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Propio 17
Deuteronomio 4, 1-9
Salmo 15
Efesios 6,10-20
Marcos 7, 1-8,14-15,21-23

      Con frecuencia surgen en nuestra mente preguntas relacionadas con el mal y sus orígenes. Jesús, en el evangelio de hoy, trata de dar una respuesta a esas preguntas.

      Hay un grupo de personas, en el relato evangélico, integrado por maestros y representantes oficiales de la religión judía. Con autoridad ejercían dominio sobre los más humildes. Hacían prevalecer sus interpretaciones religiosas entre el pueblo. Por otra parte, los discípulos de Jesús representan, a los pobres, a los humildes y a los que carecían de reconocidos privilegios religiosos. Cuando los fariseos y maestros de la Ley se acercaron a Jesús, tenían varios propósitos. Primero, ridiculizar y censurar las prácticas de aquella nueva comunidad religiosa dirigida por Jesús. Segundo, mostrar que ellos eran los legítimos representantes de la religión y de Dios. Tercero, que tanto los discípulos como los que observaban esta confrontación debían mantenerse bajo su autoridad y disciplina. Por último, buscaban descalificar la enseñanza y autoridad de Jesús.

      El punto de discusión fue el ceremonial religioso de purificación antes de tomar los alimentos, y la práctica de los discípulos que consistía en lavarse las manos sin los muchos detalles y oraciones del ceremonial. La pregunta central era: ¿Quién tenía la razón, Jesús o sus oponentes? Como podrán notar, los que vinieron a cuestionar a Jesús actuaban según las costumbres heredadas de lo que enseñaba la tradición de los ancianos.

      Jesús, por su parte, respondió de acuerdo a la palabra de Dios, manifestada por el profeta Isaías. La esencia de la respuesta es que entre Dios y cada persona existe una relación. En unos, esa relación es superficial, en otros, es profunda y verdadera. Unos honran a Dios con labios, otros adoran con toda la fuerza de su corazón. Por eso, Jesús aclara que sus discípulos son aquellos que están limpios de corazón, mente y espíritu. Y que la pureza no consiste en cuántas veces se lava uno las manos sino en las acciones buenas y justas que con ellas se obran. Jesús profundiza esta enseñanza diciendo a sus seguidores: "No hay nada fuera del ser humano que, al entrar en él, pueda contaminarlo. Lo que sale del ser humano es lo que le contamina" (Mc 7,15). Ahí se originan todos los males que aquejan al individuo, a la familia, y al mundo entero. Jesús afirma claramente que es en el corazón del individuo donde se fabrican, el bien para producir felicidad, o el mal, raíz de todo sufrimiento.

       Estimados hermanos y hermanas, nosotros hemos decidido seguir al maestro. El quiere que vivamos esta vida creando lo bueno, lo justo, lo bello, lo agradable y lo que es verdadero, seguros de que así vamos construyendo un mundo más feliz. Ahora bien, hay algunas cosas prácticas que debemos revisar. Dios nos ha capacitado para examinar nuestro corazón. Si lo hacemos, veremos lo que en él hemos almacenado. En él se encuentra la experiencia de nuestra vida, desde el día en que nacimos hasta el día de hoy. Desde ese día hemos venido fabricando y almacenando pensamientos, sentimientos, costumbres, maneras de pensar y de hablar. Eso es lo que hay que revisar. Lo que hemos almacenado es lo que nos conduce a entablar relaciones con nuestro compañero o compañera, con nuestros hijos o hijas, y con todos aquellos que nos rodean. Cuando nuestra relación no es buena, a veces causamos un daño irreparable, y nos perjudica a nosotros mismos. Hoy podemos comenzar una nueva fase de nuestra vida cristiana.

        Acerquémonos a la presencia de Jesús y pidámosle que cambie nuestra vida. Que su santo Espíritu habite en nosotros. Que su amor y compasión nos inunde, y que podamos ser comunicadores de las buenas nuevas del Reino.



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