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Propio 10
Amós 7, 7-15
Salmo 85,7-13
Efesios 1, 1-14
Marcos 6, 7-13

         Para realizar su movimiento revolucionario espiritual, Jesús reclutó a gente sencilla, pescadores, recaudadores de impuestos, y les dio una profesión nueva. "Os haré pescadores de hombres" (Mc 1, 16-19; Mc 2,23-14). Estuvieron una temporada con Jesús, aprendiendo de él. Cuando estuvieron listos decidió probar fortuna y los envió de dos en dos a los pueblos cercanos. Les dio autoridad sobre poderes espirituales que oprimían al pueblo. Debían ir en una disposición de total entrega. No podían llevar consigo sustento ni ropas de cambio. Total desprendimiento y dependencia de la generosidad de los demás.

         Más tarde los apóstoles regresaron a informar a Jesucristo. Venían contentos pues habían sanado a mucha gente de enfermedades y los espíritus malignos les obedecían.

         Hoy nosotros también somos enviados como los apóstoles a la comunidad. El poder de Dios está con nosotros. Pero con frecuencia nos desanimamos porque no ponemos toda nuestra confianza en Dios y también porque encontramos un ambiente hostil. Veamos algunos testimonios:

         Lo que sigue está tomado de Citizens Commission on Human Rights (La Comisión de ciudadanos en favor de los derechos humanos): "El mundo está pasando por el siglo más brutal de la historia (se refieren al siglo veinte). Los síntomas de la descomposición social nos invaden cada vez más y amenazan nuestras vidas".

         Algunas personas se quejan de nuestro testimonio religioso, y dicen: "La religión me dio mucho, me dio esperanza, me dio dirección. Pero creo que el mundo ha cambiado. Todo se ha complicado más. La religión se ha quedado muy rezagada, muy anticuada; no me brinda ahora las respuestas que deseo obtener. ¡Conozco muchas personas que sienten lo mismo que yo!"

         En la revista Newsweek una joven afirma: "Yo no voy a la iglesia todos los domingos, pero si no fuera por Dios no estaría aquí. Antes no me gustaba la escuela, recientemente entregué mi vida a Dios y él me ha ayudado a entender que necesito mi educación".

         Este es el sentir de millones de personas que nos ofrecen una idea del panorama social. Estos testimonios son genéricos. No hemos descendido a detalles más graves y situaciones angustiosas. Sin embargo lo que nos quieren decir se puede resumir en pocas palabras: en la sociedad hay mucho mal y también mucha inquietud. La religión tiene un papel muy importante que desarrollar. Los ministros de Dios pueden, con la ayuda divina, cambiar el mal en bien.

         El llamado a servir, viene de lo alto y nos mueve. En el Antiguo Testamento, Amós es llamado por Dios. Amós era alguien como nosotros: trabajador, pastor y cultivador de higos. No se considera digno de una misión divina. Sin embargo el Señor quiere que vaya del sur a las tribus del norte para conseguir entre ellas una reconciliación que no habían podido lograr. Llega allá Amós y es rechazado y despreciado; pero él, de todas maneras, transmite el mensaje: "El Señor me sacó de junto a mi rebaño y me dijo: ´Ve y profetiza a mi pueblo de Israel´". Hemos conocido personas que han abandonado sus profesiones previas, algunos ganando mucho dinero, sin embargo oyeron la voz de Dios y la siguieron. No hay nada tan seguro como obedecer la voz de lo alto, transmitir el mensaje y luego esperar. Los frutos ya madurarán. Nosotros hemos cumplido con nuestra misión.

         San Pablo nos recuerda que estamos sellados por Dios, y que se nos da la garantía del Espíritu en nuestros corazones. Advierte que la lucha no es contra personas, pues Dios nos hizo a todos buenos. La lucha es contra fuerzas espirituales que tratan de mantenernos presos, oprimidos y en la ignorancia.

         Es verdad que en el mundo hay personas que son víctimas de toda clase de males. Nos están esperando. Esto es lo que nos impele a salir "de dos en dos" a servir al pueblo y presentarles el mensaje de Jesucristo. Jesús nos recuerda que entre los que sufren se encuentra él. Llevemos su amor y mensaje al mundo entero.



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