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Cuarto Domingo de Adviento

Miqueas 5, 2-4
Hebreos 10, 5-10
San Lucas 1, 39-49 [50-56]

Nos gusta la Navidad por muchas razones. La familia se reúne, la música, las decoraciones, la felicidad entre los niños, los regalos y muchas otras razones más. Para nosotros en la Iglesia, nuestro gozo se fundamenta en el amor al nacimiento de Jesús.

Cuando nos acordamos de la Navidad lo primero en que pensamos es en lo placentero. Pero la Navidad no es un evento histórico de contenido sólo agradable. La historia de la Navidad incluye también momentos dolorosos. Nos hemos acostumbrado tanto a lo alegre de la Navidad que no hemos visto en la venida de Cristo la amenaza y al mismo tiempo la promesa. María sí lo vio y se expresó de esa manera.

Así como vemos a la Navidad como algo seguro y placentero, de la misma manera vemos a María como joven tímida. Por lo regular, se presenta a María como una figura callada y humilde. Esa es la figura que se nos ofrece en los dramas navideños, en las iglesias y en películas. No se nos ofrece la imagen de María como una visionaria, o con pasión por la justicia. Esa es la María que nos presenta la Biblia. La mujer que Dios escogió para dar a luz a Jesús, el Salvador. María intuía la esperanza de un mundo mejor.

Algo después de su encuentro con el ángel, María fue a visitar a su prima Isabel, a Isabel, que también estaba embarazada. Para entonces, María había empezado a darse cuenta que el nacimiento de su bebé habría de afectar la vida de muchos, no sólo la de ella. Cuando Isabel declaró a María que sería dichosa entre todas las mujeres por haber sido escogida para dar a luz al Señor, María no pudo contenerse y proclamó las palabras que hoy conocemos como el cántico de María.

Proclamó palabras de visión de un mundo que habría de cambiar. Inspirada como una compositora revolucionaria enunció estas palabras: "Mi alma alaba la grandeza del Señor, mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador. Porque Dios ha puesto sus ojos en mi, su humilde sierva." "…Actúo con todo su poder: deshizo los planes de los orgullosos, derribó a los reyes de sus tronos y puso en alto a los humildes. Llenó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías".

No todos los que han llamado a Jesús: "Señor y Salvador", podrían pronunciar esas palabras.

Sólo con convicción personal transformante, se podrían proclamar esas palabras. Es una convicción tan profunda que hace de la persona un ser especial, aparte, profeta, enviado de Dios con una misión especial. Nosotros, como hijos de Dios, estamos llamados a vivir una vida diferente, como lo menciona la epístola: "Dios no quiere ni le agradan sacrificios ni ofrendas de animales… Es decir, quita aquellos sacrificios antiguos y pone en su lugar una nuevo". (Heb. 10, 8- 9).

Se trata de una visión nueva radical. Un cambio de actitud de vida, un llamado a la santidad. La santidad no es un código de vida o un juego de prácticas. Se trata de una relación personal con el Dios viviente. Vivimos nuestra vida de santidad por medio de esa relación. Muchas veces quedamos absorbidos por la parte comercial de la Navidad. ¿Cómo podríamos ser diferentes? ¿Podríamos mostrar amor al mundo por medio de nuestra generosidad, en nombre de aquel que vino a dar todo de sí? Ese es el mensaje en las palabras de María. Ella sabía que la criatura en su vientre traería cambios profundos al mundo. El cómo y el cuándo de esos cambios no lo sabía.

¿Cómo se encuentra su corazón? ¿Cómo va su vida? ¿Cómo se relaciona en su comunidad? ¿Ha llegado el cambio en su vida? ¡Ojalá que así sea! Amén.



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