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La Navidad del Señor
Isaías 62, 6-7, 10-12
Salmo 97, 1-4
Tito 3, 4-7
Lucas 2, (1-14) 15-20

         Para los cristianos la Navidad es una fiesta de extraordinaria importancia. Celebramos en ella el nacimiento de Jesús, nuestro Salvador.

         Hoy día ignoramos cuándo nació Jesús. Los evangelistas que narran la infancia de Jesús, no describen un informe histórico exacto tal como ser haría hoy. Sólo pretendieron enmarcar a su personaje en una época y darle un significado teológico. Así, aunque mencionan a César Augusto y a Herodes, con ello no fijan la fecha exacta del nacimiento, sino un marco histórico. Se desconoce la orden de un censo universal. Sólo hay evidencia de uno llevado a cabo en Judea a los seis o siete años después del nacimiento de Jesús. Lo más probable es que Jesús naciera en Nazaret y no en Belén, por eso le llamaban "nazareno". Lo mismo sucede con los datos descriptivos, como el pesebre, los pastores, la estrella, los magos, la matanza de los inocentes. Son elementos simbólicos, teológicos y no históricos.

        Sin embargo, en la Navidad todo el mundo se engalana de luces. Jardines, calles, escaparates, todo resplandece en un variado multicolor. En las casas hay belenes, árboles, y toda clase de ornamentos que ofrecen un ambiente especial al hogar. Las gentes, los corazones, rebosan de alegría. Hay saludos, visitas, regalos, se cantan villancicos, todo el mundo está alegre y se torna generoso. Y todo ello, ¿por qué?

        "Os anuncio una gran alegría: os ha nacido un Salvador" (Lc 2, 10). Y Pablo escribe a Tito: "Cuando apareció la bondad de nuestro Dios y salvador y su amor al hombre, no por méritos que hubiéramos adquirido, sino por sola su misericordia, nos salvó con el baño del nuevo nacimiento y la renovación por el Espíritu Santo, que nos infundió con abundancia por medio de Jesucristo nuestro Salvador"(Tit 3, 4-7). La alegría de la Navidad tiene pleno sentido en ese salvador que nos viene de lo alto. En muchos lugares de la tierra, hoy, en medio de la luz y del esplendor, reinan las tinieblas, porque habiéndoles llegado la luz, no la han querido recibir. Siguen en la oscuridad, en la intranquilidad de una noche tenebrosa, instalada en un mundo sin rumbo. Todo el alboroto externo no hace más que enloquecer a un mundo sin Dios. Mas todo tiene sentido en un Salvador.

         El ser humano vive sin paz. Todavía hay guerra en muchos rincones de la tierra. Guerra de guerrillas, guerra de ejércitos, guerra entre familias, guerra entre individuos, guerra entre sociedades, guerra con nosotros mismos. Habrá paz entre todos cuando se acepte el mensaje que nos ha traído Jesús.

         Quienes reciben ese mensaje llegan a ser hijos de Dios. Pueden convertirse en seres divinos. Ser hijo de Dios no significa comprar una póliza de seguro celestial y vivir despreocupadamente. Ser hijo de Dios significa declarar la batalla al mal y transformar este mundo en un paraíso divino.

         El mensaje que nos trae ese Salvador, resuelve todos los problemas que acosan a la sociedad humana. Nos invita a ser generosos y no egoístas, a distribuir y a no acumular. La alegría de la Navidad sólo tiene sentido si aceptamos al Salvador, Hijo de Dios, llamado Jesús de Nazaret, nacido hace mucho tiempo entre nosotros, pero presente todavía hoy especialmente en la santa Eucaristía. Permitamos que Jesús realmente nazca en nuestros corazones para que iniciemos una vida nueva de amor a Dios y al prójimo.



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