Resources

Sort resources below

‹‹ Return
Cuarto Domingo de Epifanía

Deuteronomio 18, 15-20
Salmo 111
1Corintios 8,1b-13
Marcos 1,21-28

       Jesús iba al templo para cumplir con sus obligaciones de judío devoto. Allí rezaba y elevaba su corazón a Dios padre. También sabemos que a Jesús le gustaba retirarse a lugares solitarios para orar, meditar y descansar de su arduo trabajo. Pero Jesús entraba en las sinagogas para enseñar. También se podía rezar en ellas, pero más que nada era el lugar donde se leían, estudiaban y discutían las Sagradas Escrituras. No sabemos con qué autoridad entraba en las sinagogas. Es decir, no sabemos si tenía algún título que le garantizara el poder enseñar en las sinagogas. Mas tal vez sea eso lo asombroso, que sin título, sin permiso, se presentaba con el peso de su persona y hablaba. Y cuando hablaba todos se quedaban con la boca abierta. Se quedaban asombrados de su enseñanza, porque enseñaba con autoridad.

       La diferencia entre el maestro y el profeta es que éste es escogido por Dios. El profeta habla con el poder divino y en nombre de la divinidad. No hay fuerza humana que lo detenga, por ello todo profeta arriesga la vida, y la historia nos demuestra que la mayoría de ellos han recibido muerte violenta.

       La primera lectura de hoy dice que Dios suscitaría un profeta y pondría en su boca palabras divinas. Todos los profetas transmiten el mensaje divino, pero este profeta sería diferente, sería único. Tendría funciones semejantes a las de Moisés, de liberar a su pueblo.

       Hay un detalle que nos demuestra la diferencia entre Jesús y el resto de los profetas. Cuando éstos terminaban sus discursos, siempre añadían: "Así dice el Señor",o "dice tu Dios", u "oráculo de Dios", mas Jesús dice: "Habéis oído que se dijo a los antepasados, pues yo les digo". Jesús se coloca en el lugar mismo de Dios. Aquí tenemos, pues, una confluencia entre las palabras de Dios y la misma palabra de Dios, Jesús, el Verbo encarnado.

       Jesús es el profeta por excelencia, sabe de lo que habla, corrige lo enseñado hasta entonces, y propone nueva doctrina. La autoridad que muestra en su enseñanza y frente a los "espíritus inmundos" resulta intrigante: "¿quién es este para actuar así?" Para que los presentes quedaran más convencidos, con frecuencia, les añadía otra prueba. Obraba un milagro. Curaba a los enfermos, expulsaba a los espíritus inmundos, liberaba a los oprimidos, y proclamaba la libertad que la buena nueva traía a quienes la aceptaban.

        Ahora bien, ¿qué hacía en la sinagoga uno poseído por un espíritu inmundo? Sin duda, esta persona no llevaba una marca en su atuendo o en su frente diciendo: "Estoy poseído por el demonio". Esta persona era alguien normal, amigo o familiar de los presentes. Acaso alguien de influencia. Alguien que controlaba la marcha de la sinagoga. Mas he aquí que cuando oye las palabras divinas de Jesús, su interior se revuelve, su conciencia le remuerde y encuentra la conversión. Una conversión que exige un cambio brusco, un cambio violento, un cambio radical. El mal lo retuerce y tortura, pero al final lo deja libre.

       ¿Cuántos de nosotros tenemos en nuestro interior espíritus inmundos? ¿Cuántos de nosotros nos presentamos con caras de ángeles, cuando en nuestra alma tenemos malos pensamientos y malos deseos? ¡Ojalá que escuchando las palabras de Jesús nuestras almas queden libres de toda esclavitud humana¡ ¡Ojalá que nosotros, también aceptemos las palabras de Jesús y le sigamos siempre. Sólo en él encontraremos la felicidad que buscamos, porque sólo él tiene palabras de vida eterna.



Back to Top