continuar y ampliar su tarea de educación, formación espiritual y capacitación contra el racismo, para que todos puedan descubrir las riquezas de la diversa creación de Dios, especialmente con aquellos que son diferentes de nosotros.

  • abogaremos para que en la Sociedad Misionera Nacional y Extranjera, nuestras diócesis, las parroquias que las conforman, nuestros gobiernos y aun nuestros hogares se implementen las Metas del Desarrollo del Milenio, para que el anhelo divino se haga cada vez más real en toda la humanidad;

  • reclutaremos y daremos poder a personas de todas las razas y orígenes étnicos como líderes de nuestra iglesia, y como miembros de juntas, agencias, comisiones y comités;

  • dedicaremos recursos con justicia para todas las razas y nacionalidades para sufragar la educación teológica para todos los ministerios, laicos y ordenados;

  • abogaremos por una continuada respuesta al pecaminoso legado de la esclavitud; expondremos las situaciones en que el racismo y clasismo en el medio ambiente envenena y amenaza a los más pobres de entre nosotros y buscaremos que se haga justicia para estas comunidades;

  • abogaremos por la atención compasiva del forastero en nuestro medio y demandaremos políticas inmigratorias justas.

Habiendo pactado unos con otros erradicar el pecado del racismo en formas específicas personales y corporativas, nosotros, los obispos de la Iglesia Episcopal convocamos a los miembros de nuestra Iglesia a unirse a nosotros en esta misión de justicia, reconciliación y unidad. Esta es una forma de expresar nuestro compromiso con el pacto fundamental que hemos hecho cada uno de nosotros cuando fuimos bautizados.

Rogamos que Dios nos otorgue la voluntad de emprender esta obra de reconciliación, y el poder y la gracia para cumplirla.

Pedimos que esta carta pastoral sea leída en todas las iglesias lo antes posible.