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Sermón para la Investidura

11/4/2006
[Episcopal News Service] 

 

Sermón para la Investidura
4 de noviembre de 2006
Catedral de San Pedro y San Pablo, Washington, DC

¿Dónde está tu hogar? ¿Cómo definirías "hogar"? Antes de salir, un amigo de Nevada me dijo que él había pensado que yo solamente dejaría Nevada para regresar a mi hogar y que, para él, esto significaría regresar a Oregón. Pero, durante los seis años en que viví en Nevada, allí estaba mi hogar. La canción oficial de Nevada se llama "Home means Nevada" (Hogar quiere decir Nevada). Y esto es muy notable, pues Nevada es un lugar lleno de personas que han venido de todas partes y en todas situaciones y condiciones. Personas desarraigadas que buscaban plantar raíces en el desierto.

¿Dónde está tu hogar? ¿Des Moines o Anchorage o Taipei o San Salvador o Port au Prince?

¿Por qué es tu hogar? ¿Por tener lugares conocidos? ¿Calidad de vida? ¿La presencia de ciertas personas?

Algunas personas que han comenzado esta peregrinación que llamamos cristianismo han descubierto que el hogar se encuentra en el camino. Ya sea, literalmente el arduo caminar que demanda la jornada, o es el hodos, que es el Camino donde seguimos a quien llamamos el Cristo. El hogar que ansiamos finalmente se encuentra en una relación con el Creador, el Redentor y el Espíritu. Cuando Agustín dice que "nuestro corazón están sin descanso hasta que descanse en ti, OH Dios", quiere decir que nuestro hogar natural se encuentra en Dios.

Las historias de los grandes viajes de la Biblia hebrea comienzan con la salida del Edén, nuestro hogar primitivo y continúa con los muchos años pasados deambulando en busca de un nuevo hogar en una tierra de promesas y, después, sobre la vuelta al hogar desde el Exilio. Finalmente, Israel comienza a reconocer que debe construir un hogar que atraería a las naciones al Monte de Sión. Isaías tuvo una gran visión de una fiesta de acción de gracias en una montaña a la que todo el mundo estaba invitado y es parte del descubrimiento de una misión para construir hogares para todos. La inauguración y encarnación de Jesús del banquete celestial se trata de un hogar que no depende de un sitio sino de una comunidad reunida ante la presencia real de Dios.

En el poema Death of the Hired Man, Robert Frost escribió que "hogar es el lugar que, cuando uno llega, tiene que ser recibido". Todos anhelamos una comunidad que nos acoja con todos nuestros defectos, debilidades y malicias y que, a pesar de todo ¡se alegre cuando nos vea llegar! Este concepto de salir y regresar al hogar que destaca nuestros más profundos deseos espirituales, también incluye la tarea que se nos asignó en el bautismo: regresa al hogar y, mientras te encuentres allí, comienza a construir un hogar para todos los demás. Porque ninguno de nosotros puede descansar en Dios hasta que, tal como el hijo prodigo, todos nuestros hermanos y hermanas también hayan sido recibidos de regreso.

Para esta visión y esta tarea existe una hermosa palabra hebrea: shalom. No significa la clase de paz que existe en un lugar donde ya no hay guerras. Es la rica y multicolor visión de un mundo donde nadie tiene hambre porque todos han sido invitados a sentarse a la mesa, un mundo donde nadie está enfermo o prisionero porque todas las enfermedades han sido curadas, un mundo donde cada ser humano ha tenido la capacidad de usar todos los buenos dones que Dios le ha dado, donde nadie disfruta de la abundancia aprovechándose de otros, donde todos disfrutan del reposo delante de la lúcida presencia de Dios. Shalom quiere decir que todos los seres humanos viven juntos como hermanos, en paz los unos con los otros y con Dios y en buenas relaciones con el resto de la creación. Es la visión del león sentándose junto con el cordero, del niño que juega en el nido de víboras y donde el espectro de la muerte ya no tiene más dominio. Es la visión que Jesús expresa cuando dice "hoy estas escrituras se han cumplido en vuestros oídos". Decir "shalom" es reconocer dónde estamos, y donde podemos invitar y afianzar el lugar que tiene el resto de la creación, que ahora nuevamente está de regreso a su hogar en Dios.

Ustedes y yo hemos sido convocados a un ministerio de pacificación mundial donde se hace lugar y se afirma la bienvenida para todas las criaturas de Dios. Pero más que ofrecer una bienvenida, es un ministerio que invita a todos a disfrutar hasta que todos hayan sido llenos de la abundancia de Dios. Dios nos ha hablado sobre este sueño en nuestros corazones: por medio de los profetas, los patriarcas y los místicos, en la humanidad de Jesús y en cada uno de nosotros en el bautismo. Todos son bienvenidos, todos son alimentados, todos son saciados, todos son curados de las heridas y desprecios que son parte de una creación que todavía no ha culminado.
Shalom es una bienvenida de regreso al hogar que es tanto destino como peregrinación.

