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La Natividad Del Señor (Nochebuena)
Isaías 9, 2-4. 6-7
Salmo 97, 1-4, 11-12
Tito 2,11-14
Lucas 2,1-14

        ¡Feliz Navidad! ¡Feliz Natividad! ¡Feliz Nacimiento! En medio de la oscuridad de la noche estamos celebrando el nacimiento de la Luz. Como eco a esta luz que nos llega, todo el mundo está engalanado de luces. En las casas hay velas y en los árboles navideños lucecitas. En las ciudades hay luces por doquier: en los escaparates, en las calles, en los edificios altos y bajos. Luz por todas partes. Verdaderamente podríamos decir que todo el globo terráqueo brilla con resplandor inusitado. Sería interesante ver la tierra esta noche desde las alturas. Y todo ello porque, como dice el profeta Isaías, "el pueblo que andaba en la oscuridad vio una gran luz; una luz ha brillado para los que vivían en tinieblas".

         Recordamos en esta noche el alumbramiento de María, que da a luz a un niño, al Niño Jesús. Pero, en un sentido más profundo, celebramos ese otro alumbramiento universal por el cual Dios, a través de Jesús, hace que surja la luz en medio de las tinieblas.

         La humanidad había experimentado las tinieblas de una manera aplastante. La miseria, la opresión, la esclavitud, la injusticia, habían reinado en toda la tierra. La humanidad clamaba por mejores tiempos. Por tiempos de calma, de tranquilidad, de progreso humano. Por fin, apareció la gracia de Dios trayendo la salvación a toda la humanidad; la gracia de Dios nos pide que renunciemos a los deseos mundanos y pecaminosos y que llevemos, de ahora en adelante, una vida sobria, honrada y religiosa. San Pablo le recuerda a Tito, que la gracia de Dios nos enseña a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos y a vivir en esta edad con templanza, justicia y piedad.

          Efectivamente, Jesús nos iluminó con su nacimiento, con su vida, con su muerte y resurrección. Es decir, Jesús ilumina a todos los que acepten y sigan su ejemplo. Sin embargo, podríamos decir, que tras dos mil años de una iluminación única y divina, todavía seguimos en las tinieblas. Podríamos decir con San Juan que Dios vino a los suyos y los suyos no le recibieron, pero aquellos que se esfuerzan por hacer viva la luz de Cristo en sus vidas les da poder para convertirse en hijos de Dios (Jn 1, 11-12).

          Tal vez el problema esté en que celebramos el acontecimiento de su venida de una manera superficial, con todo un aparato externo, con una decoración bonita pero insustancial que cubre nuestras casas, ciudades y vidas. Es necesario que Jesús nazca verdaderamente en nuestros corazones para que la luz divina ilumine nuestras vidas y la de todo ser humano. Han vivido en esta tierra almas santas que han logrado que esa luz divina venida de lo alto brille en su interior de tal manera que los ha transformado. Y de humanos se han vuelto divinos. Han vivido el cielo en la tierra y han suspirado por irse cuanto antes al encuentro con quien es la Luz de todas la luces.

          Cuando la gloria de Dios brilla en nuestro alrededor no hay razón para tener miedo. Mucho menos hemos de tener miedo cuando la gloria de Dios brilla en nuestro interior "No tengan miedo", dijo el ángel. Nada nos puede separar del amor de Dios. La alegría ha de triunfar siempre, y la paz de Dios reinará en nuestros corazones. Con ello tienen sentido las palabras del salmo: "Cantad al Señor un cántico nuevo. Cantad al Señor, toda la tierra. Proclamad entre las naciones su gloria y en todos los pueblos sus maravillas. Alégrense los cielos y gócese la tierra. Vitoreen los campos y cuanto hay en ellos. Aclamen los árboles del bosque. Delante del Señor, que ya llega, ya llega a regir la tierra". ¡Feliz Navidad!


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