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Mensaje del Obispo Presidente para el 5o aniversario del 9/11

9/8/2006

Photo by P. Merchant
Obispo presidente Frank Griswold que escribe una nota en la sacristía de la capilla del St. Paul poco después de septiembre el 11 de 2001.   (Photo by P. Merchant)

 
[Episcopal News Service]  La mañana clara y brillante de un día martes hace cinco años atrás, fue el instante donde la paz y seguridad que muchos de nosotros dábamos por segura, súbitamente fue destruida. Los trágicos eventos del 11 de septiembre de 2001 que dieron por terminada la forma en que nosotros contemplábamos al mundo, también nos ha obligado a contemplarnos a nosotros mismos en una nueva forma.

En aquella tarde, mientras columnas de atónitos neoyorquinos caminaban pasando frente al Centro Episcopal en dirección al norte, tan lejos como les era posible para poder huir del desastre, me senté a escribir una carta a la iglesia. Entonces dije que nuestra responsabilidad era la de "incorporarnos con todos nuestros corazones, mentes y fuerzas en el divino proyecto de transformar el mundo en un entorno de paz, un sitio donde las espadas se forjen en arados y las lanzas en podaderas".

Entonces dije que nuestro desafío era reclamar nuestra participación en la obra del Cristo Resucitado expulsando el temor y proclamando a todos la paz que el mundo no puede dar.

Ya han pasado cinco años difíciles y nuestra nación y el mundo están abrumados por el miedo y sacudidos por una violencia de tales proporciones tales que es casi imposible de imaginar. Ya se han cumplido tres años de guerra en Irak y una resolución pacífica para estar cada vez más distante. Durante los últimos dos meses se ha producido un aumento de la violencia en el Medio Oriente. Una creciente barrera separa ricos y pobres, tanto en nuestro país como en otras naciones del mundo resultando en una dinámica que generará más conflicto e inestabilidad.
Seguimos amenazados – tal como nos lo reveló el fallido complot con aviones –  por una red de seres humanos, bien organizados e impredecibles, cuya meta es matar y destruir.
Y, tristemente, en este caso la religión es usada para causar divisiones y no para reconciliar.

No puedo pensar en una forma mejor de marcar el paso de estos cinco años pasados desde los aciagos eventos del 11 de septiembre de 2001 que comprometernos, individualmente, como iglesia y como nación a buscar nuevas formas para sanar y restaurar a este mundo que tanto ama Dios. No puedo imaginarme una mejor forma de honrar la memoria de aquellos que murieron hace cinco años atrás en aquel 11 de septiembre, que comprometernos a trabajar para lograr forjar un futuro en el cual los eventos pasados no puedan repetirse.

Específicamente ¿qué significa esto para los Estados Unidos en el día de hoy?

Las palabras de la Cámara de Obispos emitidas unas semanas después del 9/11 continúan guiándome. Desafiándonos a "luchar por la reconciliación" en el mundo, los obispos nos urgieron a "soportar las cargas los unos de los otros a pesar de las divisiones de cultura, religión y diferentes conceptos sobre el mundo".

Para lograrlo, creo que nuestra nación primero debe reclamar su histórica identidad como un campeón de la paz en el mundo. Ahora no hay otro sitio que lo necesite más que el Medio Oriente. Nuestra nación debe jugar el papel no tan solo de superpotencia sino también de supersirviente, es decir estar dispuesta a trabajar sostenidamente y dedicadamente por una paz permanente. Tal como lo recomendó la Comisión 9/11, es necesario que nuestra nación examine su relación con el mundo islámico. Esto quiere decir reconocer cómo se percibe a los Estados Unidos en otras partes del mundo. Es trabajar para hacer avanzar el entendimiento mutuo – tanto dentro de nuestra nación como entre las naciones del mundo – entre todos los hijos de Abraham.

