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Propio 7
Job 38, 1-11,16-18
Salmo 107, 1-32
2 Corintios 5, 14-21
Marcos 4, 35-41 (5,1-20)

     "Si uno es cristiano, es criatura nueva. Lo antiguo pasó, ha llegado lo nuevo" (2 Cor 5,17).

      Muchos conservamos aún claras las imágenes de las celebraciones que, a lo largo y ancho de la tierra, nos mostraron el paso a un nuevo milenio. Cada pueblo, según su estilo cultural, interpretó la trascendencia del evento. La avanzada tecnología en telecomunicación nos puso en sintonía con personas que, en distintas zonas del globo, contaban los últimos segundos del pasado milenio en forma regresiva. Al llegar nuestro turno, desbordamos de júbilo al llegar al primer segundo del año 2000. Una nueva era había comenzado.

      Nuestra reflexión hoy se centra en la pregunta siguiente: ¿Somos criaturas nuevas en este milenio nuevo o no? Cada uno tendrá su respuesta personal. No dudamos de que habrá un nutrido grupo de hermanos y hermanas que se renuevan día a día bajo el influjo poderoso del mensaje de Cristo. Tal vez muchos de ellos hayan experimentado calamidades semejantes a las que aquejaron a Job, personaje importante en la primera lectura.

      Cada persona resulta ser un Job cuando frente a la tragedia, el sufrimiento y la muerte, levanta los ojos al cielo y musita un ¿porqué?. Esa lectura nos ofrece la respuesta de Dios a los porqués de Job. Dios procura sacar a Job de su propia miseria y convertirlo en un activo espectador de la grandeza de su creación: "¿Has mandado una vez en tu vida a la mañana o indicado a la aurora su lugar...?" (Job 38,12). Al final del relato Job es fortalecido por su amor a Dios, auténtico y desinteresado.

      La segunda lectura, tomada de la segunda carta de San Pablo a los Corintios, parece ser un mensaje apropiado para el inicio de un milenio, de un siglo, de un año o de un día. Para el que conoce la verdad renovadora de Cristo, el concepto "nueva criatura" se entiende como un proceso continuo. Al mundo nuevo, o mejor dicho, al reino de Dios no se llega después de contar en forma regresiva del diez al uno. Todo lo contrario, ello implica iniciar un ascenso que se fundamenta en el reconocimiento del acto reconciliador de Cristo en la cruz. Implica continuar la jornada con el compromiso de una auténtica renovación de nuestra vida mortal. "El amor de Cristo se ha apoderado de nosotros desde que comprendimos que uno, Cristo, murió por todos para que los que viven ya no vivan para sí mismos, sino para él, que murió y resucitó por ellos"(2Cor 5,14-15). Este vivir en Cristo implica una vida nueva, un nuevo pensar y un nuevo actuar.
Tal vez nos angustie la idea de, aparentemente, no ser escuchados por Dios. Pero, de igual manera, nos puede asustar el caminar con Dios en el compromiso de construir su reino.

      Nos cuesta caer en la cuenta de que el Dios que "rompe el orgullo de las olas" en el libro de Job, es el mismo que aplaca la tempestad en el pasaje del Evangelio de Marcos. La furia del mar y su fuerza invencible excitaban la imaginación de los antiguos. Historias terroríficas de monstruos marinos lo presentaban como morada de las fuerzas misteriosas que levantaban las olas con violencia cuando alguien se atrevía a violar sus dominios. Sí, es verdad que el mar es temible, con un poder arrollador que puede con Titanics y con cualquier clase de barco edificado por manos humanas. Pero ¿quién será más poderoso, el creador o la criatura? Para que todos pudieran creer en Jesús era necesaria una prueba semejante. Así clamaban las gentes: "¿Quién es éste, que le obedecen hasta el viento y el lago?" Dios es el mismo ayer, hoy y siempre.
      
       Recibamos de buen grado la invitación que Dios no hace a una vida nueva.
Abandonemos nuestra condición de cristianos temerosos para disfrutar de la presencia permanente de Cristo a nuestro lado. En Dios reside todo poder. Con él seremos siempre felices.



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