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Último Domingo de Epifanía

1 Reyes 19, 9-18
Salmo 27, 5-11
2 Pedro 1, 16-19 (20-21)
Marcos 9, 2-9

        La transfiguración de Cristo es el punto culminante de su vida pública, como el bautismo fue su inicio y la ascensión su fin. Una semana después de su viaje a Cesarea de Filipo, y de la confesión de Pedro de que Jesús era el verdadero Mesías (Mc 8,29), nuestro Señor llevó a Pedro, Santiago y Juan a la cima de una montaña elevada, probablemente el monte Hermón o Tabor, donde se transformó ante sus ojos. Su apariencia irradiaba la gloria de Dios. La gloria que siempre había brillado en su corazón ahora se manifestó al exterior. 

        La transfiguración es una preparación para los discípulos más íntimos de Jesús a las tribulaciones que les esperaban en Jerusalén. En este último domingo de Epifanía es apropiado que esta manifestación de la gloria de Dios nos prepare para acompañar a Jesús durante la Cuaresma y la Semana Santa.

        Pedro confesó, en nombre de todos los discípulos, que Jesús era el Mesías enviado a redimir a Israel. Pero para el pueblo de Israel, que había estado esperando su llegada por cientos de años, el Mesías debía ser el líder político que había de liberar a Israel de la ocupación romana, estableciendo un nuevo reino davídico aquí en la tierra. Esto sería bueno para el pueblo de Israel, pero no se encontraba en los planes de Dios.

        Dios quería traer salvación a toda la humanidad. Por eso Jesús trata de explicarle a sus discípulos que la obra salvífica de Dios se habría de lograr mediante el sacrificio. Él sería la víctima. Los discípulos no querían entender esa realidad. Y aún menos cuando Cristo les comunica que ellos también tendrían que participar del sacrificio. "Si alguno quiere ser discípulo mío, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz y sígame" (Mc 8, 34).

        Los discípulos no tendrían el valor de seguir a Jesús si no tuvieran una demostración de la gloria de Dios. La transfiguración de Jesús era la muestra. Marcos presenta la transfiguración en una montaña como lugar donde el cielo y la tierra se encuentran. No da mucha importancia al detalle, pero sigue la tradición. Era en las montañas donde a menudo se manifestaba Dios en las Sagradas Escrituras. En la primera lectura de hoy, fue en una montaña, Horeb, donde el profeta Elías se encontró con Dios. Y fue también en una montaña donde Dios le dio a Moisés los Diez Mandamientos.

        Marcos nos cuenta cómo cambió la apariencia de Jesús. Transformación, transfiguración, es la misma palabra que Pablo usa en Romanos 12, 2; 2Corintios 3,18 y Filipenses 3,21 para describir la transformación espiritual de los creyentes. La conveniencia de la transfiguración de Cristo es clara ahora. Si Jesús va a ser crucificado, los discípulos tienen que ver el esplendor divino, antes de su sacrificio. Y también han de observar que la obra de Jesús completa la historia espiritual del pueblo de Dios. Por eso Moisés, el dador de la Ley de Dios, y Elías, el más famoso de los profetas del Antiguo Testamento, aparecen junto a Jesús.

        Pedro, no dándose cuenta del significado del hecho maravilloso que estaba pasando, quiere quedarse allí. Piensa que va a poder disfrutar de la gloria de Dios sin tener que pasar por el sufrimiento primero. "Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a armar tres tiendas: una para ti, una para Moisés y una para Elías". Pedro, aunque estuviera sin tienda, ¡quería quedarse allí! ¡Y qué reacción tan humana! Pero el problema es que Pedro quería atajar. No hay ningún atajo para llegar al cielo. Hay que seguir por el camino que Cristo nos enseña. No podemos disfrutar de la gloria de Dios si primero no pasamos por el sufrimiento. Cristo nos muestra esto en su vida. No podemos llegar al domingo de Resurrección si primero no pasamos por el Viernes Santo y la sombra de Cruz.

        Queridos hermanos y hermanas, desde la cumbre de la montaña donde vemos hoy la gloria de Dios en Cristo, preparémonos para bajar al "valle de lágrimas" que es esta vida, y acompañar a Jesucristo en su peregrinaje a Jerusalén, ya que ésta es la única manera en que podremos, de verdad, disfrutar de su Resurrección.



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