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Segundo Domingo después de Navidad
Jeremías 31,7-14.
Salmo 84, 1-8
Efésios 1,3-6. 15-19a
Mateo 2,13-15

       Las lecturas de este domingo nos presentan a Dios como el gran libertador. Ésta es la historia de todo el Antiguo Testamento: tenemos un Dios que nos libra. Los grandes profetas como Isaías, Jeremías, Ezequiel, Oseas, repiten este tema como canto sinfónico: "Canten de gozo y alegría, hagan oír sus alabanzas y digan siempre: el Señor salvó a su pueblo". Éste podría ser el estribillo de todo el Antiguo Testamento. Tenemos un Dios amoroso que cuida de su pueblo, como el pastor lo hace de sus ovejas. Protegidos por Dios, todo llanto se convierte en alegría, toda tristeza en gozo. La alegría rebosará todo dolor.

       San Pablo en la carta a los efésios enfatiza todavía más este pensamiento. Dios nos ha escogido en Cristo desde antes de la creación del mundo para ser hijos suyos y benditos con toda clase de bendiciones espirituales. El salmo hace eco a este mismo tema cuando dice: "Dichosos los que habitan en tu casa alabándote siempre"(5), porque nuestro Dios es "el Dios de dioses"(8). El Evangelio nos dice que Jesús, recién nacido y débil, también experimentó el amor libertador de Dios padre.

       El ángel del Señor se aparece en sueños a José y le da un mensaje activo y decisivo: "Levántate, toma al niño y a su madre, y huye..." Apenas nacido, Jesús experimenta la condición humana. Una condición llena de contradicciones y paradojas, porque ¿cómo reconciliar el amor libertador divino con el sufrir y padecer en esta tierra que parecen ser el "pan nuestro de cada día?" ¿Cómo explicar los estragos y devastaciones causados por el temblor de los terremotos, las lluvias torrenciales de los huracanes y todos los fenómenos naturales que acosan y agobian al indefenso ser humano?

       En verdad no hay respuesta adecuada para algunos interrogantes humanos. También es verdad que el ser humano se empeña en vivir donde los agentes atmosféricos se manifiestan con más furia. Podríamos preguntarnos ¿Por qué vivir donde el terremoto tiembla o el huracán azota? ¿Por qué no buscar soluciones humanas a estos agentes naturales y tal vez necesarios para la misma vida física de la tierra?

       La verdad es que nuestro Dios, no es un Dios cruel o indiferente. Nos ha enviado a su Hijo para darnos muestra de su amor y preocupación por nosotros. La colecta de hoy nos dice que, con el nacimiento de Jesús, Dios ha restaurado la dignidad de la naturaleza humana. También nos asegura que estamos destinados a participar de la naturaleza divina de aquel que se humilló para participar en la humana.

       Todo ser humano se ve envuelto por el misterio divino. Un misterio que oscurece el caminar humano por este mundo. Contamos con días y momentos en los cuales todo nos resulta difícil, doloroso e insoportable. Mas he aquí que tras esos momentos de oscuridad nos llega la luz. Y experimentamos la gracia divina, el amor divino, la liberación de Dios. Por eso Pablo pide a Dios que dé sabiduría espiritual a los de Éfeso y que se les ilumine la mente, para que puedan comprender cuál es la esperanza a la que han sido llamados, cuán gloriosa y rica es la herencia que Dios da a los que le siguen. La herencia divina no es como la humana pasajera y caduca. La herencia divina es eterna y permanente. Esto nos debe llevar a una conclusión sabia y antigua formulada por el profeta Isaías: "Dios es rico en perdón. Pues mis pensamientos no son sus pensamientos, ni sus caminos, mis caminos, dice el Señor. Porque así como los cielos son más altos que la tierra, así mis caminos son más altos que sus caminos, y mis pensamientos más que sus pensamientos" (Is 55, 7-9).

       Aquel que se humilló y nació entre nosotros, y se nos da en alimento, nos lo explicará todo un día y de nuevo todos a una cantaremos: "Canten de gozo y alegría, hagan oír sus alabanzas y digan siempre: El Señor salvó a su pueblo".



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