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Propio 1

2 Reyes 5, 1-15ab
Salmo 42, 1-7
1 Corintios 9, 24-27
Marcos 1, 40-45

         "No digas nada a nadie", recomienda Jesús.Cuando sucede algo trascendente en la vida de alguien pero ha sido intencionalmente ocultado y sin embargo todo el mundo lo sabe, decimos que se trata de "un secreto a voces". Esta paradójica frase describe muy bien lo que nos cuenta Marcos en el evangelio de hoy.

          La historia del encuentro entre Jesús y el leproso, y la curación que éste recibió nos pueden parecer lo más importante del relato. Sin embargo, el evangelista cuenta algo más que forma parte integral de los hechos ocurridos. Algo que nos indica la actitud que se debe asumir ante la obra misericordiosa de Dios.

          Jesús pidió enfáticamente a este hombre que no dijera nada de lo sucedido, pero el leproso curado no pudo callar, y dio testimonio de su agradecimiento divulgando el milagro ampliamente.

           Para entender bien este acto de aparente desobediencia debemos ser conscientes de lo que significaba en aquellos tiempos padecer de la terrible lepra. Se obligaba a los leprosos a permanecer alejados del resto de la población porque se tenía gran temor al contagio, y en muchos lugares la ley exigía que portaran una especie de campanilla o cencerro que alertara a todos de su proximidad. Así las cosas, no sólo tenían que sufrir el terrible mal olor de la corrupción de sus cuerpos, que virtualmente se caían a pedazos, sino el mal de una de las marginaciones más terribles que grupo alguno haya padecido jamás. Ese hombre vino a Jesús porque necesitaba resolver el gran problema de su vida. Jesús lo recibió y lo sanó, porque "había venido a buscar y a sanar a los de quebrantado corazón".

          ¿Podría haber corazón más quebrantado que el de un ser humano en esas circunstancias? La Biblia nos muestra a un Dios compasivo que por amor, busca y encuentra a quien se refugia en su protección.

          Esta historia, nuestra historia, comienza tan pronto como nuestros primeros padres, llenos de orgullo y autosuficiencia, pretendieron vivir sin Dios. Dios entonces comienza la búsqueda del género humano extraviado. Para ello llama a Abraham y crea con él y sus descendientes un pueblo, del cual nos llega Jesús.
Jesús significa el reencuentro total y definitivo de Dios con sus criaturas, y especialmente con las más débiles y necesitadas. Jesús es la conclusión de una historia de amor que ha durado siglos y que al fin ha culminado. El evangelio de hoy es un testimonio de ese encuentro.

          La petición del Señor al leproso a que guardara silencio, obviamente hay que enmarcarla en la actitud consecuente de no hacer larde alguno, y evitar el culto a la personalidad y el triunfalismo. El bien no hace ruido ni el ruido hace bien. Jesús actuaba por compasión pero nunca por exaltar su poder.

          Pero el sanado no pudo callar. ¿Cómo callar ante un amor tan ilimitado? Tenemos aquí plasmadas dos realidades: la realidad del amor compasivo de Jesús; y la necesidad de dar testimonio de ese inusitado amor.

          Como Iglesia, estamos llamados por Dios a mostrar ese mismo amor compasivo especialmente hacia los más débiles, necesitados y marginados de la sociedad. Tenemos que imitar a Jesús. Somos su cuerpo.

          Como hijos de Dios se nos llama a proclamar a todo el mundo cómo su amor ha traído salud y salvación a nuestros males. Se nos llama no a callar, sino a compartir con cuantos podamos cuán poderoso es su amor.

          Dios no quiere tener otros labios para hablar que los nuestros. Dios no quiere tener otras manos para trabajar y bendecir que las nuestras. Dios no quiere tener otros pies para caminar, a donde haya que llevar su mensaje, que los nuestros. ¿Somos conscientes de esto?

          Como en los primeros tiempos, cuando Jesús comenzaba su ministerio en Galilea, hoy también necesitamos recibir la misericordia de Dios. Todavía más, tenemos que dar testimonio de su amor. Permitamos que Dios nos use par esta gran tarea.



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