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Propio 22
Génesis 2,18-24
Salmo 8
Hebreos 2,1-18
Marcos 10, 2-9

       El tema de este domingo está relacionado con la familia. Nos habla del matrimonio y del mal que lo aflige, el divorcio. Algunos diccionarios en español definen a la familia "como un orden social de la vida humana con fines propios, que necesita ser condicionada y garantizada por el derecho. Al Estado corresponde, respetarla, favorecerla, reconocer y garantizar sus derechos, su libertad y seguridad".

       Tanto el Estado como la Iglesia son instituciones que deben apoyar y fortalecer la familia, que es base y fundamento de la sociedad. Una de las desgracias de nuestros días es la facilidad con que se concede el divorcio o nulidad matrimonial, en muchos lugares del mundo. Para muchos, el matrimonio es sólo un contrato, un pedazo de papel que se puede romper en cualquier momento. No se tienen en cuenta las serias promesas hechas el día de la boda. Se ha olvidado aquel día lleno de ilusiones y de palabras eternas. Esto no quiere decir que debemos tomar a la ligera las dificultades y el dolor que muchos matrimonios viven por razones de desavenencias, infidelidades e irresponsabilidades. Males éstos que afectan no sólo a la pareja, sino a sus hijos y a los envueltos en esa situación.

       En el evangelio de hoy encontramos a los fariseos muy interesados en saber la opinión Jesús sobre el divorcio. Quieren poner a prueba a Jesús y desprestigiarlo ante el pueblo. Le preguntan si era lícito o permitido divorciarse de su esposa. Jesús les respondió con otra pregunta "¿Qué les mandó a ustedes Moisés?" (Mc 10,3). Ellos sabían perfectamente que Moisés había permitido dar una carta de divorcio sólo si había causas vergonzosas o escandalosas que lo justificaran (Dt 24, 1). Esta carta de concesión la dio Moisés debido a la dureza de sus corazones. Pero desde el principio de la creación, Dios, había unido al hombre y a la mujer para formar una familia: "Por esto el hombre dejará a su padre y a su madre para unirse a su esposa...de modo que el hombre no debe separar lo que Dios ha unido" (Mc 10,9).

       Está claro que Jesucristo consideró la unión matrimonial como una ordenanza divina, como una unión indisoluble, una unión hasta la muerte. Nuestro Libro de Oración Común señala que el matrimonio es un estado honroso. Alguien ha dicho que la esposa y el esposo son un equipo que debe estar enlazado espiritual y físicamente. Si hay hijos, procurar educarlos dentro de un ambiente familiar cristiano, que nace primero en el corazón de Dios. Los miembros de la familia deben trabajar, orar y disfrutar juntos la vida que Dios les ha otorgado.

       En este mundo donde el divorcio es tan común, la enseñanza de Cristo debe ser enfatizada y recordada. Existen problemas en el círculo familiar; son muy reales y a veces provocan dolores sociales. Aunque debemos usar todos los medios a nuestra disposición para resolver las crisis matrimoniales, también es verdad que si anduviéramos más cerca de Dios, las cosas irían mejor. Él es el único que puede darnos la sabiduría que permita al matrimonio y a la familia permanecer unidos.

       En la epístola se nos dice: "Así como los hijos de una familia son de la misma sangre y carne, así también Jesús fue de carne y sangre humana, para derrotar con su muerte al que tenía poder para matar, es decir, al diablo". Así como Jesús sufrió y fue puesto a prueba, ahora puede ayudar a los que también son puestos a prueba. Si queremos superar aquellos conflictos que nos dividen y permanecer unidos en familia, permitamos entonces, a Dios ser parte de nuestro mundo.

       Que él sea el punto de encuentro y felicidad que necesitamos. Jesús entiende nuestro dolor, porque vivió el dolor. Entiende nuestro llanto porque lloró. Pidamos confiadamente que el Espíritu Santo bendiga a nuestras familias y su presencia sea real en su Iglesia.


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