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Tercer Domingo de Epifanía

Nehemías 8,2-10
Salmo 113
1 Corintios 12,12-27
Lucas 4,14-21

"El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado para llevar la buena noticia a los pobres; me ha enviado a anunciar libertad a los presos y dar vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a anunciar el año favorable del Señor." Jesús comenzó a hablar, diciendo: "Hoy mismo se ha cumplido esta Escritura delante de ustedes."

En muchas ocasiones Jesucristo dijo que su misión en la tierra era la de inaugurar el Reino de Dios. De proclamar la buena nueva de Dios. Esto es lo que la palabra evangelio quiere decir: Buenas Nuevas. En este caso, el mensajero, Jesús, y el mensaje, la buena nueva, se identifidan. En Jesucristo, a través del Espíritu Santo, Dios nos ofrece: perdón de nuestros pecados, reconciliación y unión con Él. Ya no tenemos que vivir separados de su compañía.

En Jesús somos parte de una creación nueva, somos el pueblo nuevo de Dios, redimidos por la sangre de Cristo. Pero si ustedes se fijan, Jesús dice que viene a proclamar la buena noticia a la gente más necesitada de la sociedad. La gente de la cual nos olvidamos más fácilmente: los pobres, los que están en la cárcel, los desamparados, y los menesterosos. Porque Dios, como un Padre bueno, se preocupa primero de sus hijos más necesitados. Jesucristo vino como sirviente y no como rey. Vino a traer a los enfermos sanación de cuerpo, mente, o espíritu. Curó a leprosos, revivió a los muertos, expulsó espíritus malignos de los poseídos, pasó su vida ayudando al menesteroso. No preocupándose por su bienestar o posición social. No adquiriendo posesiones materiales o buscando fama. No tratando de obtener el placer momentáneo, que trae consecuencias funestas y duraderas. Al fin culminó su vida con el sacrificio supremo: dió su vida por nosotros. Después que Jesucristo murió, resucitó y de pasar un tiempo con sus amigos subió al cielo donde está en compañía del Padre. ¡Si esto les suena familiar es porque lo decimos todos los domingos en el Credo Niceno!

Como Jesús regresó al cielo quizás podamos pensar que Dios nos abandonó. Que las Buenas Nuevas que proclamó no se cumplirían. Que el amor que tuvo por los pobres y oprimidos se acabaría. Si ustedes se acuerdan, antes de que Jesús subiera al cielo, encargó a sus amigos los discípulos que continuaran la misión que él había empezado. Que proclamaran las Buenas Nuevas de Dios, y que bautizaran a la gente en el nombre de Dios.

Mas los discípulos, acobardados, se encerraron, llenos de miedo, en una casa. Y ni se atrevieron a decir que eran cristianos, seguidores de Cristo. Pero el día de Pentecostés el Espíritu Santo de Dios descendió sobre ellos. El mismo Espíritu que recibimos en nuestro bautismo. Y desde ese momento se les acabó el miedo y proclamaron con valentía el Reino de Dios. Muchos pagaron con sus vidas por su testimonio. Así que Dios le encargó a la Iglesia, a nosotros que hemos sido bautizados en la muerte de Cristo, a llevar a cabo la misión que Cristo comenzara. Nos llamó a ser compañeros de trabajo en su plan de redención. Como sabía que no podíamos hacerlo solos nos dejó su Santo Espíritu para que nos ayudara.

Muchas veces, en vez de ser el pueblo de Dios, lleno del poder del Espíritu, vehículo de su amor, mensajeros de sus Buenas Nuevas nos portamos como cobardes, como gente que no tienen ánimo. Nos escondemos detrás de nuestras debilidades y dedicamos nuestras vidas a nuestro placer, en vez de cumplir el mandato divino.

Nos es más fácil pedirle a Dios que haga algo por nosotros: ¡Diosito dáme esto o lo otro que usar el poder que Dios nos ha dado y hacerlo nosotros mismos! ¡Somos perezosos!

Pecamos contra el Espíritu de Dios cuando ignoramos su poderosa presencia entre nosotros. Cuando no queremos proclamar las Buenas Nuevas de Dios. A cada uno de nosotros Dios nos ha dado un regalo, un don especial. Nos lo ha dado para que lo usemos para el bien común. Para que la Iglesia crezca y prospere y su mensaje se extienda por todo el mundo. Al mismo tiempo, como dice San Pablo, somos miembros del Cuerpo de Cristo, si no trabajamos en unidad y armonía no podemos llevar a cabo nuestra misión, la misión que Cristo nos encargó.

Todas las partes del cuerpo son importantes. Una infección que empiece en el dedo más chiquito del pie, algo que quizás pensemos es insignificante, puede matar a todo el cuerpo, a los órganos que cremos más importantes como el cerebro, y el corazón. La Iglesia sólo puede ser tan fuerte y efectiva como su miembro más débil.

Oigamos la llamada que Dios nos hace, ya que su Espíritu está en nosotros. La llamada de llevar su amor a una sociedad que está sufriendo, que se está destruyendo. La llamada de llevar su amor como sirvientes. Cada uno usando, sin miedo y con entusiasmo, el don que Dios nos ha dado. Siendo levadura que transforma la sociedad que nos rodea. Este es no es el momento de ser tímido o egoísta. O nosotros transformamos a la sociedad violenta y corrupta en que vivimos, o ella va a transformar a nuestros hijos. Este no es el momento de cobardía e inacción. No hacer nada es traicionar a Dios. Es renunciar a nuestra herencia como hijos divinos. Si no tratamos de salvar al mundo, de amar a otros, no podemos encontrar nuestra salvación. ¡Despertémonos antes de que sea muy tarde! Amén

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