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Desde Columbus: Sermón - Reverendísima Obispa Katharine Jefferts Schori

6/21/2006
[Episcopal News Service] 

Convención General
21 de junio de 2006
Crecer en la plenitud de Cristo
Lecciones para el Reino de Cristo

Reverendísima Obispa Katharine Jefferts Schori

 El domingo pasado me levanté muy, muy temprano, cuando todavía no había salido el sol. Quería salir a correr, pero tenía que esperar hasta que hubiera un poco más de luz. Cuando por fin amaneció, salí a la calle. Todavía hacía un poco de calor y todo estaba en silencio; las nubes recién comenzaban a teñirse de color rosa. Comencé a correr detrás del Hotel Hyatt, junto cuando dos trabajadores salían de una de las puertas de servicio. Creo que se asustaron, pero yo les saludé y ellos respondieron. Seguí corriendo hacia el oeste y me encontré con una persona que había visto en el Centro de Convenciones. Ninguno de los dos se detuvo, pero nos saludamos brevemente.

Entonces encontré un hermoso parque y seguí corriendo a su alrededor. Allí había una persona que tenía puesta una camisa reflectora, y estaba parada en la calle junto con unos conos anaranjados, como si estuviera esperando que comenzara una carrera o un desfile. Yo le saludé y el me respondió. En la otra esquina había una persona que tenía algunas bolsas y sus ojos aparecían bien cansados, como si hubiera pasado una mala noche. También le saludé, pero debo confesar que continué en la calle en lugar de pasar a su lado. Entonces apareció un conejo corriendo frente a mí y, aunque no usamos palabras, nos miramos el uno al otro con un poco de desconfianza. En la otra esquina había una mujer que estaba repartiendo los periódicos dominicales desde su automóvil. También tenía algo de desconfianza, porque no salió de su automóvil para repartir el diario hasta que yo estuve bien lejos de ella. Regresando ya por la avenida, un par de cuadras después, aparecieron dos personas que parecían estar yendo bien temprano a su trabajo. Nos saludamos brevemente.
 
Cuando regresaba al hotel, me puse a pensar en todos estos encuentros. En casi cada uno de estos encuentros se reflejaba un poco de desconfianza. La voluntad de saludarnos parecía mostrar a un mundo reconciliado. Pero esta posibilidad que todavía no se ha materializado – ya sea por causa de la desconfianza, cautela o temor – demostraba que todavía tenemos m mucho más que hacer.

¿Podemos imaginarnos un mundo en donde todas las criaturas, humanas y las que no lo son, pueden tener un encuentro que no esté teñido por el miedo?

Cuando Jesús dijo que su reino no era de este mundo, quiso indicar que su gobierno no estaba fundado en su capacidad de infundir miedo en sus siervos. Tener la disposición de acercarse a la cruz implica una fragilidad tan radical, tan fundamental, que el miedo carece de efecto o importancia. El amor que nos invita a imitarle elimina cualquier posibilidad de reaccionar o responder violentamente. Quienes siguen al Rey Jesús no responden cuando el mundo les amenaza. Jesús nos llama amigos y no emisarios del miedo.

Si ustedes y yo queremos crecer en la plenitud de Cristo, si es que queremos crecer en la plena estatura de Cristo, si es que queremos encarnar a quienes Dios bendijo cuando nos encontrábamos en el vientre de nuestras madres, nuestro crecimiento debe estar enraizado en una paz interior. Necesitaremos reclamar la confianza de almas plantadas en el superabundante amor de Dios, un amor que es tan abundante, tan generoso y que nos ha sido dado sin querer tener en cuenta el costo para que nosotros podamos abandonarnos de la misma forma.

La plena medida del amor, colmado y rebosante expulsará a nuestro egoísmo idolátrico. Porque en realidad, el miedo es una reacción, una respuesta a veces instintiva a algo que creemos que es tan imprescindible que ocupa el lugar de Dios. “Esto es mío y tú no lo puedes tener, porque no puedo vivir sin él" -- ya sea mi cuenta en el banco, mi estructura teológica o el sentir que todavía estoy en control. Si se amenazan mis propias convicciones, respondo con miedo. A menos que, tal como Jesús, dejemos de lado los ídolos; a menos que hagamos las paces "por medio de la sangre de la Cruz".

Esa Cruz ensangrentada engendró nueva vida en este mundo. En Colosenses se describe a Jesús como el primogénito de toda la creación, la primicia de entre los muertos. La obra sangrienta, sudorosa y desgarrante de la Cruz engendra nueva vida. Nuestra madre Jesús engendra una nueva creación – y ustedes y yo somos sus hijos. Si queremos seguir formándonos en la imagen de Cristo para el mundo donde hemos sido puestos, tendremos que dejar de tener miedo.

¿Qué dicen los mensajeros celestiales cada vez que aparecen en la Biblia? “No teman." “No tengan miedo.” “Dios está con ustedes.” “Eres quien Dios ama y Dios se complace contigo.”

Cuando reconozcamos que somos amados de Dios, entonces podremos comenzar a responder sin tantos temores. Cuando creamos que somos amados, podremos comenzar a reconocer al amado en una persona sin hogar, en el antagonista elocuente o en el niño con SIDA. Cuando nos sabemos amados, podremos comenzar a ver y comprender más allá de las defensas de los otros.

Nuestra invitación, tanto en las últimas tareas de esta Convención como cuando salgamos al mundo, es dejar de lado nuestros temores y amar al mundo. Dejemos de lado nuestras espadas y escudos y busquemos la imagen del amado de Dios aun en quienes encontramos más difíciles de amar. Dejemos de lado nuestros egoísmos y sanemos a los dolientes, saciemos al hambriento y libertemos a los cautivos. Dejemos de lado nuestra necesidad de poder y control, e inclinémonos ante la imagen del amado de Dios que está en los más débiles, en los más pobres y los más marginados.

Como niños podemos seguir peleándonos por la herencia. O podemos reclamar nuestro nombre y nuestra herencia como amados de Dios y compartir ese nombre precioso – bienamado— con el resto del mundo.