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Cuarto Domingo de Cuaresma
2 Crónicas 36, 14-23
Salmo 122
Efesios 2, 4-10
Juan 6,4-15

         El Evangelio de Juan nos presenta el milagro de la multiplicación de los panes y los peces. Jesús da de comer a cinco mil hombres y por lo menos a otras tantas mujeres y a niños. En ésta como en otras bellas narraciones del Evangelio de San Juan, el propósito de fondo es ofrecer una lección espiritual, una enseñanza que nutra las almas de los oyentes. Por ello, no hemos de fijarnos demasiado en los detalles literales sino ir al encuentro del significado simbólico.

         Esta historia nos ofrece un dilema: ¿dejamos que Dios provea todo lo que necesitamos, o nos aplicamos nosotros mismos en la provisión?

         La Cuaresma empezó con la historia de Jesús siendo tentado por el diablo. La tentación fue ésta: Tú puedes cambiar esta situación. Tú puedes proveer por ti mismo. Tú tienes el poder de cambiar estas piedras en pan. La respuesta de Jesús fue: "La Escritura dice... No tentarás al Señor tu Dios".

         En el relato de hoy, la tentación es ésta: No podemos hacer nada. No podemos proveer por nosotros mismos. No hay suficiente, porque es mucha la gente. No podemos cambiar esta situación.

         Jesús vio la muchedumbre que lo seguía, tuvo compasión y decidió hacer algo. Preguntó a Felipe para ponerlo a prueba: "¿Dónde compraremos pan para que coman ésos?"(5) Respuesta: No hay manera, nos costaría demasiado y aún sería muy poco para cada persona. Luego, se escucha la voz de Andrés: "Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces" (9). Es como un rayo de esperanza, pero, siempre la duda: "¿Qué es eso para tantos?" (9).
Esto parece ser 'la teología de la escasez. Este es un entendimiento pobre de Dios que nos conduce a creer que no hay suficientes provisiones para todos. Esto nos convierte en tacaños y envidiosos; nos convierte en personas que no comparten por miedo a quedarse sin nada.

         Sin embargo hemos de alabar la actitud del muchacho que está dispuesto a compartir lo que tiene. Para él era más que suficiente, pero sin duda otros también podrían comer de lo que lleva. Cuando estamos dispuestos a compartir se operan milagros. Es lo que sucedió en este caso.
Dios lo ve todo con ojos de abundancia. Jesús dice a los discípulos: "Haced que la gente se siente" (10). Tomó el pan, dio gracias, y se repartió a los que estaban sentados. Lo mismo hizo con los pescados. Se saciaron todos. No se desperdició nada, porque Jesús ordenó recoger las sobras y se llenaron doce canastas.

         En el Evangelio de San Juan, casi siempre, las cosas ocurren a varios niveles. En esta historia, por ejemplo, en un nivel vemos que Jesús les dio pan de comer y calmó su hambre, pero en otro, Jesús les está dando algo más profundo. Les da el pan de vida; les da de sí mismo; les ofrece su propia vida. Les anuncia lo que va a venir: la muerte, la resurrección, la vida.

         Hay un cántico que se canta en algunas de nuestras iglesias que dice: "Hay que morir para vivir". A veces, nos sentimos, que estamos solos y como si no tuviéramos vida. Pero, si Jesús logró que aquella muchedumbre tuviera alimento, también lo hará con nosotros.

         Cuando los discípulos vieron aquel gentío, se acobardaron. ¡No había manera, era imposible! También nosotros, podemos quedar sobrecogidos por problemas del hogar, del trabajo, de la escuela, o de la iglesia. Creemos que no hay solución. Si Jesús nos preguntara: ¿Dónde van a comprar pan para toda esa gente? ¿Cómo van a resolver los problemas que tienen? ¿Qué contestaríamos?

         Jesús ya sabe lo que va a hacer. Recordemos que los discípulos no se quedaron sentados con los brazos cruzados. Andrés encontró a un niño. ¿Qué encontraríamos nosotros? ¿Que Dios ya está en medio nuestro?

         Dios ya nos ha dado una respuesta. Nosotros también, como los discípulos, tenemos que actuar en fe. Dios nos ha dado la vida. Nos ha dado el pan de vida. Tomémoslo. Demos gracias. Repartámoslo con los demás. No lo desperdiciemos.



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