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Propio 15
Proverbios 9,1-6
Salmo 147
Efesios 5,15-20
Juan 6,53-59

          "La sabiduría construyó su casa, la adornó con siete columnas". Con estas palabras comienza la primera lectura de hoy. En ellas parece estar profetizada la Iglesia de Cristo, así como las bases de la santidad que la adornan. Cristo Jesús es la sabiduría de Dios. Por él y con él Dios hizo todas las cosas. "Él es el poder y la sabiduría de Dios", escribe san Pablo (1Cor 1, 24).

           Como lo había prometido, Jesús envió el Espíritu Santo a su Iglesia. El día de Pentecostés, los santos, reunidos en oración, recibieron los dones del Espíritu de la verdad. Esos dones son los que el libro de los Proverbios llama las siete columnas de la casa que construyó la sabiduría.

           Alguien ha identificado siete dones fundamentales en el edificio de la santidad. Muchos santos los han poseído en grado heroico.
Los consejos de san Pablo en la epístola a los Efesios que leímos hoy nos advierten sobre algunos peligros que nos apartan de la santidad de vida. "Cuiden mucho su comportamiento, dice. No vivan neciamente, sino con sabiduría" (15).

            El número siete en la Biblia se usa mucho como símbolo de poder. El poder de transformación que los dones del Espíritu Santo comunican a las almas es extraordinario. San Pablo, cuando habla de los dones con que el Espíritu Santo ha adornado a la Iglesia, señala varios que son fundamentales en su estructura. Algunos maestros de la vida espiritual siguen los siete dones clásicos. Estos dones son disposiciones permanentes del alma que ayudan al ser humano a seguir las inspiraciones del Espíritu Santo.

             El don de sabiduría: conocimiento de las verdades eternas. San Pedro y otros personajes del Nuevo Testamento fueron asistidos con este don para conocer la filiación divina en Cristo.

             El don de inteligencia: nos ayuda a penetrar en los misterios arcanos de Dios, aunque sin llegar a descifrarlos.

             El don de consejo: lleva a la práctica de la vida cristiana las verdades reveladas. Es común entre las almas que se consagran a Dios en la vida monástica. Muchos cristianos lo practican preguntándose con frecuencia: ¿Qué haría Jesús en esta situación?

             El don de fortaleza: aumenta en el alma la resistencia a las tentaciones. Este don ha adornado a la Iglesia con innumerable número de mártires, que blanquearon sus vestiduras en la sangre del cordero.

             El don de ciencia: ayuda al creyente a ver las cosas con luz sobrenatural. "No actúen neciamente" dice San Pablo en la epístola de hoy, procuren entender cuál es la voluntad del Señor". El don de piedad: comunica al alma el gusto en la adoración. "Llénense del Espíritu Santo, San Pablo en la epístola de hoy. Háblense unos a otros con salmos, himnos y cantos espirituales, y canten y alaben de todo corazón al Señor".

             Por el don del temor de Dios, el cristiano, que anda por el camino de la perfección, lucha contra las inclinaciones torcidas de la naturaleza humana. Evita además ofender a Dios en sus relaciones con los demás.

             Es admirable la profecía que nos trae el libro de los Proverbios en la primera lectura de hoy, dice: "La sabiduría construyó su casa...mató animales para el banquete, preparó un vino especial, puso la mesa...y envió a sus criadas a gritar a decir desde los alto de la ciudad: ¡Vengan a comer de mi pan y a beber del vino que he preparado. Dejen de ser imprudentes, y vivirán; condúzcanse como gente inteligente" (9,1-16).

             Jesús, en el evangelio, hace propia esta doctrina y descubre a los judíos un mensaje nuevo y profundo: "Yo soy el pan que ha bajado del cielo....Mi cuerpo es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi cuerpo y bebe mi sangre, vive unido a mi y yo vivo unido a él" (6,59). Y antes de morir, en la última cena, preparó un vino especial, puso la mesa y mandó a su Iglesia gritar desde lo alto de los púlpitos: "¡Vengan a comer de mi pan y a beber el vino que he preparado!"

             Hermanos y hermanas, no seamos imprudentes, acerquémonos al banquete de la sabiduría divina y tratemos de practicar los siete dones del Espíritu Santo, que nos ayudarán mucho a vivir en esta tierra.



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