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Tercer Domingo de Pascua
Hechos 4, 5-12
Salmo 98, 1-5
1 Juan 1, 1-2, 2
Lucas 24, 36-48 

La misión de la Iglesia es anunciar a todas las naciones el evangelio de nuestro Señor Jesucristo, para que por él todo el mundo tenga la oportunidad de llegar a Dios.

A veces oímos que alguien, sumido en una tremenda depresión, o desesperación, está a punto de quitarse la vida. Incluso, alguien, más cercano a esa persona, ve cómo da los pasos para suicidarse; se sube a un alto edificio, por ejemplo, y está dispuesto a tirarse. Entonces, sin pensarlo más, la persona testigo moviliza a todo el mundo. Y acuden en ayuda la familia, los bomberos, los medios de comunicación, la ambulancia, la policía. Todos con una misión: salvar la vida de ese ser desesperado y posiblemente enfermo mental.

  Con frecuencia no cumplimos con la misión de salvar a quienes se están suicidando espiritualmente. En lugar de movilizarnos, nos quedamos contemplando sin hacer nada.   Las lecturas de hoy hablan de la importancia de cumplir la misión que el Señor ha encomendado a su Iglesia. Quienes han tenido una experiencia personal con el Señor no cesarán hasta llevar a cabo esa misión de salvación.   En el evangelio vemos la aparición de Jesús a sus discípulos para fortalecerlos en la fe y para que aceptaran todo lo que les había enseñado. Esa experiencia es la que motivó a los discípulos a predicar el evangelio con poder, seguridad y valentía, en medio de las amenazas de las autoridades diciendo: "No podemos callar lo que sabemos y hemos oído" (Hch 4,20). La experiencia personal con el Cristo resucitado fue de tal calibre que no podían quedarse callados. Algo inexplicable les impulsaba a seguir adelante en medio de peligros y dificultades. Juan da testimonio de ello en su primera carta: "Porque hemos visto y hemos tocado con nuestras manos... esto... les anunciamos a ustedes" (1 Jn 1,1-3).   También necesitamos tener conocimiento pleno de la palabra de Dios. Tenemos que prepararnos. Nos dice la lectura, que el Señor les explicó las Escrituras: la Ley, los Profetas, los Salmos, e hizo que las entendieran.    En esa noble y alta tarea de difundir el mensaje divino, nada tan importante como el buen conocimiento de las Escrituras. No sólo las hemos de leer en nuestros hogares sino que hemos de exigir de nuestros líderes una sólida explicación de las mismas. Hemos de estar dispuestos a estudiar, aprender y asimilar lo mejor posible, el mensaje que se encierra en la palabra revelada por Dios. Nadie debe tener miedo a preguntar por ignorante; la ignorancia es el principio del saber. San Pedro aconsejaba: "No tengan miedo a nadie ni se asusten, sino honren a Cristo como Señor en sus corazones, estén siempre preparados a responder a todo el que les pida razón de la esperanza que ustedes tienen, pero háganlo con humildad y respeto" (1 Pe 3,14-16). 

La misión de difundir el evangelio ha de hacerse con el poder del Espíritu Santo. Los apóstoles Pedro y Juan estaban "llenos del poder del Espíritu Santo". También nosotros debemos estar controlados por el espíritu de Dios.

Algunas parroquias cuentan con muchos recursos humanos y económicos. Abundan los programas sociales, recreativos y educativos. Pero tal vez falte un auténtico espíritu misionero para difundir el mensaje del evangelio: "En ningún otro hay salvación, porque en todo el mundo Dios no nos ha dado otra persona por la cual podamos ser salvos" (Hch 4,12). Todos debemos poner nuestros medios al servicio de este mensaje. Tanto comunidades ricas como pobres deben estar animadas por el deseo de propagar el mensaje de Jesucristo.

No podemos permanecer indiferentes ante la urgente necesidad espiritual que domina al mundo de hoy. Necesitamos ser invadidos por el imperativo que dominaba el corazón del apóstol Pablo: "Ay de mí si no anuncio el Evangelio" (1 Cor 9, 16). Que el Señor nos enseñe y ayude a realizar, con palabras y hechos, la misión que él nos ha encomendado.



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