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Propio 16
Josué 24,1-2a, 14-25
Salmo 16
Efesios 5, 21-33
Juan 6, 60-69

        La liturgia de este domingo nos invita a orar por la unidad de la Iglesia. La unidad de sus miembros es el ideal ansiado de la Iglesia. Jesús insistió mucho a sus discípulos aconsejándoles que se mantuvieran unidos. En ello, el mundo los identificaría como sus discípulos.

        El rito inicial de la liturgia comenzó hoy orando con estas palabras: Señor..., que tu Iglesia, consagrada en unidad por tu Espíritu Santo, manifieste tu poder sobre todos los pueblos... El arma poderosa de Dios para salvar a la humanidad consiste en la unidad de creencia en "un Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos".

        El Credo, que ha sido llamado Símbolo de los Apóstoles, encierra en sí las creencias básicas que unen a los cristianos en todas partes del mundo. Una nueva era amaneció con el nacimiento de ese solo Señor que nos trajo una nueva creación.

        Las diferencias que existen en las distintas denominaciones cristianas no destruyen la unidad de la Iglesia en sí. El hecho de que todas prediquen a un mismo Señor, a un solo Dios y Padre de todos, es base suficiente para creer que, la oración de Jesús de que haya un solo rebaño, bajo un solo pastor, es un hecho que hay que verlo con los ojos de la fe. El poder del Espíritu Santo se manifiesta cada día más claro.

        El pueblo de Israel fue el precursor del nuevo pueblo de Dios. Sus grandes líderes, Moisés y Josué, tuvieron que luchar arduamente para mantener a los israelitas unidos en medio de un mundo politeísta, hechura caprichosa de manos humanas.

        La primera lectura de hoy nos presenta a Josué haciendo jurar a los israelitas a que sean fieles al único y verdadero Dios. "Josué, - dice la lectura - reunió en Siquén a todas las tribus de Israel", y en la presencia del Señor les hizo jurar que conservarían la unidad guardando el pacto: "Ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios".

        La liturgia del año eclesiástico nos ofrece ocasiones en las cuales renovamos el pacto realizado por vez primera en el bautismo. Con ello imitamos al pueblo de Israel, convocado por sus lideres en la presencia del Señor. En esas grandes festividades como, la Vigilia de Pascua y el Día de Pascua, Pentecostés, el Día de Todos los Santos, el Día del Bautismo del Señor, si no hay bautizos, en lugar de recitar el credo se deben renovar las promesas bautismales que nos animan a: continuar en la enseñanza y comunión de los apóstoles..., continuar en la fracción del pan..., perseverar en resistir al mal..., proclamar las buenas nuevas de Dios en Cristo..., buscar a Cristo en todas las personas..., luchar por la paz. Virtudes esas, que si las cumpliéramos, harían del mundo una familia feliz. Característica del cristianismo es el mandamiento del amor: el vínculo más fuerte de unión. Jesús lo presentó a sus discípulos como un mandamiento nuevo. La novedad consiste en imitarle a él. Lo dejó como su testamento la víspera de su muerte. "Les doy este mandamiento nuevo, que se amen los unos a los otros como yo los he amado. Si se aman los unos a los otros, todo el mundo se dará cuenta que son discípulos míos"(Jn 13, 34-35).

        San Pablo habla en la epístola de hoy sobre la unidad real que existe en la Iglesia de Cristo. La compara al amor que une a los esposos: "Esto es un secreto muy grande, pero yo me estoy refiriendo a Cristo y a su Iglesia".

        ¡Secreto grande! Las diferencias que existen en las enseñanzas teológicas de las iglesias cristianas no rompen la unidad de fe en un mismo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos.

        Hermanos y hermanas, mantengámonos, pues unidos en lo esencial, en lo más importante de nuestra fe. Con ello, estaremos siempre unidos unos a otros y todos juntos con el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo.



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