No podemos embarcarnos en una jornada sin tener una visión de nuestro destino, aunque no lo alcancemos antes del sepulcro. En realidad, se nos ha encargado contemplar cada lugar y todos los lugares como nuestro hogar y vivir de tal forma que esto se haga realidad para cada criatura de este planeta. Ninguno de nosotros puede sentirse cómodo y tranquilo en su hogar, disfrutando la shalom a menos que todos puedan hacerlo. Shalom es el fruto de vivir el sueño. Vivimos en una época en que existe la posibilidad concreta de que este sueño se haga realidad para los desamparados, relegados e ignorados que nos acompañan en el camino; es hacerlo para los náufragos que apenas se mantienen a flote en el agitado mar de la vida.

Esta Iglesia ha dicho que nuestra visión debe estar enmarcada y formada durante los próximos años por la visión de la shalom representada por las Metas del Desarrollo del Milenio; es decir, un mundo donde los hambrientos son alimentados, los enfermos curados, los niños educados, las mujeres y los hombres son tratados imparcialmente, y donde todos pueden tener agua potable, sistemas sanitarios adecuados, cuidado básico de la salud y la promesa de un desarrollo que no pondrá en peligro al resto de la creación. Es posible lograr esta visión de una vida abundante durante nuestra vida, pero sólo con el vehemente compromiso de cada uno de nosotros. Dios desea esta clase de bienvenida al hogar para toda la humanidad.

La posibilidad de que uno de nosotros pueda disfrutar la shalom depende del bienestar de nuestro prójimo. Si algunos no tienen oportunidad para tener salud o plenitud, entonces ninguno de nosotros puede disfrutar de una verdadera y perfecta santidad. El escritor de la carta a los Efesios nos implora que guardemos la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz; es decir, estar unánimes en la shalom de Dios. Esta es nuestra responsabilidad y esperanza bautismal y, a menos que cada uno de los miembros del cuerpo pueda disfrutar de esta shalom, no podremos vivir unánimes. Ese deseo de Dios, esa palabra que Dios nos ha dicho a cada uno de nosotros en el bautismo también expresa la esperanza en su cumplimiento.

El bienestar de nuestro prójimo, en sus términos más amplios, es la misión que Dios nos ha encomendado. No podemos amar a Dios si no amamos a nuestro prójimo elevándolos a una mejor calidad y santidad de vida. Si algunas personas de esta iglesia se sienten heridos por las decisiones recientes, entonces nuestra salvación o bienestar como un cuerpo correrá cierto peligro y todos nosotros tenemos la responsabilidad de buscar la reconciliación y la curación. Mientras que haya niños desamparados en las calles, mientras que haya ancianos que no puedan comer para poder pagar los medicamentes que le restablezcan la salud, mientras que haya personas enfermas por los desechos industriales, todo el cuerpo sufre, y nadie puede decir que hemos llegado finalmente a nuestro hogar.

¿Qué cosas pueden obstaculizar nuestra búsqueda incasable de esta visión de shalom? Posiblemente sólo hay dos respuestas y ambas están interconectadas: la apatía y el temor. Una es la falta de voluntad de reconocer las penas de otras personas. La otra es la falta de voluntad de reconocer estas penas de tal forma que nos impulse a actuar. La cura para ambas es tener profunda e inmutable esperanza. Si Dios llevó en Jesús cautiva la cautividad y encadenó al miedo, lo hizo para lograr la liberación y el florecimiento de la esperanza. Agustín dijo que como cristianos, somos prisioneros de la esperanza: una esperanza ridículamente confiada, una esperanza que incansablemente asalta las puertas del cielo, una esperanza que no puede cesar has que el deseo de Dios haya eliminado la muerte para siempre, una esperanza que tiene la audacia de unirnos a Jesús y decir que "hoy esta escritura se ha cumplido en vuestros oídos".

¿Y cómo se puede cumplir esta escritura en nuestros oídos? Disponiéndonos a hacer las paces con quien desdeña nuestra posición teológica, porque la suya también tiene mérito, pues es el fruto de la fidelidad. En el valor para desafiar a que nuestros legisladores hagan de la pobreza algo del pasado, para financiar la obra en contra del SIDA en África, para distribuir mosquiteros contra el paludismo y construir escuelas primarias donde todos los niños son bienvenidos. En la disposición a escudriñar nuestros corazones y enfrentar las sombras que opacan la visión que Dios ha implantado en ellos.
Esta escritura se cumple cada vez que superamos nuestros intereses mezquinos para traer otra persona al hogar.

Esta escritura se cumple en todas formas, grandes y pequeñas en los actos de naciones e individuos cuando se busca el bien de ese prójimo en quien nuestro propio bienestar y nuestra propia bienvenida al hogar se encuentran íntimamente ligada.

Dios ha pronunciado ese sueño en nosotros. ¡Regocijémonos! Unámonos a las bulliciosas multitudes de la creación, las criaturas del mar y todas las características geológicas que saltan de gozo ante la visión de una creación que ha sido restaurada a tener buenas relaciones, a una creación que, por fin, ha regresado a su hogar. Que esta escritura se cumpla en nuestros oídos y en nuestras acciones.

Shalom, chaverim, shalom, amigos, shalom.

Reverendísima Katharine Jefferts Schori
Obispa Presidenta y Primada
Iglesia Episcopal