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Propio 29
Daniel 7, 9-14
Salmo 93
Apocalipsis 1, 1-8
Juan 18, 33-37

    Hoy es el último domingo del año eclesiástico. Las lecturas nos ofrecen una recapitulación de todo lo creado, colocando a Jesús como el fin de la misma creación. Jesús es rey de todo el universo. Jesús reinó, y reina.

    El evangelio presenta la oportunidad de reflexionar sobre el diálogo entre Jesús y Pilato. Después de la traición de Judas, del arresto y de las negaciones de Pedro, presentan a Jesús ante Anás y Caifás. Al final, es llevado ante Pilato.

    Repitamos el interrogatorio de Pilato:

Pilato: "¿Eres tú el Rey de los Judíos?"
Jesús: "¿Eso lo preguntas tú por tu cuenta, o porque otros te lo han dicho de mí?"
Pilato: "¿Acaso yo soy judío? ¿Qué has hecho?"
Jesús: "Mi reino no es de este mundo."
Pilato: "¿Así que tú eres rey?"
Jesús: "Tú lo has dicho: Soy rey. Yo nací y vine al mundo para decir lo que es la verdad" (Jn 18, 33-37).

     De este diálogo Pilato concluyó que Jesús era rey. Esta idea es la que posiblemente lo motiva a dar la orden de que se pusiera un letrero sobre la cruz con la inscripción: "Jesús de Nazaret, Rey de los Judíos" (Jn 19, 19) y que se escribiera en hebreo, latín y griego, para que muchas personas pudieran leerlo y entenderlo.

     Para comprender este pasaje, habrá que verlo a través del ojo clínico de uno de los dos malhechores condenados a morir en cruces junto a la de Jesús. Fue el único, que en medio de una multitud hostil, se percató de quién era el que estaba a su lado sufriendo una condena inmerecida. En medio del dolor, de la angustia y de la burla, reprende a su compañero de suplicio: "¿No tienes temor de Dios, tú que estás bajo el mismo castigo? Nosotros estamos sufriendo con toda razón porque estamos pagando el justo castigo de lo que hemos hecho, pero este hombre no hizo nada malo" (Lc 23,40-41). Luego, dirigiéndose al Crucificado, con voz débil, pero con confianza y esperanza, añadió: "Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino" (Lc 23, 42). Aquel condenado vislumbró no sólo el reinado del crucificado, sino también su divinidad. Aquí tenemos un testimonio silencioso de la resurrección de Cristo, dado por alguien que tal vez había buscado a Dios durante toda su vida. Además, nos permite ver el amor, la compasión y el poder que emanan del crucificado.

     El ladrón crucificado junto a Cristo notó algo que aparentemente pocos de los presentes pudieron ver. Leyó con profundidad el letrero sobre la cruz: "Jesús de Nazaret, Rey de los Judíos" y descubrió que Jesús era algo más que rey, era Dios, no sólo de judíos sino de todo el mundo. Los últimos momentos de su vida fueron el culmen de toda una vida en búsqueda. Sin duda alguna, este hombre había sido infeliz durante toda su vida, y encontró la felicidad cuando se encontraba en la cruz. Tuvo la gran oportunidad de ver un verdadero e inigualable rey. Tuvo una audiencia única y exclusiva con él. No dejó pasar por alto la oportunidad que se le presentó. Su suerte comenzó en el momento que reconoció a Jesucristo como el Rey eterno, el Rey de Reyes.

     Sólo por fe podemos aceptar algo tan chocante en la vida de Jesús. Constantemente se encuentra luchando contra el deseo de poder que demuestran sus discípulos. En más de una ocasión les reprende y enseña que la mejor manera de reinar no es por la fuerza y el dominio, sino por el servicio amoroso a los demás.

      Este lenguaje es inaceptable para el mundo. Por ello, la misma institución eclesiástica, en el pasado, cayó en el error y horror de dominar, y conquistar y controlar. Se olvidó del auténtico mensaje de Jesús. Si hoy la Iglesia ha de reinar en este mundo ha de hacerlo al estilo de Jesús, dedicándose al servicio de los demás hasta morir en un holocausto de amor. Si no seguimos estos pasos no seremos buenos cristianos.

      Reconozcamos y adoremos a Cristo como Rey en la Iglesia, en el hogar, en la calle, en el trabajo, en la escuela y dondequiera que nos conduzca.



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