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El Obispo Presidente predica en Londres

10/29/2006

Obispo Presidente Frank Griswold  

 
[Episcopal News Service]  El Obispo Presidente Frank Griswold presidió y predicó la Eucaristía en la Iglesia Anglicana San Juan, Notting Hill, Londres el 29 de octubre, último domingo de su mandato de nueve años como Obispo Presidente, pastor principal y Primado de la Iglesia Episcopal. A continuación se encuentra el texto completo del sermón del Obispo Primado:

St. John's Anglican Church,
Notting Hill, London

29 de octubre de 2006

Revmo. Obispo Frank T. Griswold
Obispo Presidente y Primado de la Iglesia Episcopal

Job 42:1-6,10-17
Hebreos 7:23-28
Marcos 10:46-42

Estoy muy agradecido a su vicario, el Padre Taylor, por su invitación a presidir la Eucaristía de esta mañana y a compartir el pan de la Palabra de Dios. Lo estoy haciendo con una mezcla de diferentes sentimientos, pues este es el último domingo ejerciendo mi ministerio de Obispo Presidente, pastor principal y Primado de la Iglesia Episcopal. Mi sucesora, la Obispa Katharine Jefferts Schori será formalmente investida como la nueva Obispa Presidenta el próximo sábado durante una celebración litúrgica en la Catedral de Washington.

Me encuentro en Londres con el propósito de presentar la Obispa Katherina al Arzobispo de Cantórbery. Yo conozco al Arzobispo Rowan desde hace muchos años, pues nuestra amistad se remonta a la época cuando él era profesor en la Universidad de Oxford, pero mi sucesora no le conocía. El encuentro fue inmensamente positivo y fructífero. Durante nuestra reunión pudimos compartir nuestras mutuas preocupaciones y deseos para el futuro de nuestra Comunión y su ministerio de servicio a un mundo herido y necesitado.

Mediante el Consejo Consultivo formado por representantes internaciones, la Comunión Anglicana se ha comprometido a lograr equidad de los géneros en todos sus organismos representativos y consultivos. La elección de la Obispa Katherina para servir como la nueva 26a Obispa Presidenta es un primer paso hacia el logro de una equidad sexual entre lo que hasta ahora un dominio reservado para los hombres.

Algunos han dicho que no se sentarán a la mesa junto con ella. Espero que una vez que la hayan conocido personalmente, en lugar de conocerla como una caricatura formada en la Internet, todos puedan comprender la profundidad y sinceridad de su fe y la reconocerán como una hermana en Cristo y una colega en el episcopado.

Aunque las mujeres forman la mayoría dentro de la Comunión Anglicana, es una ironía que sus voces y opiniones sobre la reconciliación son ignoradas. Puesto que las mujeres siempre defienden la vida y el bienestar de sus familias, en muchos lugares del mundo donde existen conflictos y divisiones ellas son las auténticas pacificadoras. Son las mujeres quienes valerosamente rehúsan prestarse al juego del poder que existe entre los hombres: quiénes tienen estatus y quienes no lo tienen, quiénes son fuertes y quiénes son débiles. Esta clase de envidias no sólo afectan a las naciones, sino que a la iglesia también.

La lectura del Evangelio de hoy nos presenta la historia de Bartimeo encontrándose con Jesús durante su visita a Jericó. Si viajan a Jericó, a ustedes se les mostrará un árbol muy viejo que está en el centro de la ciudad y se les asegurará que es el verdadero árbol donde Bartimeo se encontró con Jesús.

Sin embargo, hay otra forma de considerar el relato del Evangelio. Aunque concretamente se trata de la historia de Jesús sanando a un ciego, también puede servirnos como una invitación a considerar la ceguera como una condición espiritual en la cual podemos mirar pero no ver. Esto me hace recordar de la paráfrasis de John Cosin del himno "Veni Creator", un himno tradicionalmente cantado en las ordenaciones rogando que Dios, el Espíritu Santo "enable with perpetual Light, the dullness of our blinded sight" (corrige con tu luz eternal, la torpeza de nuestro mirar).

