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Vigilia Pascual
Hechos 10,34-43
Salmo 118,14-29
Colosenses 3,1-4
Marcos 16,1-8

      Queridos hermanos y hermanas, ¡alegrémonos porque Jesús ha resucitado!

      Quiero ofrecerles una breve nota histórica para comprender lo que hemos estado celebrando.

      En la tradición judía se cuentan los días de una puesta del sol a otra, y no a partir de la medianoche. Esta manera de dividir el tiempo se ha mantenido en la liturgia de la Iglesia: las solemnidades comienzan al atardecer, con las primeras vísperas, y acaban con las vísperas del día siguiente.

      Así, la Vigilia pascual, desde el principio del cristianismo, se ha celebrado por la noche. En Roma, todavía en el siglo V, no hay más que una celebración pascual, la de la noche. Pero en África, en tiempos de san Agustín (354-430), se celebraba ya una segunda misa el domingo por la mañana. El obispo de Hipona no dejaba de predicar en ella, a pesar -decía- del cansancio de la larga vigilia nocturna.

      En la forma actual la Vigilia pascual consta de cuatro partes: primera, lucernario, o rito de la luz: bendición del fuego nuevo en el que se enciende el cirio pascual; segunda, liturgia de la palabra, en la cual se recapitula la catequesis que se ha hecho a los catecúmenos (La historia de la creación. El diluvio. El sacrifico de Isaac. La liberación de Israel en le mar Rojo. La presencia de Dios en el nuevo Israel. La salvación ofrecida libremente a todos. El anuncio de la nueva alianza: un corazón nuevo y un espíritu nuevo. El valle de los huesos secos. La reunión del pueblo de Dios) se recuerdan así las grandes etapas de la historia de la salvación que ha precedido el advenimiento de "la luz verdadera que alumbra a todo hombre" (Jn 1,9); tercera parte, bautizos o renovación de los votos bautismales; y finalmente, la administración de la eucaristía.

     Dada la fuerza del simbolismo del rito de la luz, se recomienda que el servicio no se inicie antes de entrada la noche. Actualmente, algunas iglesias lo celebran pronto por la mañana.

     Se trata, como estamos viendo, de una de las liturgias más bellas de todo el año. San Juan Crisóstomo, en un sermón escrito para esta noche exclama: "Que toda persona y amante de Dios goce de esta bella y luminosa solemnidad. Que todo siervo fiel participe de la alegría de su señor. Gustad todos del banquete de la fe. Gustad todos las riquezas de la misericordia. Que nadie se queje por su pobreza, pues ha aparecido nuestro reino común. Que nadie se lamente por sus pecados, pues de la tumba ha brotado el perdón. Que nadie tema la muerte, ya que la muerte del Salvador nos ha liberado..."

      Así es. Si judíos y griegos consideraban la muerte de Jesús en la cruz, como una locura, no había parado a reflexionar que "lo que sembramos no revive si no muere" (1 Cor 15,36). Jesús vivió una vida de amor. Jesús murió una muerte de amor. ¿Qué habría pues de resucitar sino una vida nueva de amor? Por la vida nueva resucitada de Jesús tenemos nosotros vida y esperanza. Si Jesús no hubiera resucitado "vana sería nuestra fe" (1 Cor 15 14).

      Así pues, llenos de alegría debemos repetir las palabras del Pregón pascual: "Exulten por fin los coros de los ángeles, exulten las jerarquías del cielo, y por la victoria del Rey tan poderoso que las trompetas anuncien la salvación. Goce también la tierra, inundada de tanta claridad, y que, radiante con el fulgor del Rey eterno, se sienta libre de la tiniebla que cubría el orbe entero. Alégrese también nuestra madre la Iglesia, revestida de luz tan brillante; resuene este templo con las aclamaciones del pueblo

     ¡Qué noche tan dichosa! Sólo ella conoció el momento en que Cristo resucitó de entre los muertos. ¡Qué noche tan dichosa en que se une el cielo con la tierra, lo humano y lo divino!

     Te rogamos, Señor, que la luz de tu resurrección ilumine nuestras vidas para que caminemos, no como hijos de las tinieblas sino de la luz.



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