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Propio 27
1 Reyes 17, 8-16
Salmo 146, 4-9
Hebreos 9, 24-28
Marcos 12, 38-44

     Una niña se sentó a la mesa para comer. Antes de que su madre la viera, comenzó a cortar trocitos de carne de su bisté y logró apartar un buen montón. La madre lo descubrió y le dijo: "¿Qué vas a hacer con esa carne?" "Nada," - contestó la niña algo avergonzada -, "no iba a hacer nada malo, sólo quería reunir una buena parte para mi perra Mocha". "Pues, no" - le dijo la mamá - "tú come lo tuyo y yo me encargaré de la perra".

     Al terminar la cena, la madre recogió las sobras, los huesitos del bisté y los demás desechos que halló en los platos, y se los dio a la niña para que los llevase a la perra. En el patio, la pequeña llamó a su perra Mocha y le entregó la comida diciendo con gran tristeza: "Yo te había preparado una ofrenda, pero mi mamá te mandó una colecta".

     ¿Cuánto de lo que damos a la Iglesia es una ofrenda o una colecta? ¿Damos de lo mejor y con alegría de corazón para la obra del Señor o damos las sobras? En el evangelio de hoy nuestro Señor Jesucristo estaba sentado frente a los cofres de las ofrendas. Allí miraba atentamente a las personas que se acercaban. Unos eran ricos y depositaban muchas monedas. Otros eran de la clase media y echaban de acuerdo a sus posibilidades. Otros eran pobres y echaban según lo que tenían. Entre los pobres, llegó una viuda que depositó en los cofres de las ofrendas dos moneditas de cobre, que eran las de menos valor en tiempos de Jesús. Inmediatamente Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: "Les aseguro que esta viuda pobre ha dado más que todos los otros que echan dinero en los cofres; pues todos dan de lo que les sobra, pero ella, en su pobreza, ha dado todo lo que tenía para vivir" (Mc 12, 43-44).

     Cuando estudiamos este pasaje bíblico nos percatamos que para Jesús la diferencia no está en la cantidad, sino en la actitud del corazón ­ de nuestro corazón.

     Tanto la viuda del evangelio, como la de la primera lectura, dieron de corazón. Una, para el ministerio de los sacerdotes del templo. La otra, para la supervivencia del profeta Elías. La viuda de Sarepta compartió con el profeta Elías los últimos alimentos que tenía para ella y para su hijo. Lo interesante y milagroso es que, durante todo el tiempo de la sequía, ni ella ni su hijo ni el profeta Elías pasaron hambre. La viuda dio de corazón y el Señor proveyó en forma tal que "la harina de la tinaja no se acabó ni se agotó el aceite de la vvasija" (1Re 17,16).

      En la mayoría de las congregaciones durante el ofertorio se pasan dos platos ante a los feligreses. Para algunos es un plato de colectas que habrá de ayudar a cubrir el presupuesto anual. Para otros es un plato de ofrendas donde depositan, con gratitud, lo que Dios les ha dado durante la semana que acaba de terminar.

      En verdad, la ofrenda del cristiano debe ser total. No sólo de palabra. Todo lo que tenemos nos viene de Dios y al él le pertenece. Nosotros sólo somos administradores, mayordomos. ¿Cómo podemos decir que estamos entregados a Dios de todo corazón, y con toda nuestra alma, si a la hora de la verdad contribuimos con un dólar para la expansión del Reino de Dios? ¿Creerá Dios en nuestro amor? ¿Se contentará con los huesos?

      El principio fundamental de mayordomía cristiana es el siguiente: "Todo cristiano debe ofrendar regular y libremente, con alegría y sacrificio, en proporción a sus ganancias, motivado por su consagración al Señor, y a imitación de Jesucristo, que se hizo pobre por nosotros con un sacrificio amoroso".
Si damos con sacrificio, con alegría, en proporción a lo que hemos recibido, y motivados por nuestra entrega al Señor, siempre habrá suficiente para cubrir los gastos de la iglesia y ayudar a los necesitados. No olvidemos que Jesús puede multiplicar lo que damos, cuando damos de corazón y con generosidad.



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