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Propio 14
Deuteronomio 8, 1-10
Salmo 34, 1-8
Efesios 4, (25-29) 30-5, 2
Juan 6, 37-51

        Como pueblo escogido por Dios tenemos que dar una respuesta a su llamado a
la santidad. Las lecturas de este domingo nos invitan a ello.

        "Pongan en práctica los mandamientos que yo les he ordenado", dijo Moisés a
los israelitas.

        "No hagan que se entristezca el Espíritu Santo", nos exhorta San Pablo en su carta a los cristianos de Efeso.

         Y Dios, en su providencia infinita, nos puso bajo el cuidado de su Hijo. Jesús nos revela en el Evangelio de hoy que: "La voluntad del que me ha enviado es que yo no pierda a ninguno de los que me ha dado".

         Hermanos y hermanas: igual que los israelitas en el desierto, somos peregrinos en este mundo. Pero nuestro destino esta más allá de las fronteras que limitan esta vida. Al igual que en el desierto, para sobrevivir en esta vida, se necesita un milagro. Milagro que tiene que venir del cielo como el maná que llovía milagrosamente para sostener la vida del pueblo escogido por Dios. Jesús es ese pan bajado del cielo.

         Condición indispensable para sobrevivir en esta peregrinación es dar una respuesta positiva al llamado de Dios. Muchos hebreos murieron, quedaron tendidos en el desierto. No fueron fieles al pacto. No pusieron en práctica los mandamientos que Dios les había ordenado. Se revelaron. En consecuencia, murieron... Jesús vino para que no se pierda ninguno de los que el Padre le había dado. Vino para que tengamos vida. El secreto está en dar una respuesta positiva al llamado que Dios nos hace. Ser fieles a nuestra vocación.

         La lectura del Deuteronomio reconoce lo penoso y duro de nuestro peregrinar. Dios, igual que a los israelitas, nos humilla y nos pone a prueba, a fin de conocer nuestros pensamientos y saber si vamos a cumplir o no sus mandamientos. Pero él nos alimenta con el pan que bajó del cielo.

         San Pablo en su carta a los cristianos de Efeso nos pide que no hagamos "que se entristezca el Espíritu Santo". Su acción santificadora actúa en este tiempo después de Pentecostés. Pero Pablo nos advierte contra qué obstáculos debemos estar particularmente alerta. Nos aconseja en la epístola de hoy: "Diga cada uno la verdad a su prójimo...si se enojan, no pequen; procuren que el enojo no les dure todo el día. No le den oportunidad al diablo... Ustedes han sido sellados para distinguirlos como propiedad de Dios"(4, 30).

          En el Bautismo hicimos a Dios esa promesa. Respondimos como los israelitas al pie del Monte Sinaí. Renovamos también nuestro pacto, pero pedimos la asistencia del Espíritu: "Así lo haremos con el auxilio de Dios".

          Hermanos y hermanas: demos gracias a Dios porque estamos asistidos por el Espíritu del que dijo que había sido enviado para que nadie se perdiera. El profeta Ezequiel lo profetizo: "Pondré en ustedes un corazón nuevo y un espíritu nuevo. Quitaré de ustedes ese corazón duro como la piedra y les pondré un corazón dócil. Pondré en ustedes mi espíritu y haré que cumplan mis leyes y decretos..., serán mi pueblo y yo seré su Dios" (36, 26-28).
Y para garantizar esa asistencia divina, Jesús alimenta nuestra fe con el pan de la Eucaristía. El evangelio de hoy termina con estas palabras suyas: "Yo soy el pan que da vida. Los antepasados de ustedes comieron el maná en el desierto, y a pesar de ello murieron; pero yo hablo del pan que baja del cielo; el que come de este pan, vivirá para siempre. El pan que yo daré es mi propio cuerpo" (6, 51).



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