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Segundo Domingo de Adviento

Isaías 11, 1-10
Salmo 72, 1-8
Romanos 15, 4-13
Mateo 3, 1-12

La manera más típica y popular de interpretar las profecías mesiánicas del Antiguo Testamento ha sido creer que eran sólo una predicción de lo que sucedería con relación a la venida del Mesías al mundo. Una de las consecuencias de pensar así es que podemos decidir que, de una manera u otra, ya se cumplieron, y que ahora las leemos porque forman parte de la revelación sagrada, pero que en realidad no nos dicen nada nuevo.

Si aplicamos esa forma de pensar a la primera lectura tomada del profeta Isaías, hemos de admitir que el anuncio que proclama ya se cumplió en la venida de nuestro salvador Jesucristo. Y es evidente, que desde el punto de vista litúrgico, esa profecía se lee una vez más durante esta estación de Adviento como preparación para la celebración del nacimiento de Jesús.

Pero en las profecías podemos encontrar algo más amplio y profundo. Es lo propuesto por san Pablo en la segunda lectura de hoy tomada del capitulo quince de su carta a los romanos. Nos dice que las escrituras se escribieron para nuestra enseñanza y para que mantengamos la esperanza. La esperanza de que un día toda la humanidad alabe a Dios, así cita el Deuteronomio, "Alabad al Señor todas las gentes, que todos los pueblos lo exalten" (Dt 32,43), y el salmo 117 "Alabad al Señor, todas las naciones, aclamadlo, todos los pueblos". La conclusión de Pablo es que lo mismo que Jesús nos acogió a todos, así nosotros debemos recibidlo a él y hacer todo lo posible para vivir en armonía unos con otros en esta tierra.

Según esto, la profecía mesiánica, al mismo tiempo que anuncia la venida de un libertador, nos exige también la necesidad de un cambio para poder vivir en consecuencia a la presencia del salvador.

Mateo nos presenta a Juan el Bautista como un enlace entre el pasado y el presente. Lo que los profetas vieron como futuro, Juan lo muestra como presente. Exige el arrepentimiento, la confesión pública; la enmienda como fruto, y como señal de purificación, el bautismo; un bautismo que él mismo reconoce que no es perfecto. Lo perfecto viene con Jesús.

Y venían a Juan gentes de Jerusalén, de Judea y de la comarca del Jordán. Sin duda se acercaban a él por haber adquirido fama de profeta. Fama de hombre justo y recto, sin miedo a cantar verdades aunque hirieran a muchos. Hasta tal punto se había extendido su fama que incluso venían a él fariseos y saduceos. Los fariseos y saduceos eran enemigos entre sí, y sin embargo, acuden a recibir el bautismo de Juan. ¿Por qué? ¿Es que veían en el bautismo de Juan una especie de escapatoria, algo mágico que los justificara, luego en su obrar? Juan se dio cuenta de ello, y sin pelos en la lengua, los ataca sin compasión, "¡Raza de víboras! Dad frutos válidos de arrepentimiento". De nada os vale decir: "Nuestro padre es Abrahán".

La predicación del Bautista es válida para nosotros incluso después de haber recibido el bautismo de Jesús. No podemos decir, "soy cristiano" y hacer lo que queramos. No podemos decir, "Jesús me ha salvado", y obrar el mal. No podemos tener una velita encendida a un santo que nos cae bien, o a una virgen de nuestra devoción, y seguir llevando una vida de pecado. Las palabras de Juan resuenan en nuestros oídos: "¡Raza de víboras! Dad frutos válidos de arrepentimiento!"

Nuestra conducta debe ser fruto de una conversión interior. Si de verdad amamos a Dios obraremos el bien. Si de verdad hemos aceptado a Jesús como nuestro salvador tenemos que portarnos en consecuencia, como hijos de la luz. Si así lo hacemos se cumplirán los tiempos mesiánicos que metafóricamente anunció Isaías: "Entonces el lobo y el cordero irán juntos, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león engordarán juntos…No harán daño ni estrago por todo mi Monte Santo, porque se llenará el país de conocimiento del Señor, como colman las aguas el mar"(Is 11, 6-9). ¡Qué bellos serán esos días!

No hemos de perder la esperanza de que ese idealismo llegue a ser una realidad. A pesar del mal reinante en el mundo, a pesar de que tengamos días de depresión y pesimismo, no cabe duda que el bien avanza lentamente y va cubriendo la faz de la tierra. En gran manera depende de nosotros el que ese programa divino se realice. Hermanos: ¡obremos el bien!



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