Cuán fácil nos es – personalmente, eclesiásticamente y nacionalmente – vivir sin ver. Cuán fácil nos es aceptar ciegamente y fanáticamente las actitudes prevalecientes, las opiniones y inclinaciones y considerarlas como ciertas y verdaderas. Nuestra miopía no nos permite distinguir entre lo familiar las inequidades, las falsedades y las injusticias que nos rodean.

En mi propio país, ingenuamente se cree que nuestra nación nunca puede hacer algo malo y, por lo tanto, aquellos de nosotros que hablamos en contra de la invasión de Irak fuimos tenidos por faltos de patriotismo. Ahora, cuando esta guerra insensata se prolonga – causando miles de muertos por medio de los engaños y la ciega insistencia del Presidente en la justicia de esta causa – los ojos de muchos han sido abiertos. Ahora ha comenzado una época de introspección. Pero, qué triste es olvidarnos tan rápido de lo que hemos aprendido. Cuán fácil es volver a perder la vista. Cuán dispuestos estamos a rodearnos de nuestro chauvinismo y nuestras convicciones que nos hacen sentir tan cómodos.

Este peligro no es peor en otras partes que en la misma iglesia, donde automáticamente preferimos el pasado y la tradición como algo fijo e inmutable. Por su puesto, la tradición simplemente es una seria de invasiones provocadoras de una divinidad atrevida que, para nosotros los cristianos, está asentada sobre el escándalo de la Encarnación. Dios ha plantado su tienda y ha morado entre nosotros como uno de nosotros en la persona de Jesús, plenamente humano y plenamente divino, tal como lo expresó el Concilio de Calcedonia en el año 451.

Fue Jesús quien dijo a sus discípulos "Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar. Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad… porque tomará de lo mío y os lo hará saber" (Juan 16:12-14). El Jesús histórico ya ascendió al Padre como el Cristo Resucitado y ya no está más con nosotros. Por lo tanto, las pulseras que a veces se usan en los Estado Unidos y que dicen "WWJD - What Jesus Would Do" (¿Qué haría Cristo?) son irrelevantes. La pregunta correcta es: ¿qué anda hacienda el Cristo por medio del Espíritu Santo, ya sea incomodándonos, azuzándonos, desafiándonos, impulsándonos, iluminándonos y, a veces, trastornándonos?

Para recuperar la visión hay que pagar un precio. Para Bartimeo, llamar a Jesús implicó un cierto riesgo. Cuando él se levantó - a pesar de las objeciones de una comunidad que le consideraban una figura pasiva y dependiente dentro de un ambiente limitado -, Bartimeo, junto con su abrigo, perdió la seguridad que le otorgaba su estatus en la comunidad como el ciego que pedía limosna cerca de un árbol. El pueblo no estaba preparado para la transformación y liberación de las manos de Jesús. Tampoco estaban preparados para cambiar sus percepciones. Francamente, nosotros tampoco estamos. Ni tampoco la iglesia aun cuando Cristo anima su cuerpo resucitado y nosotros, sus miembros, con una vida que desafía la muerte haciendo todas las cosas nuevas. Esta es una clase de novedad que no siempre estamos dispuestos a recibir. Se trata de una novedad que el Espíritu tiene que obrar en nosotros.

"La ignorancia es la raíz de todos los males", dijo uno de los eremitas del Siglo IV. ¡Qué cierto es! La táctica del malvado, de cuya naturaleza Jesús nos dice que es mentir y apartarnos de la verdad, es hacer que no percibamos ciertas cosas y, si es que las percibimos, negarles su realidad o impedir que nos hagamos conscientes a ellas.

"¿Yo? ¿Racista? ¿Qué quiere decir?" Esta es una queja que a menudo se oye en los Estados Unidos donde, a pesar de todos los avances en el área de derechos civiles, todavía existe el racismo. Ahora me veo obligado a reconocer la responsabilidad histórica y la meticulosa ignorancia que adoptó la Iglesia Episcopal, algo que recientemente hemos reconocido públicamente y con la ayuda del Espíritu de la verdad ahora estamos tratando de superar. El dolor causado por este reconocimiento, particularmente en el norte del país – que ahora también tiene que reconocer su participación oculta y los beneficios logrados por el tráfico de esclavos - se hace muy difícil de soportar porque cuestiona la presunta virtud de nuestros antepasados.

