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Propio 20
Sabiduría 1,16-2,1 (6-11)12-22
Salmo 54
Santiago 3,16-4,6
Marcos 9, 30-37

        El evangelio de hoy nos presenta a Jesús como el gran Maestro. Según este relato, Jesús salió con sus discípulos por aquellos campos y aldeas, teniendo como único propósito capacitarles para el ministerio. Quiso que sus discípulos recibieran su enseñanza, no en el contexto de cuatro paredes, sino en lugares abiertos, donde fuera posible ver y sentir la dinámica de la vida. Además quiso que pudieran apreciar la presencia creadora de Dios en el mundo.

        ¿Podrían ustedes imaginarse, al menos por un momento, los caminos, valles, montes y aldeas de la época de Jesús? ¿Podrían ustedes sentirse parte de aquel pequeño grupo que con Jesús parece ir caminando, hablando y aprendiendo, por los largos caminos de la vida y de la historia? Hoy seamos parte de ese grupo. Acerquémonos y caminemos con Jesús. Oigamos sus enseñanzas. Abramos nuestra mente y nuestro corazón a las palabras del Señor.

        Aquellos seguidores de Jesús, aún cuando no tenían una educación superior, pensaban que su maestro sería el próximo líder de la nación. Calculaban sobre las posiciones de autoridad y de poder que posiblemente quedarían vacantes y creían que ellos serían buenos candidatos. Como Jesús conocía sus pensamientos decidió instruirlos sobre la misión del mesías y la naturaleza de su reinado.

        Jesús no se consideraba a sí mismo como un líder triunfante entrando en Jerusalén. Jesús se vio a sí mismo como uno más de aquellos que en este mundo han sido traicionados en sus más nobles ideales. Jesús se vio a sí mismo acusado falsamente, abandonado por sus mejores amigos, entregado a sus enemigos, sentenciado injustamente y muriendo en gran soledad. Por esta razón, la Escritura Sagrada lo había descrito como un Varón de Dolores, quebrantado hasta la muerte.

        Jesús advierte a sus discípulos que el punto culminante de su liderazgo no tendrá lugar en el trono de Israel ni en un reinado temporal, sino en una cruz en la cumbre del Calvario. Desde allí expiaría el sufrimiento de todo el mundo. Con su sacrificio cargaría el pecado y el dolor de todo ser humano, y con su muerte la redención total de la creación habría iniciado su proceso. Jesús advirtió a sus discípulos que no debían pensar como piensan los gobernantes o políticos de este mundo. Porque éstos buscan los puestos de poder y de mayor importancia. Jesús aconseja a los discípulos que si alguien quiere ser el primero, deberá ser el último de todos, y servirlos a todos.

         Luego Jesús tomando a un niño lo presenta como ejemplo de su nueva doctrina. Jesús quiere que siempre estemos dispuestos a servir. Servir a todo el mundo, a nuestra familia, a la comunidad y a Dios. Esta disposición de servicio a otros está íntimamente relacionada con la de presentar las cosas buenas que tenemos en nuestro corazón. Jesús sabe que haciendo el bien el sufrimiento pierde terreno en la vida familiar, en la comunidad y en el mundo entero.

         Pensemos durante un momento en el servicio prestado por voluntarios en diferentes partes del mundo. Allí crece la amistad, allí florece la paz y el amor en su más alta y sublime expresión, y Dios llega a ser adorado. Por el contrario, donde reina el egoísmo y la búsqueda de lucro, con frecuencia nacen el odio, la injusticia, la violencia y el sufrimiento.

         Nosotros, que nos consideramos seguidores de Jesús, no deberíamos esperar mucho si no estamos dispuestos a una vida de obediencia a la doctrina de servicio que el Señor recomienda. Se presentan excusas para no prestar un servicio, especialmente en la parroquia. Decimos que estamos muy ocupados y que no tenemos tiempo para hacer lo que se nos pide. ¡Ojalá descubriéramos las grandes bendiciones que hay en la entrega desinteresada! ¡Ojalá reconociéramos la alegría que hay en ser instrumento de Dios, puestos a su servicio en este mundo! ¡No olviden, el que quiera ser el primero, deberá ser el último de todos y servirlos a todos!



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