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Segundo Domingo de Epifanía

Isaías 62, 1-5
Salmo 96, 1-10
1 Corintios 12, 1-11
Evangelio según San Juan 2,1-11

La lección del Evangelio de la semana pasada tuvo que ver con las aguas del bautismo; la de esta semana con la transformación del agua en vino. Ambas lecturas vienen después del la transformación de Dios en hombre que ocurrió con el nacimiento del niño Jesús. Y la fiesta de la Epifanía que es la revelación de la Encarnación al mundo. Durante la estación de la Epifanía, vemos las manifestaciones de Dios en el mundo material: Dios encarnándose, tomando un cuerpo humano y creando un cuerpo de creyentes. El tema de la estación de la Epifanía es la manifestación de la gloria de Jesús como la culminación de la revelación de Dios. Esto se ve bien en el evangelio de San Juan cuando Jesús hace "signos" que manifiestan su gloria y a través de ellos los discípulos tienen fe (creen) en el Señor Jesús.

Escribir un evangelio es una labor de selección. Usando la tradición y el testimonio de testigos de esos hechos el evangelista escribe aquellos que son más relevantes a la comunidad a la que dirige su evangelio. Y como dice San Juan, Jesús hizo tantos milagros que el libro más grande no los podría contener.

De esta gran cantidad de milagros, San Juan escoge los que cree más importante para crear y edificar la fe de los oyentes. La fe que es la auto-entrega del creyente a la revelación divina. La fe que libera a la gente de la falta de esperanza y los pone en contacto con la revelación de Dios en la persona histórica de Jesucristo.

El "signo" de Jesús al que se refiere el evangelio de hoy ocurre en una ocasión común y gozosa en la vida de un pueblecito en Galilea: una boda. La transformación del agua en vino es el primero de siete "signos" que revelan a Jesús como el Señor. Gracias a estas manifestaciones de Jesús, sus discípulos comienzan a tener fe. Un milagro es importante, no por su carácter, sino porque revela el carácter de Dios, porque genera fe. Juan ve la actividad de Dios en Cristo como una serie de "signos" que nos hacen llegar a la profunda verdad que Jesús es: "el camino, la verdad y la vida" (Jn 14, 6).

Al principio de la lectura del evangelio vemos como Jesús y sus cinco discípulos llegaron a Caná en Galilea. En aquellos tiempos una fiesta de bodas duraba una semana e invitados nuevos llegaban cada día. Era la costumbre que los invitados trajeran su propio vino. Quizá, porque Jesús y su discípulos no trajeron vino, María les dejó saber que se había acabado el vino. "¡Por favor hijo mío, haz algo para remediar esta situación!" La respuesta de Jesús es bastante cortante: "Y a nosotros, ¿qué nos importa? Mi hora no ha llegado". Y las pocas ganas de actuar de Jesús quizás estuvieron basadas en el hecho que no sabía cual era la voluntad de su Padre en ese respecto. Jesús les dijo: "Les aseguro que el Hijo de Dios no puede hacer nada por su propia cuenta; solamente hace lo que ve hacer al Padre." (5:19) La hora para empezar a ejercer su ministerio aquí en la tierra no está bajo el control del Hijo, sino del Padre. María, en su sabiduría, le dijo a los sirvientes que hicieran lo que su Hijo les mandase. María conoce el destino divino de su hijo y tiene confianza en su habilidad de salvar. Aun de salvar del apuro de no tener vino. Los discípulos de Cristo deben de seguir sus instrucciones porque la fe tiene que expresarse en obediencia.

Con este milagro el poder de Dios se manifiesta en un simple acto de compasión. El bochorno de carecer de vino es remediada y los novios y sus familias y amigos aprenden acerca del poder del Hijo de Dios. Como dice San Juan es un "signo" que produce fe en el Hijo del Dios encarnado. Y, ¿qué tiene que ver esa historia, que pasó hace tanto tiempo con nosotros? Mis queridos hermanos y hermanos, nuestro Señor Jesucristo continúa transformando el agua de nuestra existencia común y pecaminosa en el vino gozoso de la gloria de Dios. Aquellos que les abren sus corazones y almas al Señor son transformados de una manera más radical que el agua que se transformó en vino. Son transformados en hijos e hijas adoptivos de nuestro Padre Dios y por eso herederos de la vida eterna. Amén.



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