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Propio 11

Isaías 57, 14b-21
Salmo 22, 22-30
Efesios 2,11-22
Marcos 6, 30-44

        Casi todos hemos ido a comprar fruta al mercado. Compramos naranjas, manzanas, o peras. También compramos otra clase de productos para llevar a casa. Y escogemos lo mejor que podemos para alimentar a nuestra familia.

        Gracias a los avances técnicos de los últimos años, disponemos de más bienes que en tiempos pasados. Hoy se puede guardar comida en el refrigerador por mucho tiempo. Las máquinas de lavar y otros aparatos hacen la vida más fácil. Pero a pesar de todos estos bienes, el sentir espiritual sigue siendo muy pobre. Muchos viven alienados, sin encontrar la razón del vivir.

        Se puede estar o no de acuerdo en que así se vive hoy. La verdad es que no sabemos por qué existimos. Desconocemos los designios de Dios sobre el ser humano aquí en la tierra. Este sentir ha prevalecido desde el principio de la creación. El pasar del tiempo y del adelanto de la tecnología moderna no han podido cambiar el pensamiento humano.

        Afortunadamente cuando nos encontramos en esta situación, Dios no nos deja solos. De alguna manera vela por nuestras vidas con su Espíritu.

        En el Antiguo Testamento, Isaías proclama que se quiten los tropiezos del camino. El Hijo de Dios viene y trae bendiciones en abundancia. Dios vive en su trono celestial, pero también vive entre su pueblo. Jesucristo vive entre nosotros. Esto lo podemos ver en la lectura de San Marcos. Jesús alimenta a miles de personas que lo seguían. Estas personas querían conocer mejor a Jesús. Algunos vieron en él la sabiduría de Dios encarnada. El pueblo tenía hambre. Jesús les da enseñanza y también les alimenta hasta saciarse.

        En este milagro Jesús demuestra que el universo fue creado para disposición del ser humano. Jesús es la fuente de la abundancia y da identidad y propósito a la vida.

        Se dirá que esto sucedió en el pasado y que hoy no tenemos quién nos enseñe éstas cosas. La respuesta es que las Escrituras fueron escritas para nuestro beneficio. Necesitamos leerlas, entenderlas y asimilarlas. En ellas se encuentra un gran tesoro. En ellas se nos dice que Dios está siempre presente entre nosotros.

        Para dar buen fruto necesitamos ver qué es lo que existe en nuestra conciencia, en la memoria. En ella hay un archivo. En ese archivo, están grabados recuerdos de acciones pasadas, buenas o malas. Las malas estorban a las buenas. Dios quiere limpiar la memoria de lo que impide producir buen fruto. Ya limpios podemos recobrar nuestra identidad perdida.

        En el Bautismo tomamos nuestra identidad. Somos parte del Pueblo de Dios. Servimos a su pueblo en la comunidad donde vivimos. Una vez que recobramos nuestra identidad, podemos ayudar a la congregación a dar buen fruto. La razón por la que un árbol da buen fruto es por que alguien lo cuida. La razón por la que la familia llega a conocer a Dios es porque alguien se preocupó por darle enseñanza. La razón de que otros vengan a la iglesia es que nosotros les llevemos las Buenas Nuevas. No podemos hacer producir fruto en otros si nosotros primero no damos buen fruto.

         Las Escrituras nos recuerdan que unidos a Cristo Jesús por la sangre que derramó, podremos contar, al que está cerca y al que está lejos, ese mensaje de salvación. Nuestros labios y acciones proclaman con sinceridad lo grande y lo profundo que es el amor de Dios en Cristo Jesús.

         Con Dios todo es posible. Recordemos lo que le dijeron los apóstoles a Jesús. "Es mucha gente. Tienen hambre. Despídelos para que vayan a comer". A esto respondió Jesús, "dadles vosotros de comer".

         Podemos dar de comer al hambriento. Pero también hay que dar alimento al espíritu. Algunos de nosotros sabemos lo que es tener hambre. También sabemos cuándo Dios nos tiende la mano a través de otros hermanos. En esas personas es donde hemos visto a Cristo. Esto es lo mismo que nos dice Jesucristo hoy: "Dadles vosotros de comer". Él está con nosotros. Que Dios les bendiga.



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