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Quinto Domingo de Epifanía

2 Reyes 4,(8-17) 18-21 32-37
Salmo 142
1 Corintios 9,16-23
Marcos 1,29-39

       A orillas del mar de Galilea se levanta Cafarnaún, apacible ciudad de pescadores de donde dos de ellos, Pedro y Andrés, provenían. En las tranquilas aguas de ese mar ganaban su sustento, cuando Jesús de Nazaret irrumpió en sus vidas y les invitó a dejar las redes y salir con él a pescar hombres.
Pescar hombres significa ganarlos para la causa del reino de Dios, tarea para la cual Dios había escogido a Jesús, quien, a su vez, escogió a los apóstoles. Pero... ¿qué se entiende por "reino de Dios?"

       Las lecturas de hoy nos ofrecen la impresión de que podemos llegar a entender ese significado. Esos pasajes, especialmente el de Marcos, presentan un recuento de eventos que indican que algo muy especial está sucediendo: se dan restauraciones físicas, mentales y espirituales.
Vemos que, ante todo, el reino de Dios es una buena noticia. La gente de aquel tiempo, como también la gente del nuestro, vivía momentos difíciles por distintas causas. En sentido general, el pueblo de Israel era esclavo de la potencia militar y económica de aquel entonces: el Imperio Romano. En sentido particular, enfermedades del cuerpo y del espíritu esclavizaban a los seres humanos. El reino de Dios era el anuncio de que esa terrible situación había comenzado a cambiar.

       Dios se había compadecido de su pueblo y había cumplido la promesa enviando a un salvador y a un libertador. La Escritura nos recuerda con este testimonio de curación de enfermos y de expulsión de espíritus malignos, que la salvación que Dios ofrece es integral. Así observamos el poder de la compasión divina puede erradicar las múltiples aflicciones del género humano que incluyen: desamparo, desórdenes físicos y mentales, coerción espiritual, y desolación. El imperio de las fuerzas del pecado y del mal, comienza a tener fin porque Jesús viene a destruir ese dominio y a librarnos de esa esclavitud. Las curaciones a que se refieren los autores de la Biblia, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, son testimonios maravillosos del poder de Dios, del poder del amor que él nos profesa, y de su plan de recuperarnos para sí, libres de todo daño.

       Cada uno de estos portentos nos demuestra que Dios enfrenta las fuerzas destructivas del mal con su gracia salvadora, y otorga, como un regalo, salud y salvación. Los milagros de Jesús, como los que menciona hoy Marcos, nos enseñan que el reino de Dios es posible cuando están presentes un amor y una compasión como las que encontramos en nuestro Señor y que están al alcance de todos.

       La victoria definitiva del mal y sus fuerzas se logró cuando Jesús se levantó de la tumba. Las fuerzas del mal creyeron haber derrotado a Dios, cuando su Hijo único moría en la cruz. Pero la misma fuerza que curó a enfermos y expulsó lo malo que había en ellos, la fuerza de la fe y del amor, levantó a Jesús de los muertos. Así Dios convirtió un instrumento de muerte en uno de vida.

       De ese poder es del que nos habla San Pablo en la carta a los Corintios y del peligro de no anunciarlo a todo el mundo cuando dice: ¡Ay de mí si no comparto la buena noticia! Como Pedro y Andrés, Pablo fue llamado por Jesús para pescar hombres.

       Iglesia existe porque los primeros discípulos aceptaron con seriedad esa vocación divina de difundir la buena nueva de Dios. También a nosotros se nos ha llamado en el bautismo a compartir esa tarea. Recordemos las palabras de bienvenida a los recién bautizados: "Te recibimos en la familia de Dios. Confiesa la fe de Cristo crucificado, proclama su resurrección, y participa con nosotros en su sacerdocio eterno". Así vemos que la tarea de anunciar el reino de Dios no es de unos pocos en la Iglesia, sino de todo un cuerpo, de una familia. Y la Iglesia misma es testimonio de los eventos que Dios obra hoy día. El amor y la compasión de Dios son eternos y se realizan entre nosotros. Los milagros no son cosa pasada de moda, ni privilegio de los santos.

       Si tomamos en serio nuestra vocación veremos grandes prodigios. Pedro, Andrés y Pablo eran como nosotros. Si abrimos nuestro corazón a Dios y permitimos que el Espíritu Santo nos guíe, llegaremos a ser como ellos.



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