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Primer Domingo después de Navidad
Isaías 61, 10-62, 3
Salmo 147, 13-21
Gálatas 3, 23-25; 4, 4-7
Juan 1, 1-18

       Hace sólo unos días nos reuníamos para celebrar la natividad de nuestro Señor Jesucristo, lo que el cristianismo llama el misterio de la Encarnación.

       Sin demora, la Iglesia hoy nos invita a que nosotros, los herederos del reino de los Cielos, que somos hijos e hijas de Dios por adopción, realicemos en nuestras vidas ese misterio de la encarnación. La Iglesia nos pide que imitemos a Cristo, y que, así como "la Palabra se hizo hombre y vivió ente nosotros, lleno de amor y de verdad", también nosotros nos transformemos en Palabras encarnadas. La Iglesia nos pide que mediante el amor y la verdad, demos a conocer este misterio a quienes todavía no han llegado a conocer y ni aceptar a Cristo como el Mesías, salvador del mundo.

       Se pudiera pensar que las lecturas de hoy se refieren única y exclusivamente a la figura de Cristo como si estuvieran contándonos una historia que se repite cada año. Se pudiera pensar que el profeta Isaías se refiere sólo a Cristo cuando nos dice: "El espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado a dar una buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos y a los prisioneros la libertad; para proclamar el año de gracia del Señor" (Is 61, 1-2). Obviamente, estas profecías se cumplieron con plenitud en la persona de Jesús. Lucas nos dice en su evangelio (Lc 3,18-19) que después de haber leído este pasaje de Isaías en la sinagoga de Cafarnaún, Jesús dijo que aquellas palabras se habían cumplido en presencia de todos.
       
        La intención de la Iglesia es más amplia y nos incluye también a nosotros en la proclamación de estas lecturas. Eso implica que debemos participar del programa salvífico-social trazado por Isaías y llevado a la perfección por Jesús. Debemos llevar alivio al que sufre, amor y libertad al prisionero, debemos erradicar el hambre del mundo.

        La epístola insiste con fuerza en el mismo tema, dice: "cuando se cumplió el plazo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer…para que rescatase a los súbditos de la ley y nosotros recibiéramos la condición de hijos. Y como sois hijos, Dios infundió en vuestros corazones el Espíritu de su hijo que clama: Abba, padre" (Gal 4, 4-6). Joaquín Jeremías, un gran estudioso bíblico, dice que la palabra "abba", en realidad debe traducirse como "papá", "papaíto", expresión íntima y de gran cariño que un hijo usaría con su padre y que un judío típico nunca usaría con relación a Dios; es decir, a través del misterio de la encarnación, de la muerte y resurrección de Jesucristo, hemos sido adoptados como hijos e hijas de Dios. Participamos de la intimidad divina.

        Como hijos adoptados de Dios somos muy especiales, tan especiales que nos podemos dirigir a Dios de una manera muy familiar. Es esta intimidad divina la que debemos llevar a todo el mundo. El programa social delineado por Isaías de establecer justicia en el mundo es una obligación imperativa para todo ser humano, cristianos y no cristianos. Jesús dio mejor ejemplo que nadie. Pero el ser humano busca algo más profundo, algo que le colme de felicidad para siempre. Existen hoy sociedades prósperas donde prácticamente se ha suprimido la pobreza y, con todo, la gente no es feliz. La gente sigue buscando plenitud en toda clase de experiencias, pero en realidad sufren más.

        San Juan habla de una vida que había en la Palabra, y esa vida es la luz del ser humano. Hasta que no aceptemos la vida divina que se nos ha ofrecido en la persona de Jesucristo, no haremos más que dar vueltas sobre nosotros mismos, mareándonos, volviéndonos locos, sin encontrar lo que buscamos.

        Que este tiempo de Navidad, en que celebramos la presencia de Dios entre nosotros, sea un tiempo fructífero y oportuno para superar la superficialidad humana y adentrarnos en la intimidad divina que Jesús nos ofrece.



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