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Primer Domingo de Epifanía (El Bautismo del Señor)

Isaías 42, 1-9
Salmo 89, 20-29
Hechos 10, 34-38
Evangelio según San Lucas 3, 15-16, 21-22

Hoy, el Primer Domingo después de la Epifanía, celebramos el Bautismo de nuestro Señor Jesucristo.

Como ustedes saben, el día de la Epifanía, que quiere decir manifestación, es cuando celebramos la llegada de los Reyes Magos, quienes después de haber viajado mucho tiempo, siguiendo una estrella, adoraron al niñito Jesús. En tiempos antiguos, Dios hizo un pacto con un grupo de gente, un grupo de esclavos que estaba prisionero en Egipto. En ese pacto Dios les prometió ayudarlos, sacarlos de la esclavitud, hacerles una nación grande, y darles una tierra buena donde vivir.

Este grupo de gente se convirtió en el pueblo de Israel, también llamados judíos, porque parte de su país se llamaba Judea. A través de este pueblo, Dios quería llevar un mensaje de amor y redención a todo el mundo. Para que recibieran las bendiciones de Dios, para que fueran su pueblo, tendrían que serle fiel y obedecer sus mandamientos. Dios quería que este grupo de esclavos fuera su instrumento para enseñarle a los poderosos que Dios no necesita mucho para lograr su voluntad. Sólo la cooperación de la gente. Aunque fuese gente pobre y no muy educada. Porque PARA DIOS TODO ES POSIBLE. Pero el pueblo de Israel no obedeció los mandamientos. Se olvidó de todas las cosas buenas que Dios había hecho por él. Y todavía peor, el pueblo se olvidó de lo que había prometido a Dios: ser instrumento de su gracia, mensajero del amor divino.

Tras de la desobediencia de Israel, Dios no nos abandonó. Siguió tratando de que regresáramos a El, mandando profetas que recordaron a la gente cuál era el verdadero propósito divino.La gente no hizo caso. El mundo seguía alejado de Dios. Por eso mandó a su único Hijo para sellar un Nuevo Pacto con la humanidad. Esta vez, el pacto que Dios estableció fue diferente.

Esta vez el pacto estaba sellado con la sangre de nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Nuestra salvación no dependía de cumplir la ley, sino como dice San Pablo: "en nuestra fe en Cristo." Ahora, en vez de ser Israel el pueblo escogido de Dios, la Iglesia se convierte en su Pueblo Nuevo. El pueblo redimido y transformado en sano y santo por la sangre de Cristo. Como el pueblo de Israel, la Iglesia, el Nuevo Israel, está llamada a ayudar a Dios en sus planes. ¡Sí, todos nosotros! Dios nos creó porque tiene un propósito para nosotros, una misión. Cada uno de nosotros tiene que llevar a cabo una labor en el plan de salvación de Dios. Y ¡quien sabe!, si nosotros no colaboramos, quizás Dios busque otro pueblo que sea obediente! En el bautismo de Jesús el Espíritu Santo descendió sobre El y se oyó una voz que decía: "Tú eres mi Hijo muy amado a quien he elegido." En el bautismo, nosotros pasamos a ser: hijas e hijos adoptivos de Dios, miembros de su pueblo nuevo, herederos de la vida eterna, recibimos el perdón de los pecados, y el don del Espíritu Santo. Se nos da la misión de proclamar, de palabra y obra, el amor y perdón de Dios al mundo. En el bautismo, que es un pacto entre Dios y nosotros, prometemos que le vamos a dedicar nuestras vidas, que con palabra y ejemplo vamos a imitar a Cristo, que seremos instrumentos del amor divino. Si fuimos bautizados de bebés, nuestros padres y padrinos hicieron esas promesas por nosotros. Luego las reafirmamos en el día de la confirmación. ¡Y si no estamos confirmados, vamos a reafirmarlas ahora mismo!

Hoy, es apropiado, que reflexionemos un momento, y consideremos cómo estamos cumpliendo con las promesas bautismales. ¿Seguimo el camino de Dios, o el que nos aleja de El?

Seamos fieles a nuestro Pacto Bautismal, para que cuando llegue el día en que nos encontremos cara a cara con Dios, nos diga como a su Hijo: "Tú eres mi hijo muy amado, entra a la mansión que te tengo preparada". Amén.



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