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La Santísima Trinidad
Éxodo 3, 1-6
Salmo 150
Romanos 8, 12-17
Juan 3, 1-16

       Celebramos este domingo la fiesta de la Santísima Trinidad. Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. "Un solo Dios en tres personas, en una única sustancia". Esta es la doctrina del Concilio de Nicea celebrado el año 325. Dios eterno y omnipotente que se manifiesta en la persona del Padre Creador, del Hijo Redentor y del Espíritu Santificador.

        Las lecturas de este domingo nos ayudan a comprender un poco el profundo misterio que envuelve la verdad teológica de Dios uno y trino a la vez. La primera lectura tomada del libro del Éxodo nos describe el instante preciso en que Moisés contempla en el monte Horeb la majestuosa presencia de Dios, bajo la apariencia de una llama en medio de la zarza. Dios en su manifestación a Moisés se proyecta como el Dios de la historia. "Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob"(Ex 3, 6). Moisés, por su parte, se descalza para iniciar la misión trascendental de ser instrumento en la liberación del pueblo de Israel que sufre la esclavitud en Egipto. Dios, creador de todo lo que existe, es también liberador.

        Este pasaje del Éxodo es una muestra de cómo "a través de la historia, la palabra de Dios está siempre nueva", según asegura Jon Sobrino, teólogo latinoamericano.

        La segunda lectura, tomada de la carta de San Pablo a los Romanos, nos invita a contemplar nuestra condición de hijos del Espíritu. Los que por medio del Bautismo hemos recibido el Espíritu Santo hemos sido guiados a la libertad. "Ustedes no recibieron un espíritu de esclavos para volver al temor"(Rom 8,15). Según el apóstol Pablo, el temor se refleja en la falta de compromiso por parte nuestra para iniciar un verdadero proceso de renovación y cambio. Nos conformamos con las situaciones que nos rodean, aún cuando éstas resulten opresoras. No ejercitamos la libertad que nos ha dado el Espíritu Santo.

        El evangelio nos revela, en la persona de Jesús, que para alcanzar el reino de Dios es necesario nacer de nuevo. El diálogo entre Jesús y Nicodemo acontece por la noche. Nicodemo ha buscado a Jesús, escondiéndose de aquellos que le conocen. Sin embargo en su interior se da una crisis espiritual que le lleva a buscar una respuesta del maestro.

        El ambiente que rodea ese encuentro, es el mismo que nos circunda a muchos de nosotros. Somos, al igual que Nicodemo, fieles cumplidores de leyes y preceptos religiosos. Se nos conoce como verdaderos observantes de las prácticas religiosas. Sin embargo, no cumplimos con todo lo que implica la verdad fundamental de nuestra práctica ritual. Por ejemplo, vemos con tristeza que para algunas personas el sacramento del Bautismo no es más que una ocasión para tener un encuentro social. Piensan en el Bautismo de sus hijos, pero a veces están más preocupados por el salón donde se llevará a cabo la fiesta que por las promesas bautismales que pronunciaremos en tan importante evento espiritual.

        Las palabras de Jesús son elocuentes y claras: "En verdad te digo, el que no renace del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios" (Jn 3, 5). Es necesaria una renovación espiritual. Hay que hacer crecer la vida del espíritu lo mismo que la del cuerpo. Cada sacramento que recibimos en la Iglesia implica el asumir un compromiso de vivir una fe renovada, lejos del temor y del ritualismo sin sentido.

        Que esta celebración de la Santísima Trinidad nos lleve a contemplar la obra creadora y liberadora del Padre, la obra salvífica del Hijo en la persona de Jesús, que nos muestra el camino al reino, y también la acción del Espíritu Santo, que nos fortalece y prepara para una vida en santidad.


 



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