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Quinto Domingo de Cuaresma
Jeremías 31,31-34
Salmo 51, 11-16
Hebreos 5, 5-10
Juan 12,20-33

       "¡Dame, oh Dios, un corazón limpio, crea en mí un espíritu nuevo!"

        Durante las últimas cuatro semanas de esta Cuaresma hemos estado preparando nuestros corazones para lograr un corazón limpio y un espíritu renovado. A veces, hemos estado a punto de lograrlo; en otras ocasiones, hemos fallado miserablemente. Hemos fallado porque no es fácil cambiar de rumbo de vida sin un esfuerzo apoyado por la gracia de lo alto.

        Con las mejores disposiciones, oímos la voz del profeta Jeremías que, desde un lejano pasado, nos anuncia que nosotros solos no podemos crear un corazón limpio, ni renovar el espíritu dentro de nuestro ser. Es el Señor Dios quien afirmó que iba a establecer un pacto nuevo con su pueblo, en el cual hubiera una Ley nueva y una relación con Dios nueva, que se inscribiría en los corazones. "Meteré mi Ley en su pecho, la escribiré en su corazón, yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo" (Jr 29, 33).

        Será lo equivalente a una nueva creación. Lo fundamental de esa creación nueva de Dios radica en que somos conscientes de quiénes somos, de dónde venimos, y a quién le pertenecemos. Según ese pacto, anunciado por Jeremías, tendríamos idea clara de quién es Dios y quiénes somos nosotros. Esa relación nueva nos mostraría una manera de vivir diferente, bajo la ley de Dios, amparados por un amor divino que sobrepasa todo entendimiento.

        Sería un tipo de "huella" que identificaría todo nuestro ser. Así como un patito o un polluelo, nada más nacer sigue fielmente a su mamá porque hay algo en su interior que se lo dicta. Según el pacto nuevo todos sabrían que: "Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo".

        Al leer esto, podríamos pensar: ¿Cómo sería una sociedad así? ¿Sería posible que dejáramos de idolatrar a nuestro mundo: trabajo, estado de vida, familia, propiedades? ¿Sería posible que sólo Dios fuera nuestro Dios, y nosotros su pueblo? Teniendo en cuenta que somos rebeldes y desobedientes, ¿qué tendría que cambiar para que nosotros fuéramos el pueblo perdonado que pertenece a Dios? Tendríamos que cambiar radicalmente. ¡Qué triste si nuestro actuar durante esta Cuaresma se opone a pedirle a Dios un corazón limpio y un espíritu renovado!

        Tal vez actuemos movidos por la curiosidad como los griegos que se acercaron a Felipe y le dijeron: "Queremos ver a Jesús". La fama de Jesús tenía que haberse extendido por el mundo griego para que unos filósofos se sintieran picados por la curiosidad de ver a Jesús.

        Felipe y Andrés comunicaron a Jesús que alguien quería verle. Jesús, como si no hubiera oído, siguió hablando de su próxima muerte. Al principio, tal actitud pudiera parecer un tanto desorientadora, pero en el fondo nos revela algo profundo. En primer lugar, desear ver a Jesús supone ya un acuciante en el corazón. Por ello, después de la entrevista no se permanecerá indiferente. Segundo, ver a Jesús no debe ser sólo motivo de curiosidad, sino de estar espoleado por preguntas de grave responsabilidad. Esto es lo que implica ver a Jesús: implica escuchar su palabra hasta conocerle. En otras palabras, implica seguirle hasta dar la vida si es necesario.

       Estar en relación con Dios, tener un corazón limpio, tener un espíritu renovado, es tanto como querer ver a Jesús y quedar por él transformado.

       Conocer a Jesús es decir con fe "que se haga su voluntad". Eso es lo que implica el pacto nuevo. Esa es la única relación que va a crear en nosotros un corazón limpio y un espíritu renovado. Dicho con otras palabras, es un llamado a morir para vivir. Un vivir totalmente diferente. No de este mundo. Hoy es el último domingo de Cuaresma, que Dios nos dé la gracia de ver a Jesús de una manera nueva, y el valor para abrir nuestros labios y proclamar que de la muerte viene la vida verdadera.



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