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Reflexiones del Obispo Presidente sobre el don de la esperanza por Frank T. Griswold

8/10/2006
[Episcopal News Service]  Uno de los mayores privilegios que tengo al servirles como su Obispo Presidente y Primado y, en realidad una de las cosas que mas extrañaré al dejar mi ministerio en noviembre, es que he tenido la oportunidad especial de observar cómo Dios actúa en la vida de otros cristianos quienes, en diferentes contextos, buscan servir como ministros del amor reconciliador de Cristo.
 
A fines de julio participé en un diálogo con un grupo muy variado de primados y arzobispos de otras provincias de la Comunión Anglicana. Nos reunimos en la Catedral de Coventry, Inglaterra, en un encuentro auspiciado por la Comunidad de la Cruz de los Clavos que es una organización mundial dedicada al ministerio de la reconciliación. En noviembre de 1940 esta ciudad industrial del centro de Inglaterra fue prácticamente aniquilada por bombas y la catedral quedó en ruinas. Sus antiguos muros todavía permanecen, pero a su lado se edificó una nueva catedral como una señal y centro de reconciliación.
 
Este encuentro para el diálogo entre los primados fue concebido en enero pasado como una forma de reflexionar sobre el futuro de la vida en comunión que compartimos y para buscar formas en que entre nosotros y entre nuestras propias provincias se pueda hacer prosperar un ministerio de reconciliación Durante el transcurso de varios días conversamos francamente y nos escuchamos cuidadosamente.

Cuando partimos después de haber pasado un tiempo muy provechoso y al retornar a nuestros diferentes contextos, todos sentimos que estas jornadas de diálogo habían contribuido positivamente al futuro de la Comunión.

Después de regresar a los Estados Unidos asistí a una reunión de jóvenes que habían participado en el programa Cuerpo de Servicio de Jóvenes Adultos, un programa de la Iglesia Episcopal que ofrece la oportunidad de tener un año de trabajo misionero en diferentes partes de la Comunión Anglicana.

El propósito de la reunión organizada en la Universidad de Massachussets, en Amherst, fue dar una oportunidad para que los que habían participado en el programa, pudieran compartir sus experiencias. Me impresionó mucho escuchar que las experiencias de estos dedicados y fieles jóvenes habían sido muy similares, a pesar de que sus responsabilidades les habían llevado a diferentes partes del mundo.

A pesar de todas las dificultades que tuvieron, a pesar de sentir sus carencias en términos de actitudes e ideas, todos consideraron que su experiencia había sido una oportunidad de crecimiento y transformación.

Compartieron un sentido de esperanza entre aquellos con quienes habían
estado: esperanza en medio de situaciones de pobreza y conflicto que aparentaban ser desesperantes. Esta esperanza contradecía claramente las circunstancias que rodeaban a estas personas y reveló la capacidad para sobrellevar sus circunstancias que tenían nuestros hermanos y hermanas anglicanas.

Nuestros jóvenes se sintieron impactados por esta actitud, pues nunca habían tenido la necesidad de poner a prueba su propia capacidad de sobrellevar esta clase de cargas. Durante la conversación un jóven hizo la siguiente
observación: "El propósito de la Iglesia es mantener la esperanza".

Estas palabras me impresionaron mucho. ¿Qué quiere decir que el propósito de la Iglesia es mantener la esperanza? Ciertamente no quiere decir que la iglesia debe continuar siendo animadamente optimista en medio de circunstancias devastadoras.

Creo que significa que la iglesia está obligada a vivir en tal unión con Cristo que la esperanza que está en Cristo se manifieste en nosotros. De la misma forma que el Espíritu entreteje el amor de Cristo en nuestros corazones, el mismo Espíritu obra en nosotros el misterio de la esperanza.

Regresé de mi reunión en Amherst pensando sobre el misterio de la esperanza y reflexionando sobre el diálogo con los otros primados en Coventry. Nuestras conversaciones nos condujeron a compartir una esperanza en el futuro de nuestra comunión y su misión en el mundo.

Nuestro sentido de esperanza no estaba relacionado con el optimismo o con tratar de evitar las dificultades actuales ya sea negando la situación o ilusionándonos con un futuro feliz y libre de penas. Tampoco estaba basada en un espíritu de cordialidad superficial sino que estaba profundamente enraizada en nuestra unión con Cristo.

Un principio de crecimiento espiritual es descubrir que la respuesta puede hacernos sufrir. Verdaderamente, a medio de las circunstancias más desesperantes puede surgir una confianza y una convicción que -- sin importar cuándo o cómo -- "todo estará bien y todas las cosas estarán bien" (Juliana de Norwich).

Curiosamente, nuestra esperanza surge en medio de todo aquello que aparentemente es desesperante. La esperanza es un don que se nos otorga cuando reconocemos profundamente y confrontamos todo aquello que parece hundirnos en la desesperación.

He sido bendecido ricamente por estas dos experiencias, una después de la
otra: reunirme con los primados y con los jóvenes misioneros. He notado que ambos son grupos de fieles y sufridos cristianos que tienen un espíritu de sinceridad y receptividad, y una disposición a enfrentar aquello que encontramos más doloroso y difícil.

Y también vislumbré una fuente de esperanza. Me sentí agradecido y recordé las palabras de San Pablo: "Que el Dios de toda esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis en esperanza por el poder del Espíritu Santo."

Esta es también mi oración por ustedes, por todos nosotros y nuestra iglesia y por nuestra Comunión Anglicana.