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Tercer Domingo de Adviento

Sofonías 3,14-20
Filipenses 4,4-7 [8-9]
San Lucas 3,7-18

Adviento es una época de alegría. Es la época en que nuestra atención se dirige al evento más maravilloso de la historia de la humanidad. El nacimiento de Nuestro Salvador en este mundo. Un mundo había perdido el camino. Vemos en Jesucristo, al salvador y restaurador de un mundo, que estaba enfermo. Así, consideramos a la Navidad como el principio de una etapa nueva, una etapa de armonía y salud que se realizará plenamente cuando nuestro Señor venga de nuevo. El mensaje de la venida de Cristo es, en realidad, un mensaje de buenas nuevas.

Con este pensamiento recibimos las palabras de la epístola con corazones abiertos: "Alégrense siempre en el Señor". La lectura de Sofonias, también nos presenta un mensaje de alegría para el pueblo. Los mensajes de alegría y gozo que encontramos en la Biblia no tendrían sentido si no tuviéramos fe. La fe de saber que contamos con un Dios que nos salva, y que por esa confianza en él, no temeremos. Ese es un mensaje alentador y lleno de esperanza.

Juan predicaba a la gente un mensaje que les ponía en perspectiva la realidad de ese gozo. No puede haber gozo y alegría sin actitud apropiada. Su mensaje nos lleva al fondo de esa preparación. No se trata de escuchar sólo el mensaje de buenas nuevas y alegrarse. Se trata de portase de tal modo que se vea claramente que hemos vuelto al Señor. Pues, como lo dijo Juan: "Incluso estas piedras Dios puede convertirlas en descendientes de Abraham".

No creo que nos hubiera gustado mucho escuchar la rudeza y franqueza con la que Juan predicaba. Como en el primer verso del Evangelio de hoy: "Raza de víboras" (Lc 3,14b).

Juan, con palabras tan fuertes, anticipaba, de su audiencia, una reacción a su mensaje. Algunos se creían muy confiados en sí mismos por ser el pueblo escogido. Dios no depende de ningún grupo en particular -israelitas, latinos, americanos; católicos, episcopales, bautistas-. De nuevo, como Juan les decía: "Incluso a estas piedras Dios puede convertirlas en descendientes de Abraham".

El final del Evangelio de hoy concluye así: "De este modo y con otros muchos consejos, Juan anunciaba las buenas noticias a la gente". ¿Cómo puede ser entonces este mensaje, con todo lo que Juan les llamaba, amenazaba, y advertía, un mensaje de "buenas noticias?"

El lenguaje duro y directo de los profetas estaba orientado a estimular a la gente. Sus ataques tenían como trasfondo la misericordia divina. En la exposición de la oscuridad, la luz de la esperanza brilla siempre.

Imaginen ir al doctor para una examen rutinario. Usted cree que se encuentra en buen estado de salud. Se ha sentido bien y no hay síntomas de enfermedad, o, por lo menos, nada que pudiera reconocer como grave, o tomar en serio. Sin embargo, los resultados indican que tiene diabetes. Si no cambia sus hábitos de comer drásticamente, las consecuencias podrán ser muy negativas. Malas noticias. Pero al mismo tiempo buenas noticias que están implicadas en que, su condición, aunque seria, tiene esperanza. Podrá ser difícil el ajustarse, pero hay esperanza de una vida plena y feliz.

Nos vienen los avisos divinos para que su misericordia sea aceptada. La palabra de Dios es tan dolorosa como lo es una cirugía. El dolor es solamente una etapa en el camino hacia la buena salud.

El Cristo que Juan el Bautista anunciaba era ciertamente una amenaza para aquellos que estaban cómodos con sus vidas, valores y opiniones. Juan predicaba a la gente para que se prepararan a recibir a Cristo, quien vendría a interrumpir el curso normal de una vida, para introducir otra más divina.

Vivir esa vida, en y con Dios, nos dará la paz que es más grande de lo que el hombre puede entender. Esa paz cuidará nuestros corazones y sus pensamientos, porque estamos unidos a Cristo Jesús. Amén



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