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Propio 3
Oseas 2, 14-23
Salmo 103, 1-6
2 Cor 3, (4-11) 17-4, 2
Marcos 2, 18-22

       La primera lectura de hoy, tomada del profeta Oseas, forma parte de un poema de amor. Uno de los grandes poemas del Antiguo Testamento. El poema expone la experiencia de un hombre apasionadamente enamorado, que, cuando la esposa lo traiciona, intenta liberarse de ese amor para no sufrir, y no lo consigue. Lograría la paz olvidándose de ella, pero el gran amor que siente por ella, no se lo permite. Primero usa técnicas ofensivas y la llama prostituta, y, luego, trata de exponerla a la vergüenza pública, mas ni así logra olvidarse de ella. ¡Tanto la amaba!

       Por fin, cambia de estrategia. Decide cortejarla y enamorarla de nuevo. Más allá de los insultos y amenazas, decide: "La llevaré al desierto y le hablaré al corazón" (Os 2, 16). "Allí me responderá como en su juventud, como en el día en que salió de Egipto" (Os 2, 17). "Entonces me llamará ´marido mío´, en vez de llamarme ´Baal mío´" (Os 2, 18).

       Al profeta Oseas, en medio de un dolor tan tremendo, un día, de repente, se le iluminó la mente, y, en el fondo de su amor dolorido, descubrió, como reflejado, otro amor más alto y profundo: el amor del Señor por su pueblo.

       También Dios ha amado como marido enamorado, también lo ha traicionado su esposa, y, a pesar de todo, sigue amando. Dios no puede menos de amar. Todas las medidas que toma se las dicta el amor.

       La esposa que traiciona a Dios es el pueblo de Israel, que decide adorar a los dioses Baales, tomados como dioses de la vegetación. Los israelitas pensaban que la fertilidad de la tierra y del ganado se debía a esos dioses Baales. Pero el Señor es celoso y no admite dioses rivales; venerar otros dioses es hacerle traición. Dios amenaza con quitarles todos los productos de la tierra y la tierra misma, para que vean que todas sus riquezas vienen sólo del único Dios que existe. Nadie más se encarga de la fecundidad de los seres humanos y de los campos. A quien obedece al Señor le llegarán las bendiciones de la fecundidad, así queda escrito en el libro del Deuteronomio (Dt 28, 2-4). Si los israelitas buscan esas bendiciones cortejando a otras divinidades, el Señor los hará fracasar, para que aprendan o recuerden quién los controla, y así se conviertan a su verdadero Dios.

       Mas Dios, en vez de vengarse, decide, como Oseas, enamorar de nuevo a su pueblo. Dice el Señor: "Israel, yo te haré mi esposa para siempre, mi esposa legítima, conforme a la ley, porque te amo entrañablemente. Yo te haré mi esposa y te seré fiel, y tú entonces me conocerás como el Señor" (Os 2, 21-22). Y la tierra toda dará fruto por la fuerza del Señor para alimento de Israel, entonces todo el pueblo aclamará: "¡Tú eres mi Dios!"

       La convicción de que el Señor es nuestro único y verdadero Dios se convierte en alegría para el corazón. Esa alegría es la que debe colmar también el corazón de todo discípulo de Jesús. Mientras estemos cerca de Jesús, nos encontramos como en un banquete. Y en un banquete no se ayuna. Los fariseos se extrañaban de que los discípulos de Jesús no ayunaran. Jesús va a exigir mucho de sus discípulos, pero mientras le sean fieles, como Israel al Dios de Jacob, nada les faltará, ni tendrán que ocuparse de leyes minúsculas.

       Queridos hermanos y hermanas, lo que Dios espera de nosotros es que no le traicionemos con idolillos de la calle. Parece que algunas personas aman a Dios para cubrir unas necesidades, pero para otros asuntos adoran a diosecillos particulares. Algunos reverencian a Dios en público, pero organizan una sociedad opresora, conforme a las leyes del dinero y de la razón del más fuerte.

       Dios ha establecido con el género humano una alianza nueva y definitiva en el amor de Jesús. No una nueva religión de conveniencias egoístas, sino una alianza nueva de relaciones personales que nacen de un corazón renovado y purificado. ¡Enamorémonos de Dios y no le traicionemos nunca!



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