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Propio 18
Isaías 35, 4-7a.
Salmo 146, 4-9
Santiago 1,17-27
Marcos 7, 31-37

        El evangelio de hoy nos habla de la curación de una persona que era sorda y muda. ¿Hemos pensado en las dificultades que tendríamos si no pudiéramos oír ni hablar? Reflexionemos sobre ello.

       ¡Cuánta frustración existe en algunos de nosotros cuando no podemos entender lo que oímos, o cuando no podemos expresarnos con exactitud! Cuando estamos aprendiendo otra lengua nos asusta tener que contestar el teléfono o comprar algo en la tienda. Y aunque estemos perdidos en la ciudad, nos da miedo preguntar. La razón es que no sabemos cómo expresar lo que queremos, ni entenderíamos al que nos contestara. Eso nos causa desaliento y frustración.

        El hombre de la historia de hoy, a pesar de no oír ni hablar, logró la compasión y amistad de amigos y familiares que pusieron en Jesús toda su esperanza.
Jesús realiza la curación porque vio que el enfermo amaba a Dios. Jesús podría realizar hoy muchas curaciones si nos acercáramos a él con fe, esperando en su amor.

        Cuando Jesús obra este milagro tiene varios propósitos. Uno de ellos es el de mostrarnos que desea que todo ser humano sea restaurado a la plena salud física y espiritual. No olvidemos que la vida material, con todas sus cosas buenas y malas, afecta otras zonas de nuestra vida psíquica. En otras palabras, todo lo que es fruto de la experiencia física, afectará nuestras emociones, nuestra vida mental y espiritual. ¡Cuán triste y frustrante tuvo que ser la vida de aquel hombre, antes de su encuentro con Jesús! Y, ¡cuán diferente sería su vida después de sentir el poder y gracia salvífica del Señor!

        Esta historia enfatiza el oír y el hablar, porque oír y hablar son dos funciones muy importantes en nuestra comunicación diaria. Podemos desarrollar pequeñas y grandes tareas si nos entendemos. Realizar grandes empresas sólo se puede lograr si hay buen entendimiento entre los trabajadores. Los ingenieros de la torre de Babel, al fin, fracasaron por deficiencia en las comunicaciones. No podían entenderse entre sí. Ahora bien, el don de oír y hablar tiene como propósito fundamental que, tanto la persona que habla como la que escucha, logren algún grado de entendimiento en sus relaciones.

        Las dificultades en las relaciones conyugales, y con los hijos, se explican, en la mayoría de los casos, porque no se habla con claridad sobre determinados problemas; o no se escucha. Muchas veces hablamos, pero no se nos escucha. Por eso, el dicho popular observa que: "No hay peor sordo que el que no quiere oír". Este tipo de sordera es la que Dios quiere curar.

        A veces nuestras relaciones están dañadas por otros sentimientos, como el miedo. Cuando en el hogar, en la comunidad, en toda una nación, se calla por miedo, ese miedo llega a ser signo de violencia práctica. Ni en el hogar, ni en la comunidad, ni en la Iglesia, ni en ninguna parte, deben las personas vivir con temor. Donde se calla por temor, se genera el dolor, la angustia, la frustración y la intranquilidad. En sentido espiritual, allí se ha cerrado el camino a la vida, a la búsqueda de la verdad y de la felicidad, a la que todo ser humano ha sido llamado.

        Hablar con claridad y amor cristiano, y escuchar con el corazón, es importante. Y es esencial cuando el que habla es Dios y nos invita a su Iglesia, la comunidad cristiana. Algunas personas no quieren ser miembros de una Iglesia porque no han entendido o descubierto las bendiciones y beneficios que eso trae.

        El hombre de la historia evangélica podría ser cualquiera de nosotros. Estamos sordos y mudos, cuando no hablamos con claridad en nuestras relaciones. Hoy estamos frente a Jesús. Podemos pedirle que cure nuestro mal. También podemos alejarnos de Jesús y continuar viviendo en nuestras frustraciones. Este es el momento de tomar una decisión. El Señor nos bendiga



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