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Segundo Domingo de Cuaresma

Génesis 22, 1-14
Salmo 16, 5-11
Romanos 8, 31-39
Marcos 8, 31-38

       San Pablo nos da una descripción perfecta del amor de Dios en la epístola a los romanos. No es la única que se encuentra en la Biblia, pero sí la más conmovedora: "El que no reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros ¿cómo no nos va a regalar todo lo demás con él?" (Rom 8,32). Si Dios nos ama tanto que sacrificó a su propio Hijo por nosotros, ¿de qué nos tendremos que preocupar? Cualquier otra cosa que pidamos a Dios es insignificante. Dios nos dio a su hijo para que tuviéramos vida. Y a través de Cristo, el Padre nos dará cualquier otra cosa que necesitemos en esta vida, si es para nuestro bien espiritual.

       En Cristo, Dios perdona nuestros pecados; los conocidos y los desconocidos. Y, si es Dios quien nos perdona, ¿quién nos podrá acusar? ¡Nadie! A los que estamos unidos con Cristo, no hay nada, por terrible que sea, que nos pueda separar del amor de Dios. Pablo enumera algunos de esos peligros: "sufrimiento, dificultades, persecución, hambre, falta de ropa, peligro, aún la misma muerte" (Rom 8,35). Pablo puede hablar de estas cosas porque las sufrió en su vida cuando proclamó al Señor resucitado.

       En aquellos tiempos, los discípulos tenían que pagar un precio muy alto por su fe. No sólo persecución y hambre, sino el mismo martirio. Por eso no es una exageración compararlos a "ovejas que son llevadas al matadero" (Rom 8, 36). Ninguna de esas dificultades puede separar al creyente del amor de Dios.
La fortaleza que el amor de Dios nos da, nos convierte ya en vencedores. Por eso Pablo dice que nada ni nadie nos puede separar del amor de Dios en Cristo: ni las pruebas de esta vida ni nada del presente o del futuro. Nada de lo creado nos puede separar de su amor.

       Jesús también le dijo esto a sus discípulos. Después de la confesión de Pedro de que Cristo era el Mesías (Mc 8, 27-30), tiene que explicarles el significado de lo que significa ser mesías de Dios. El Mesías tiene que sufrir y morir. Y los seguidores del Hijo de Dios tendrán que pasar por la misma prueba. Los discípulos, en un principio, no lo entendieron. ¿Sufrir, la cruz, nosotros?

       Si Jesús va a ser la manifestación del amor de Dios, quiere demostrarlo de una manea no imaginada. La idea popular era que el mesías sería un líder político que restaurara la gloria de Israel, un nuevo David. Pero un nuevo David no podía manifestar el amor de Dios al mundo. Hacía falta un nuevo tipo de mesías para redimir a la humanidad. Para llevar a cabo el plan de Dios, el mesías tendría que sufrir y morir. Sin ese sacrificio, no habría resurrección ni triunfo sobre la muerte.

       Esto era duro para los discípulos, si de verdad iban a seguir a Cristo. Tendrían que participar en el sufrimiento y en la muerte de cruz. No hay otra forma. El que piensa que puede salvar su vida, la perderá. El que dé su vida por Dios disfrutará de la eterna. ¡Qué distintos son los valores de Dios a los de este mundo!

       El Génesis nos ofrece otro ejemplo del amor de Dios. Isaac era el hijo que Abrahán y Sara tuvieron en la ancianidad. En Isaac se iba a cumplir la promesa que Dios había hecho a Abrahán: ser padre de un gran pueblo. Pero ahora, la fe de Abrahán fue puesta a prueba, al pedírsele que sacrificara a su hijo. ¿Qué era más importante: la seguridad de su hijo, o la fidelidad a Dios? Abrahán tuvo una confianza absoluta en el llamado de Dios, estuvo dispuesto a realizar el sacrificio más grande de su vida. Por su fidelidad, Dios le devolvió a su hijo. Isaac resucitó de una muerte posible.

       Queridos hermanos, la Cuaresma nos brinda la oportunidad de meditar en el inmenso amor que Dios nos profesa. Debemos recordar que nuestra respuesta a ese amor inmenso debe plasmarse en una vida de fe, imitando a Cristo. Tomando nuestra cruz, abnegándonos y siguiendo el camino que conduce al Calvario. Pero viviendo en la certeza de que más allá del sufrimiento nos espera la gloria sin igual de Dios.



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