En segundo lugar, creo que es más urgente que nunca que nuestro país enfrente la enorme disparidad que existe entre las naciones ricas, tal como la nuestra y la extrema pobreza en que vive casi la mitad de la población mundial. Las Metas del Desarrollo del Milenio de las Naciones Unidas otorgan a los gobiernos mundiales una oportunidad clara y concreta para lograr estos fines. No podría sentirme más gratificado al saber que la reciente Convención General de la Iglesia Episcopal estableció a la Metas del Desarrollo de Milenio como una de sus prioridades misioneras. El Obispo Presidente Mark Hanson de la Iglesia Evangélica Luterana en América y yo pronto emitiremos una carta pastoral conjunta sobre las Metas del Desarrollo del Milenio donde explicaremos cómo cada cristiano puede apoyar el liderazgo de los Estados Unidos en la lucha contra la pobreza.

Finalmente, creo que esta nación debe caminar en humildad delante de nuestro Dios. Tal como lo hizo notar la Cámara de Obispos en septiembre de 2001, estar dispuesto a alterar el rumbo abrirá "nuestros corazones y dará lugar a la compasión de Dios que busca remediar, sanar y hacer nuevas e íntegras todas las cosas". Particularmente, empeñándonos en lograr una resolución a la guerra en Irak, ruego que el engreimiento no impulse a que nuestra nación mantenga una estrategia que no parece dar resultado y que el orgullo no ciegue nuestros ojos a otras estrategias alternativas. Ruego que en el Medio Oriente estemos dispuestos a tratar – reconociendo humildemente la magnitud de la tarea – a reunir a las partes para buscar juntos la paz que durante tanto tiempo ha eludido al sufriente pueblo palestino e israelí.

Aunque los desafíos que nuestro mundo debe enfrentar parecen más difíciles ahora que hace cinco años atrás, nosotros podemos hacer descansar nuestra fe en el poder del Espíritu Santo que siempre nos está atrayendo a la obra de reconciliar al mundo consigo mismo "haciendo la paz con todos mediante la sangre de la Cruz". Personalmente, el poder de la Cruz nunca se me hizo más notable que cuando visité "Ground Zero" el 14 de septiembre de 2001. Fue en ocasión de la Fiesta de la Santa Cruz y había presidido la Eucaristía en el "Seaman’s Church Institute", donde ya se había comenzado a ofrecer alivio al personal de rescate y a los voluntarios.

Cuando regresaba de las ruinas del "World Trade Center", entré en la Capilla San Pablo, una iglesia episcopal donde George Washington, nuestro primer presidente, también estuvo orando.

Aunque la capilla está al lado del epicentro del desastre, dentro de ella existía un contraste portentoso entre el caos y el desastre que había afuera de las puertas de la Iglesia. Adentro todo parecía estar bien, excepto por la fina capa de polvo que, tal como una sábana, cubría todas las cosas. Me quedé allí, tratando de asimilar las experiencias y visiones de aquella mañana, miré hacia el altar y mis ojos se posaron sobre un crucifijo de bronce que estaba sobre el altar.

Repentinamente recordé las palabras de Jesús en el Evangelio que recién había proclamado en la Eucaristía: "Y cuando Yo sea levantado, atraeré a todos a mí mismo". En ese momento comprendí con todas las fuerzas de mí ser que los pequeños brazos de bronce del crucifijo eran capaces de recibir con un abrazo todo el horror, la destrucción, el dolor y la ira causados por todo lo que había pasado.

Cinco años después, todavía siento esta verdad. Toda nuestra esperanza para el día de hoy, para mañana y para el futuro se basa en el poder de la Cruz. Porque en el Bautismo, la obra reconciliadora de Cristo lograda en la Cruz, se hace nuestra. Es una tarea dura y costosa. Es una tarea que no podemos completar solos. Cristo obra en nosotros por medio del Espíritu Santo y nos fortalece con su propia fuerza, perseverancia y amor. Y solamente es Cristo quien hace posible que podamos resistir las fuerzas del pesimismo y la angustia, y hacernos ministros de reconciliación e instrumentos de su paz. Queridos hermanos y hermanas en Cristo: que en los días venideros seamos esta clase de ministros e instrumentos.

"Gloria a Dios cuyo poder operando en nosotros puede hacer mucho más de lo que pedimos o pensamos."


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