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Propio 26
Deuteronomio 6, 1-9
Salmo 119, 1-16
Hebreos 7, 23-28
Marcos 12, 28-34

En cierta ocasión Jesús estaba involucrado en un debate con un grupo de saduceos. Los saduceos eran los sacerdotes del templo que habían discutido anteriormente con Jesús sobre la resurrección de los muertos. Jesús les aclaró con ejemplos que Dios era un Dios de vivos, no de muertos. Mientras conversaban, un maestro de la Ley que escuchaba quedó impresionado por la sabiduría de Jesús. Quedó impresionado no sólo por la forma en que Jesús lidió con la situación, sino también por las respuestas que daba.

Este letrado se acercó a Jesús y le preguntó: "¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?"(Mc 12,28). En otras palabras, dame un compendio de tu fe. Jesús respondió: "El primer mandamiento de todos es: Oye, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor. Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas"(Mc 12, 29). Jesús le contestó según la doctrina tradicional que todo judío debía saber, y tal como la hemos leído en el libro del Deuteronomio.

Podemos imaginarnos al maestro de la Ley moviendo su cabeza en forma afirmativa. Lo que oía le sonaba muy familiar. Pero, Jesús no paró ahí, añadió un segundo: "Ama a tu prójimo como a ti mismo" (Mc 12,31).

Resulta interesante considerar que el maestro de la Ley pidió que le dijera el primero de todos los mandamientos. Jesús, en lugar de darle uno solo, le dio dos mandamientos: el amor a Dios y el amor al prójimo. Estos dos son tan inseparables que uno no se pueden enunciar el uno sin el otro. Son dos caras de una misma moneda. El amor a Dios es sólo una ilusión si no se proyecta hacia nuestros prójimos.

Es también interesante el fijarnos en la aceptación del letrado. Recibe la respuesta de Jesús como algo normal y añade todavía algo: el amor a Dios y al prójimo es más importante que todos los sacrificios y holocaustos que se realizan sin convicción y de una manera formal. El auténtico sacrificio a la divinidad debía implicar un amor al prójimo, pero con el tiempo se dio más importancia al aspecto cúltico que al profético, más a la liturgia que a la pastoral. Contra estas costumbres clamarían otros profetas del Antiguo Testamento. Jesús queda admirado del letrado y le premia con una frase de incalculable valor: "No estás lejos del Reino de Dios" (Mc 12,34). Efectivamente, la unión de los dos mandamientos será lo más característico del apostolado de Jesús. Así lo perciben sus discípulos y los primeros cristianos. San Juan lo expresa sin rodeos: "Si alguno dice: Yo amo a Dios y al mismo tiempo odia a su hermano, es un mentiroso. Pues si uno no ama a su hermano, a quien ve, tampoco puede amar a Dios, a quien no ve" (1 Jn 4, 20).

La máxima expresión del amor la tenemos en Jesús, que se ofrece como víctima y holocausto de amor por todo el mundo. Mientras los sacerdotes del pasado ofrecían víctimas de animales. Jesús se ofrece así mismo como ofrenda de amor a Dios y al prójimo.

El amor que profesamos a otros seres humanos debe ser sólo una expresión de nuestro amor interior. Si éste no emana y se alimenta del amor divino que vive en nosotros, no tendrá validez. El amor que sentimos por Dios lo canalizamos amando a nuestros semejantes, en hechos y no de labios. Tal amor es auténtico y el uno nutre y fortalece al otro Dios nos pide amarlo y los unos a los otros. Cuando respondemos a su mandato con un sí, nos transforma y nos hace diferentes. Nos ordena mostrar esa "diferencia" amando a los que están cerca y a los que están lejos; a los que nos agradan y a los que nos desagradan; a los que nos aman y a
los que nos odian, a los que nos desprecian y nos cuesta trabajo amar.

En cierta ocasión, un sacerdote visitó a un amigo que tenía una granja. Notó que sobre uno de los graneros había colocado una veleta con la inscripción: "Dios es amor". El sacerdote, con cierta curiosidad, le preguntó si con ese texto bíblico quería decir que el amor de Dios era tan cambiante como el viento. El amigo le respondió: "No, lo que quiero decir es que Dios es amor siempre, no importa de donde soplen los vientos".

Amémonos de corazón sin importarnos de donde soplan los vientos, porque es lo que Dios espera de todos nosotros.


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