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Propio 6
Ezequiel 31, 1-6, 10-14
Salmo 92, 1-4, 11-14
2 Corintios 5, 1-10
Marcos 4, 26-34

            Hoy vamos a ver qué aplicación práctica para nuestras vidas podemos sacar del santo evangelio. Recordemos que la esperanza del "reino de Dios" surgió en la tradición judía cuando Israel estaba cautivo en Babilonia (año 580 a. C.) El reino es la esperanza de que la justicia de Dios se manifestará borrando definitivamente la opresión del pueblo. A través del anuncio y testimonio de los profetas, Israel deposita su fe en la esperanza de un enviado de Dios para instaurar ese reino.

            A los discípulos de Jesús les costó entender que él encarnaba a ese enviado de Dios. Si bien para Jesús el reino de Dios había llegado y era él quien lo encarnaba, la comprensión de esa idea implicaba un lento crecimiento en sus seguidores.

            Así como la semilla de mostaza no es vista por nadie excepto por el labrador que la siembra, del mismo modo el crecer del reino de Dios lo perciben sólo aquellos que lo buscan de corazón. Sin darnos cuenta llega el día en que frente a nuestros ojos se alza una planta que tiene frutos y en donde las aves colocan sus nidos. El lento milagro de la germinación nos asombra cuando la semilla pequeña se torna grande y visible. Lo mismo sucede con el reino de Dios, está entre nosotros, pero su crecimiento es lento.

            "Reino de Dios", "semilla de mostaza"... son palabras de Jesús que ofrecen fe y esperanza a un grupo de gente en el lago de Galilea, una zona oprimida bajo el yugo del imperio romano. A esta gente que sufre, que paga gravosos impuestos a costa de quedarse sin alimento, Jesús les anuncia el mensaje de un reinado diferente, único e innovador. El sufrimiento tendrá un fin. El mensaje del evangelio es precisamente un mensaje de libertad y justicia, de perdón y vida nueva, que Jesús trae a todos los que encarnan el reino.

             ¿Cómo se relaciona la predicación de Jesús de hace casi dos mil años con nosotros personas del siglo XXI? En primer lugar, desde que fuimos bautizados, el reino de Dios fue «sembrado» en nosotros como la semilla de mostaza. Al profundizar en la fe, el reino de Dios ha ido creciendo en nosotros. Al comunicar el mensaje divino a otros, el reino de Dios se ha extendido a ellos.

               En segundo lugar, no sabemos cómo crece el reinado de Dios. Así como el labrador tampoco sabe cómo crece la semilla. Pero, de repente, aparecen los frutos. Dios va preparando todo lentamente para que su reino sea manifestado completa y visiblemente en su creación. Dios quiere una creación nueva y redimida donde todos podamos disfrutar de su presencia.

               Por último, el crecimiento del reino de Dios implica dar "mucho fruto". Nuestra responsabilidad en la comunidad del reino de Dios es anunciar a un mundo como el nuestro, lleno de guerras, hambre, desempleo, falta de educación y de atención sanitaria, que Dios está trabajando por la definitiva liberación; anunciar que Dios no permanece aislado de su pueblo.

               ¿Qué haremos, entonces, con esa semilla del reino sembrada entre nosotros? Ahí es donde cada uno debe adoptar una decisión comprometida en cada instante de su vida: concientizarnos de que el reino de Dios está en nuestro medio, de que somos responsables de hacerlo crecer y transmitirlo a otros, y de que esto sólo se evidencia en acciones concretas con nuestro prójimo.

                Una decisión difícil, pero Dios ha enviado al Espíritu Santo para que nos acompañe y nos dé fuerzas en esta tarea. Es este mismo Espíritu, Dios y Señor, quien nos ha dado dones, herramientas para trabajar. La semilla está en cada uno de nosotros, Dios nos ha llamado a hacerla crecer y dar fruto. No estamos solos en la tarea. ¡Manos a la obra! Que el Señor nos siga acompañando en este empeño de producir fruto para su gloria. Que así sea con la ayuda del Espíritu Santo.



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