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Propio 25
Isaías 59,1-19
Salmo 13
Hebreos 5,12-6,1.9-12
Marcos 10, 46-52

Dios puede leer en lo profundo de nuestro corazón. Nos conoce mejor que nosotros. Sin embargo quiere que en nuestra relación con él nos portemos como humanos. Aquí en la tierra, si no comunicamos nuestro interior, la gente no sabe qué nos está sucediendo. Dios conoce nuestras necesidades, pero es importante mencionárselas cuando oramos.

Dios quiere que seamos claros en lo que pedimos. Y que lo hagamos con insistencia. A veces pensamos que Dios está cansado de escuchar la misma cosa constantemente. En realidad, de lo único que Dios está cansado es de nuestro pecado, de aquello que nos pueda separar de una íntima relación con él.
En la lectura del profeta Isaías leemos: "Mira, la mano del Señor no se queda corta para salvar ni es duro de oído para oír; son vuestras culpas las que se interponen entre vosotros y vuestro Dios; son vuestros pecados los que os ocultan su rostro, e impiden que os oiga" (Is 59, 1-2).

Todos necesitamos de vez en cuando volcar nuestro corazón en alguien. Ese deseo de manifestarnos y de ser escuchados, es aún más apremiante, cuando nos encontramos en una situación complicada.

El Evangelio de Marcos nos narra la historia de un hombre llamado Bartimeo, que era mendigo y ciego. Jesús estaba con sus discípulos en Jericó; cuando ya salían de la ciudad, seguidos de mucha gente, alguien comenzó a gritar y a decir; Jesús, Hijo de David, ¡ten misericordia de mí! La gente que escuchaba los gritos del ciego lo reprendían y mandaban que se callara. Pero él, lleno de fe y de esperanza, gritaba con más fuerza. "Hijo de David, ¡ten compasión de mí!" Jesús se detuvo y pidió que le trajeran al ciego. El evangelio agrega: "El ciego arrojó su capa, y, dando un salto, se acercó a Jesús, que le preguntó: ¿Qué quieres que haga por ti?" El ciego le contestó: "Maestro quiero recobrar la vista. Jesús le dijo: Puedes irte; por tu fe has sido sanado" (Mc 10, 50-52).

En ese momento, Bartimeo pudo ver y siguió a Jesús por el camino. ¿Podríamos imaginarnos lo que significará para alguien el recobrar la vista después de tanto tiempo en la oscuridad? Debe ser una total liberación. Será como salir de una caverna y de repente ver un mundo lleno de luces y colores. Las piernas se encontrarán rejuvenecidas y fortalecidas. Ahora esa persona podrá correr, saltar, brincar. ¡Qué alegría! Es muy probable que después del milagro, Bartimeo se encontrara libre de depender de otros. Ahora puede ir solo, caminar libre, trabajar, y ayudar a otros necesitados.

Tal vez más lamentable para nosotros sea la ceguera espiritual. Como menciona Isaías, casi todos necesitamos una luz que ilumine nuestro camino, para dejar de andar a tientas, apoyándonos en las cosas, o en las paredes. La ceguera física nos puede conducir a caer por el suelo de este planeta, mas la ceguera espiritual puede impedirnos ver la luz del más allá. Jesús quiere sanarnos. Quiere que veamos física y espiritualmente.

La Iglesia depende cada día de la luz que Dios nos da en Cristo. Todo cristiano necesita que sus ojos espirituales vean claramente. La epístola a los Hebreos nos amonesta a madurar en la fe. No podemos alimentarnos de leche solamente. Necesitamos comida sólida. Necesitamos la palabra de Dios y sus enseñanzas.

Seamos como el ciego Bartimeo. Seamos valientes. Gritemos pidiendo ayuda al Señor. No permitamos que nada ni nadie se interponga entre nosotros y Dios. Persistamos hasta que él nos llame y se interese por nuestro dolor. Dios nos ayudará a ver qué es lo que necesitamos realmente.

La primera oración de este domingo nos invita a pedir a Dios que aumente en nosotros los dones de fe, esperanza y amor. Para obtener sus promesas, también pedimos que amemos lo que nos manda. No podemos andar errados amando y obedeciendo al Señor. Si cumplimos su palabra tendremos la vida eterna y estaremos contemplando eternamente su infinita belleza.



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