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Propio 9
Ezequiel 2,1-7
Salmo 123
2 Corintios 2, 2-10
Marcos 6, 1-6.

         Los evangelistas no han tratado de minimizar ni ocultar los problemas que pudiera haber encontrado Jesús en su ministerio. Al contrario, los relatos evangélicos están plagados de aparentes fracasos de Jesús. Y él mismo lo demostró cuando, ante la majestuosa vista de Jerusalén, dolido reconoce que no pudo convencer a todos.

         Hoy, el evangelio, nos ofrece otra muestra de sus aparentes fracasos. Había vivido unos treinta años en Nazaret. Había ejercido una profesión común, tal vez herrero, tal vez carpintero como sugieren los evangelios. Todos le conocían. Mas he aquí que, cuando oye la voz del Padre que le llama a iniciar su obra, se va del pueblo y comienza a realizar milagros, prodigios y señales, por medio de Dios, porque Dios estaba con él (Hch 2,22).

         Poco a poco la fama se extendió por todas partes. La muchedumbre le seguía. Entusiasmados por su enseñanza y por sus obras, muchos veían en él a un hombre excepcional. Pero otros sospechaban de la sabiduría que demostraba y de sus extraordinarios poderes. ¿Cómo es posible que un simple carpintero demuestre tanto poder y sabiduría? El libro del Eclesiástico formula las mismas preguntas: "¿Cómo se hará sabio el que agarra el arado ... o el que guía los bueyes, dirige los toros y sólo se ocupa de los novillos... o el artesano y el tejedor, o el herrero, sentado junto al yunque?" (Eclo 38, 24-39). "Qué clase de saber se le ha dado, que tales milagros realiza con sus manos?" El pasado de Jesús no era compatible con la grandeza esperada en un profeta o en el Mesías. Por eso dudaban. No pudo obrar en su tierra ningún milagro salvo curar a unos pocos enfermos.

         Este evento en la vida de Jesús nos demuestra que no es fácil dar el salto a la fe. Es un problema fundamental del ser humano el porqué unos creen y otros no. Este problema de desenvuelve en los evangelios página a página. Ante los portentos de Jesús, unos creen y otros no. Los incrédulos no dejan de admirar el poder y la sabiduría de Jesús, pero no pueden establecer la conexión entre un ser humano y Dios. "Tal poder sólo está reservado para Dios", pensaban algunos, pero se negaban a concluir, "luego este Jesús debe ser Dios". No podían. No les cabía en su inteligencia. Sin embargo gente sencilla, humilde, pobre, que tal vez sólo buscaba satisfacer sus propias necesidades, podían dar el salto de fe. Decían: "Yo no sé nada, no soy sabio, pero sé que era ciego y ahora veo, y este hombre llamado Jesús me ha dado la vista". ¡Creo!.

         Ahora bien, los creyentes deben guardarse de adoptar una actitud orgullosa, y cuestionar la sinceridad de los que no comparten su fe. Antes de criticar a nadie es mejor cuestionarse uno mismo sobre la sinceridad de nuestro seguimiento a Cristo. ¿Le seguimos de verdad y con entrega total, o sólo superficialmente?
Tampoco debemos desanimarnos si el anuncio de la Buena Noticia no es aceptado. El ejemplo de Jesús en este caso también es aleccionador. A pesar de no ser aceptado en su pueblo, siguió enseñando y recorriendo los pueblos de alrededor sin desanimarse.

         Nuestra obligación consiste en predicar a tiempo y a destiempo, siempre, sin desfallecer. La semilla que plantamos en el otoño no dará fruto hasta el verano del año siguiente. Las ideas que plantamos en las mentes de las gentes no germinan inmediatamente, necesitan, como las del campo, su tiempo para dar fruto. Al cabo de cierto tiempo nos damos cuenta de que una persona renuente a aceptar la fe se ha convertido. No sabemos por qué. Si le preguntamos nos quedaremos asombrados. No nos dirá que fue por un milagro, no nos dirá que fue por una curación milagrosa que hemos realizado, nos dirá que fue por el buen ejemplo que le hemos dado.

         Los cristianos hemos de tener presente que millones de ojos nos están observando contantemente. Si nuestra conducta fuera perfecta ya hubiéramos llevado a Dios miles de almas.

         Demos gracia a Dios por el don de la fe, y mantengamos una actitud humilde, diciendo con el salmista: "Nuestros ojos están en el Señor, esperando su misericordia" (Sal 122,1).



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