Un par de días atrás presidí una Eucaristía en la Iglesia de Cristo, Filadelfia, frente a la tumba del Obispo William White, el primer Obispo Presidente de la Iglesia Episcopal y cuyas opiniones sobre el tema de la esclavitud y la situación de sus empleados domésticos está en cuestión. Para nosotros, siempre es fácil reconocer lo que nuestros antepasados deberían haber visto o haber reconocido. En lugar de condenarlos por su falta de percepción deberíamos preguntarnos qué tememos ver o reconocer. Nos hacemos esta pregunta debiendo reconocer que si percibimos la verdad, el status quo podría verse amenazado o socavado.

¿Cuántas familias o relaciones sobreviven sólo porque la verdad no se confiesa y las disfunciones continúan sin reconocerse? ¿Con cuánta frecuencia quien dice la verdad es castigado y declarado enemigo o perturbador de la paz?

Jesús dijo que la verdad nos haría libres. Este texto es el lema de la Comunión Anglicana. Al reflexionar sobre estas palabras, el Arzobispo Rowan ha notado que en realidad, la verdad puede hacer las cosas más difíciles.

¿Cuántas cosas hay que el Cristo resucitado – quien es la misma Verdad – quiere revelarnos por medio de la obra y los apremios e insistencias del Espíritu de verdad? ¿Cómo podemos distinguir las auténticas manifestaciones del Espíritu de aquellas que son falsas? ¿Podríamos reconocer que el Espíritu de verdad no está confinado dentro de la iglesia y que se encuentra activo en el ámbito secular? Los cambios en el papel de la mujer en la sociedad y, específicamente a medida que ellas asumen posiciones de liderato, naturalmente promueve los mismos cambios en la iglesia. A veces lo secular desafía lo sagrado y se hace el medio por el cual el Espíritu de verdad amplía y extiende la conciencia de la iglesia.

En los Hechos de los Apóstoles, que es una relato de lo ocurrido cuando el Espíritu del Cristo resucitado se derrama en el mundo, encontramos a una iglesia apostólica que ve desafiada su naturaleza judía por un Espíritu que ignora los límites establecidos por la ley y que desciende sobre los gentiles quienes hasta entonces estaban fuera de la ley y por lo tanto, ajenos a la comunidad de fe. Por lo tanto, la iglesia tuvo que luchar con la inquieta y provocativa presencia del Espíritu entre quienes hasta entonces no eran considerados dignos de redención. Cuando la iglesia debió enfrentarse a esta nueva realidad se sintió desafiada y obligada – no sin luchas o debates, a modificar la ley y, por lo tanto, la forma en que se comprendía a sí misma, para dar lugar a quienes la ley había excluido.

El resultado no fue un simple compromiso: fue una nueva forma de mirar las cosas. Los marginalizados, excluidos e impuros fueron reconocidos como hermanos y hermanas que habían sido rodeados por el abrazo redentor de Cristo. ¿No podría ser posible que el Espíritu de verdad se encuentre profundamente involucrado en las luchas y tensiones que estamos experimentando en la vida de la Comunión Anglicana?

El ser fiel a las Escrituras requiere tener una disposición y, en verdad, es tener el deseo de seguir al Espíritu de verdad doquiera seamos guiados. Sin embargo, cuando oramos "Ven, Espíritu Santo… corrige con tu luz eternal, la torpeza de nuestro mirar" es peligroso pues nos arriesgamos a cambiar nuestra forma de pensar, a dejar de lado las preferencias que nos protegen, a dar lugar a lo desconcertante y, a veces, no es bienvenido. Este es el precio que tenemos que pagar para recuperar nuestra visión. Pero, aunque sea doloroso, aunque nuestras certidumbres se vean desafiadas y purificadas por el Espíritu de la verdad, en nosotros se formará una nueva capacidad de ver las cosas como las ve Dios y amar como Cristo ama.

Por lo tanto, hermanos y hermanas, animémonos a levantarnos junto con el ciego Bartimeo. Atrevámonos a clamar ante el Cristo resucitado y clemente: "¡Quiero ver!".

Amén.